Colonia Z3

– Pescador foi feito mesmo é pra passá trabalho! Logo hoje que tinha narração do jogo do Marítimo?

Marítimo era o time de futebol de São Pedro do Sul, onde jogava Lucas, sobrinho de João e um baita centro avante.

                                                                              Éderson Da Silva, “O Z-3”

 

 

Éderson, Z3, en lo de Dona Laura

Éderson, Z3, en lo de Dona Laura

El centro es más colorido y luminoso que en nuestras ciudades. Las paradas de ómnibus tienen más gente y duran media cuadra. Las mujeres son más mujeres. Nada es indefinido. La cerveza es heladísima dentro de los capuchones de plástico conservante y un pancho es el pretexto para los condimentos. Los negros son negros y las rubias tienen los ojos más celestes. No recuerdo haber visto el lunar creciente de mi pómulo durante esos días. Entré un buffet cuyos precios parecían contenerse en las potencialidades de mi bolsillo, donde pedí en el balcão una hamburguesa y una Skol chica. Me senté en una mesa que vi libre.

Había llegado unos días antes en el Embaixador sin saber qué iba a hacer. Me desperté entrando a la rodoviária de la ciudad de tardecita, cuando el día ya agarraba la bajada. Tuve que entrar por la puerta de atrás de un ómnibus local que me complicó un poco con ese molinete que tienen los bondis brasileros. Bajé allí donde vi que andaba mucha gente porque calculé que sería el centro y en seguida me puse a buscar un hotel. No me fue difícil ver los carteles del Manta y del Curi, brillando en lo alto de la misma manera que sus precios. Los primeros minutos en la ciudad me regalaron la visión de unas cuantas rubias altas de muslos llamativos. Y pensar que me iba a acordar mucho más de Dona Laura. Sin rumbo como andaba, le pregunté a un taxista dónde podía encontrar un hotel barato. Me indicó el camino hacia el Rex, frente a la plaza Pedro Osório. El precio no me pareció excesivo pero decidí seguir buscando, por si acaso, con lo cual me topé con la puerta grande e iluminada de una casona antigua con toda la pinta de edificio público. Un pórtico alto con columnas corintias barrocas.

            Segura a cobra, amarra a cobra, olha a cobra aí…

En el medio de la cartelera, ya traspuestos tres escalones, figuraba una hojita en la que se anunciaba una mesa con panelistas que hablaban de fútbol. Brasil recién había clasificado para la final y yo no tenía dónde caer muerto, por lo que no me imaginaba sentado feliz a la sombra de una higuera. Había rondado las fronteras pero nunca me había adentrado en el territorio vecino. Lo que más sentía eran ganas de tomar mate, acentuadas porque una pareja que estaba sentada adelante lo estaba haciendo. Urruty, un exgolero uruguayo con una larga carrera como técnico en cuadros de la zona, no podía disimular el acento castellano. Luís Carlos, un profesor de educación física que tuvo la precaución de explicar que había visto su carrera truncada por una lesión de rodilla, se encargó de defenestrar a conciencia y con vehemencia el desempeño de unos jugadores que según él no entrenaban, los entrenamientos son para los fotógrafos japoneses, son ricos que juegan al fútbol, y explicó que con gente así no se puede ganar. Vino un gesto enfático previo a que hablara un sociólogo que hizo un análisis simplón de la influencia del fútbol en el pueblo brasilero, al que comparó con el fútbol uruguayo. Dijo que en Uruguay se preservaba el auténtico espíritu del fútbol.

-Llegué hace dos horas por primera vez a esta ciudad y me cuesta creer que estén hablando de fútbol uruguayo. Aprovecho para pedirles que me recomienden un hotel para quedarme y si me pueden dar un mate me harán el hombre más feliz del mundo.

            Después del cerrado aplauso que decoró mi intervención posterior a los discursos de los panelistas, el peludo de adelante me pasó un mate y me dijo que tenía que haber pedido antes.

            Vida de pescadora tem cara esrugada como um mapa da Lagoa…

Al otro día, salí temprano del hotel Rex. En la radio, escuchaba música en español mientras era entrevistado por Marcelo Monteiro, uno de los organizadores de las palestras de la noche anterior que, no contento con haberme hecho pasar al frente y haberme pedido que repitiera lo dicho en portugués, me invitó a participar en su programa periodístico de la mañana. Hernani, el productor, me explicó todo el funcionamiento de la radio comunitaria. Saludé a cantidad de gente y contesté desvergonzadamente sobre temas del gobierno uruguayo y su inserción en la región. Todos votaban a un partido político del que, sin excepción, hablaban mal.

            Ya al mediodía, fuera de la radio, Hernani me guio hasta el Camelôdromo, un enorme lugar de venta de contrabando situado atrás del edificio de la Receita Federal, que no es otra cosa que la aduana. Quería comprar un grabador. Cuando lo conseguí, me dieron hasta boleta. Salí por ahí a comer algo y quedamos con Hernani en que de noche nos tomábamos unas.

            Nas ruas saibrosas da colônia, navego procurando meu amor que encalhou.

