Décimocuarta bandita de microcuentos

Viaje en ómnibus

Como todas las mañanas, el Diablo se levantó, aprontó el mate, acomodó las cosas, se tomó el ómnibus rumbo al trabajo, vio la ciudad pasar por la ventanilla, acarreadores de basura, vendedores de chucherías, iglesias de las que cobran con disimulo y de las que cobran entrada, vio el calor que se levantaba, vio un ladrón salir corriendo de un comercio y la policía caminando en dirección contraria rumbo a un negocio de drogas, vio los ojos que no ven de los pasajeros del ómnibus. Buscó a Dios por todas partes y el Individuo brilló por su ausencia. Supo, una vez más, que, desde que Dios lo había colocado en aquel lugar tan solitario que llamaba Edén, que había sido condenado a darse cuenta de las cosas y que por eso se le había vedado el fruto de aquel árbol. Vio una pareja de enamorados, vio unas flores, vio una señora dulce que le sonreía al guarda, vio una mujer hermosa que lo vio. Entabló una conversación con aquellos ojos chispeantes y todo terminó con un número que anotó. Bajó del ómnibus y ya estaba en el paraíso. Supo que la condena de los pobres diablos se transforma con toda facilidad en bendición, si es que sabe treparse al ómnibus que lo mira. Vio un auto último modelo con una señora con cara de amargada.

 Regalo

Un poeta, que había recibido un poema de regalo, manda un poema de regalo a otro poeta con una tarjeta que dice: “Tome, plagie”.

Escher in my mind

El escritor mira hacia su barrio, distraído. Empiezan a aparecérsele versos de un poema en la cabeza. A su palabra sucede la realización concreta de la misma. Piensa en hormigas y ve las hormigas. Decide que cierto personaje se parece a un perro y allí aparece un perro por la calle. Supone que su poema prefigura un relato. Sale corriendo rumbo a su cuarto a buscar la libretita de anotar ideas. Escribe este cuento consciente de que la vida tal como la ve es un relato que él mismo mira desde afuera. Sabe que el poema causó la vida. Lo que no sabe es qué es lo que causa la vida.

 Infinito

-¡Qué lindo lo que decís! –ironizó él.

-¡Qué lindo lo que decís! –ironizó ella.

Transformación

El café era realmente acogedor. Luces tenues, mucha madera en la decoración, un fuego. La pareja se demostraba su amor en la medida que era posible dado el local. Pensó él que no estaría nada mal que el lugar se fuera adaptando a sus deseos. Y empezaron a verse cumplidos. Las sillas se hicieron sillones y estos se fueron haciendo cada vez más mullidos. La gente empezó a desaparecer y la música a atenuarse. Supo que todo conducía a la consumación del ardor. Advirtió que todo fluía según su gusto y pensó que por qué no perder unos kilos y ganar mejores facciones. Casi al mismo tiempo, la mujer se hizo más perfecta. La transición fue tan fácil que los amantes, en pleno abrazo amoroso, nunca sospecharon haber sido alguien que no está en una película. Mucho menos imaginaron que la transformación hubiera empezado en un duro suelo, bajo las rodillas de un cura.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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