Los microcuentos cumplen quince entradas

Fin

Ya ayuno de pantalones y con la ropa interior a media asta, lo supo con toda la certeza. Lo venía sospechando desde hacía unos minutos cuando, al conocerla, había visto cómo daba resultado el arsenal de seducción. Todo sucedió sin la mediación de las palabras. Al introducirse en el escalofrío cálido, no pudo más que confirmar su seguridad. No la amaba. Prisionero de dos piernas y un movimiento espasmódico, decidió que esa relación no tenía futuro. Otras veces, había logrado arrepentirse antes de llegar a hacer el amor lo que, según él, para la mujer, representaba y viaje de ida y sin vuelta. Ahora ya había llegado. Se dio cuenta de que era una historia con un punto final muy próximo. Sintió venir el cataclismo y comprendió que debía resumir. Supo que no habría palabra. Ensayó, como forma de dar por terminada la relación, una mueca con la que dio todo por acabado, justo antes de que todo acabara.

La mujer que estaba en la barra.

La mujer estaba en la barra. Tomaba sola. Tenía campera de cuero, cejas negras y un escote que sugería tetas chicas y suaves. Mi primera novia se había llevado la ilusión. Compré una cerveza y el diálogo corrió como si bajara garganta abajo. Mi segunda novia se había llevado mi capacidad para recordar fechas de cumpleaños. La conversación estuvo buena y nos dimos los respectivos correos electrónicos. Mi tercera novia me había quitado la inocencia con respecto al trato con las suegras y parientes. Sentí nacer en mí las ganas de verla. Mi cuarta novia me había hurtado la capacidad de no gritar. Nos encontramos, conversamos y nos besamos. Mi quinta novia se había ido con las ganas de dormir con alguien. Nos desnudamos, nos abrazamos. Mi sexta novia era responsable por el agotamiento de mis lágrimas. Mi séptima novia estaba arriba y no pude evitar eyacular. No lo notó y continué con aquello, para que ambos arribáramos a buen puerto. Me sentí temblar de nuevo. El mayor placer que yo hubiera experimentado mojó las sábanas, las paredes, el techo, el aire. Se llevó mi cuerpo y todavía me queda lastre por echar.

 Lunes

Su amigo judío fue a la sinagoga el día anterior. Él cruzó la calle Domingo Pérez. Supo que la placa metálica que indicaba el nombre de la calle era lo único cambiante en esa casa antigua del centro de Minas.

República.

 La reina le dio un mate al rey. Parece que se quisiera dotar de realeza a la infusión pampeana. El título nos demuestra que no pasa de ser el final de un juego.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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