La tarde me vio deambular entre sebos[1] y disquerías. Más que nada hice tiempo hasta una mezcla de merienda y cena de pan con fiambre y juguito en un cantero del Calçadão, antes de marchar por fin al hotel, a encontrarme de nuevo con el portugués con quien habíamos tenido la delicadeza de intercambiar comentarios acerca de nuestros respectivos acentos distintivos, el mío “castelhano” y el suyo luso. Ya en el cuarto, aplasté contra el piso a la cucaracha brasilera y la ubiqué en el canastito para el papel higiénico. Prendí la tele vetusta y empecé a desvestirme para llegar al duchero y rejuvenecer unos meses antes de salir. Al mirarme en el espejo, el lunar estaba allí pero no importaba porque yo me sentía limpio y con ganas.

Caí con una cerveza que se incorporó a la rueda de desconocidos que tomaban de la misma marca. Hernani compartía un sobrado[2] con dos amigos que como él hacía poco se habían recibido y empezaban a trabajar. Miraban videos de Wander Winder y de un grupo que cantaba cosas en portuñol. Como homenaje a mi llegada, pusieron Manu Chao y todos cantamos, emborrachándonos y mezclando los idiomas. La única mujer allí era Cláudia, la novia de Hernani. Hablábamos de fútbol, de política, de Uruguay y del partido que se jugaría el domingo. Estaba allí como si se tratara algo de siempre. Me convidaron con algo y me integré porque estaba bien. Empecé a ver las manos de Éderson que bailaban con gesto justo. Lo vi como todo un narrador. Se lo dije: sos el narrador. Empezó a explicarme que era pescador. Los pescadores hablamos fuerte por causa del motor de la lancha y también gesticulamos mucho. La mayoría quedan sordos. Llevan una vida muy sacrificada, imaginate una tormenta solo en medio de la Laguna, lejos de la familia. Mi familia es toda de pescadores. Aspiro el aire nuevo y siento la calma del que escucha las historias tradicionales y sabe que el mundo es redondo como el tiempo. O un poco desparejo, como un lunar. A Éderson le dicen Z-3 porque así se llama la colonia de pescadores de donde es él. Se crio en la Laguna de los Patos. Me cuenta que escribió una historia de pescadores porque no las hay, pero es una especial: se pescan otras cosas. Pescar es un trabajo solitario como escribir.

Fica de olho, fica de olho, veja a cobra fumar…

Un ómnibus local me sacaba de la ciudad, con Hernani y Cláudia. Z3 ya estaba en la colonia. Era un pueblito de casas bajas con puertas al nivel del piso. En lo de Éderson estaba concentrada toda su familia. Por el domingo y por la final. La conversación fue la que siempre sucede cuando llega uno nuevo a la casa. Me preguntaron qué andaba haciendo por allá, en qué trabajaba y hasta de dónde era mi familia. Éderson iba contando historias de pescadores al tiempo que metía enchovas y taínhas revestidas de sal gruesa en unas parrillas dobles que las comprimían dentro de una churrasquera que cualquier uruguayo tomaría por mero agujero en la pared. La caipirinha hizo acto de presencia y hasta me animé a preparar una, la que antecedió al almuerzo familiar. Me tocó sentarme entre João Vitor, el sobrinito, y Mariane, la novia de Éderson. Nunca había comido pescados tan ricos así como tampoco había escuchado hablar tanto de fútbol a las mujeres.

A solidão é a companheira da pescadora de sonhos.

Sin parar de conversar, la sobremesa hizo su transición hacia las calles de pedregullo, que allá le llaman saibro. Éderson no paraba de contar anécdotas, como la de su abuelo, que nació en la isla Rodrigo de Mendonça, ves, de acá se ve, es allá donde están esos árboles. Son higueras, el primer portugués que llegó allí plantó higueras por toda la isla antes de volverse loco tomando cachaça. En torno de la locura de Seu Afonso hay varias leyendas. Hay una muy linda que dice que, como era el primer poblador de las islas, los peces todavía hablaban y por eso fue que tuvo contacto con las sirenas de la laguna. Hay quienes dicen que cuando estaba muriendo tuvo un momento de lucidez en el que prometió que iba a volver un día, que todos se iban a dar cuenta cuando eso pasara. Historias que hace la gente. Y entonces el abuelo fue pescador toda la vida sin poder elegir otra cosa. A mi abuela la conoció porque la familia de ella se fue a vivir a la isla y fue recién que mi padre se vino a vivir acá, a la colonia. ¿También pescador? Sí, acá todo el mundo vive de la pesca, aunque no en buenas condiciones hasta ahora. La producción siempre fue controlada por los intermediadores, que son los que han fijado los precios hasta ahora. ¿Ves esa casa amarilla de dos pisos? Ahí vive mi tío Antenor, que es intermediador. Es como en todos lados: el que se sacrifica se lleva la tajada más pequeña y los capitalistas se tragan todo. Pero ahora con la cooperativa todo cambió; el Gobierno Federal puso fondos para hacer la planta y las cámaras y entonces los pescadores artesanales pueden gestionar su producto. El problema es que falta pescado. ¿Mucha pesca? Sí, pero más que nada la contaminación, hay unas arroceras en la vuelta que tiran pesticidas a lo loco y eso termina matando a los peces.

