Circulación

Los autos surcaban las céntricas arterias formando ríos de luces blancas, rojas y amarillas, y despidiendo mil y una erupciones volcánicas de sus caños de escape. Roncaban en los semáforos esperando la neuróticamente ansiada luz verde, y gruñían más fuerte cuando esta se iluminaba, arrancando furibundos con destino a los mil lugares posibles, a los millones de situaciones imaginables. La incomunicación era casi tan notoria como el apuro, ambos fruto de un día que había estado amenazando durante mañana y tarde, y se había descolgado con un llanto violento en la tardecita, justo a la hora de salida del trabajo. No era una de esas tormentas solo con rayos y truenos ensordecedores, sino una de esas que arrancan árboles con poca raíz, vuelan alguno que otro techo, y hasta a veces cortan la luz por un rato.

Diego Millán era uno de los glóbulos del torrente automovilístico, y justo a las siete y media había tenido que activar los limpiaparabrisas porque la lluvia le obstruía la visión, y no tenía ganas de chocar su auto nuevo. Era uno de esos jóvenes trabajadores, que, altamente calificados, luego de haber hecho cursos de idiomas, computación, relaciones públicas, facultad, y de haber escalado hábilmente el entramado social merced a influencias, habían logrado acceder a puestos muy bien remunerados y compraban los autos más nuevos, con forma de huevito y de colores vistosos. A la corta edad de veinticinco años era el gerente de marketing de una empresa de viajes céntrica y famosa, y por supuesto ganaba bien y había comprado ya una casita en la costa, ubicada a escasos minutos de la capital, cerca de la playa y cerca también de los supermercados y las discotecas. Ya había sorteado la maraña de calles céntricas, las luces esquizofrénicas de las vidrieras, edificios, autos, semáforos, los ruidos innumerables de la contaminación sonora y los muchos olores de incontables humos. Ya había recorrido la doble vía, teniendo que frenar bruscamente dos o tres veces por culpa de peatones imprudentes y automovilistas pasados de listos, siempre bajo la lluvia, disfrutando del estrés con tanto trabajo acumulado durante todo el día, cuando llegó a su casa en el balneario, donde con las acostumbradas dificultades metió el auto en el garage. Le costaba bastante meterlo porque la casa había sido diseñada con tal genialidad que planteaba una curva justo a la entrada, fruto esto seguramente de la incompetencia de algún arreglo económico muy lejano a cualquier razón arquitectónica.

Después de que logró guardar el “huevito supersónico”, como llamaba cariñosamente a su rodado, se dirigió como de costumbre a la heladera a tomar el yogur directo de la bolsa como siempre había soñado siendo más joven (y su madre se lo prohibía), como lo veía en las películas yanquis. Decidió que era una buena idea pegarse una duchita como para aflojar el cuerpo y la mente, duros por todo un día de permanente tensión, casi comparable a la que tienen las indefensas gacelas en las estepas africanas, o quizá peor. Hizo todos los trámites que rutinariamente hacía para cumplir con el rito del aseo, yendo y viniendo del dormitorio al cuarto de baño acarreando ropa, acordándose de algo, olvidándose enseguida. Cuando finalmente entró al duchero descubrió con enojo que el “chuveiro” no funcionaba, celebrando con una sarta de improperios el acontecimiento de bañarse con agua fría otra vez. Para colmo de males, cuando se estaba enjuagando, todo erizado por el frío, se cortó la luz, seguramente debido a la rama del árbol de la vereda, que tocaba en los cables de entrada de corriente. Entre más insultos y comentarios poco elogiosos dedicados a la madre del árbol, salió de la ducha y, tropezando con un zapato, llegó a la toalla, para secarse y después ponerse un calzoncillo, una camiseta y un par de medias.

Todavía era temprano, pero ante la falta de luz decidió acostarse. No podía dormirse. De repente le llegó a los oídos una especie de chillido y se sintieron unos arañazos en la ventana que decidió ignorar. No pudo soslayarlos más cuando oyó como alguien, entre jadeos y gruñidos, forzaba la puerta de atrás. Los gruñidos de fiera paralizaron a Diego, que sintió cómo una especie de terror ancestral lo invadía. Llegaron a sus oídos ruidos de golpes, gemidos, y murmullos de resonancias felinas. Cuando quiso reaccionar fue demasiado tarde y yacía ya sin vida, con las arterias abiertas y los ojos desorbitados, observado por unos ojos vidriosos y olfateado por una nariz ávida. Había sido cazado. El bestial atacante, con un movimiento torpe y brusco, tomó algo de la mesa de luz. Salió por la puerta de atrás, encendió el auto, y en unos pocos minutos se sumó al flujo sanguíneo del tránsito, cansado de una larga jornada de trabajo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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