Tu tens de ser esperto   pra pegar o camarão…

La casa era simple. Unos sillones, un televisor, puerta de hierro con vidrio. Arrugas en la cara y artesanías en la pared, hechas por la hija, dueña de un artesanato cerca de la cooperativa de los pescadores. Dona Laura estaba casi ciega por el reflejo del sol en el agua de la laguna. Conocía a Éderson, como todo el mundo en la colonia. En gran parte quizá eso fuera porque había sido candidato a vereador[3]. Tenía esa lentitud que tenemos los que no crecimos viendo pasar miles de autos. Cada movimiento de sus manos tenía algo de pincelada de una historia, Dona Laura fue una de las pocas mujeres pescadoras, el marido murió en una tormenta en la laguna y ella se echó a flotar para sostener a la familia, la hija ya la conociste en el artesanato y el hijo vive en São Paulo, la puerta se abre y el abrazo es efusivo en la medida que lo permiten los brazos viejos al juntarse con los jóvenes. La vinimos a visitar, el amigo es uruguayo y Hernani es periodista, trabaja en la radio y ella es Cláudia, la novia de Hernani. ¿Uruguayo? Hace un gesto que parece indicar que todo encaja. Pared por medio se escuchaba de la casa vecina la voz de comentaristas de fútbol, que especulaban acerca de la formación de la selección brasilera, todavía con una duda un rato antes del partido. Yo vine acá más que nada porque había escuchado hablar mucho de la ciudad y quería conocer. ¿Y, te gustó? Sí, claro, es una ciudad muy bonita y la gente me ha recibido muy bien. Éderson empieza a preguntarle por los cuentos que ha publicado, ella comenta que no habría sido posible sin la sobrina que los digitó en la computadora, que yo no la sé usar, además de que veo muy poco ya. Se mece en su asiento cerca de la puerta y me hace pensar en que cierta clase de mujeres viejas se parecen, se me presenta la imagen de la mujer que empezó a hablarme cuando yo estaba sentado en el piso leyendo los titulares de los diarios, donde se decía que los motoboys entraban en huelga y que se había capturado al buscado número uno de la ciudad; se acercó y me preguntó de dónde era; la respuesta la llevó a decirme que yo iba a encontrar trabajo fácil, que iba a ver que era un lugar bueno para vivir, que iba a tener suerte, que las pelotenses son mujeres muy lindas, y se fue. Dona Laura nos relata quién fue el hombre de la editorial que la invitó a participar en una antología de cuentistas inéditos del interior, fue muy amable, además mis historias no son muy buenas, el señor era muy simpático… Dice que a partir de esa publicación surgió la posibilidad de editar en otra antología de Porto Alegre y que está muy contenta porque nunca se había imaginado tanto suceso. Hernani se compromete a hacer una nota en el diario en el que trabaja. Ella dice que se había dado cuenta de que le estaban sacando fotos. Queda instalada la promesa de Hernani de hacer una nota en el diario y difundir su trabajo en la radio. Éderson se pone a disposición para hacerle de amanuense. Cláudia sonríe y yo estoy en un silencio ebrio.

iii, olha a cobra ai…

Mirado desde un tiempo, veo que el tiempo se fue haciendo paulatinamente oliváceo, de una fluidez lenta, con un perfume denso. Paramos a la sombra de una higuera que, contó Z-3, era el lugar donde la gente se casaba. Por sus cuentas -habló después de que Hernani armara y empezara la rueda- como diez generaciones habían celebrado su boda ahí. El aire tenía los pájaros justos y nuestro perfume a pinocha se enredaba en las hojas de la higuera. Las calles cortitas parecían invitaciones misteriosas. Eso sentí cuando emprendimos camino rumbo a lo de Seu Casca[4], el otro personaje cultural de la colonia, famoso por pasearse con una víbora fumadora en el carnaval de la villa de pescadores, mezclado con los blocos locales. Dona Laura se había reído mucho al hablar de Seu Casca, dijo que lo conocía de toda la vida, que él nunca había tenido embarcación propia porque lo que más le importaba era la fiesta, la cachaça, las mujeres, que con ella nunca se había metido porque seguro que, si le metía una mano, Seu Amaral se levantaba de la tumba y la cosa terminaba en pancadaria[5]. Yo pensaba muchísimas cosas pero no hablaba. Solo escuchaba y dejaba que cada palabra resonara como piedras en el agua. Círculos y ruedas se cerraban a la vez que se abrían. El portoncito se abría. Pintura verdosa con apliques de óxido. Al lado de un murito de más o menos un metro de alto. Uno medio gordo que sale y saluda a Z-3. Hernani, Tatiane y yo en posición de observadores. Queríamos ver a Seu Casca, dice Éderson y pegan el grito. Ropa añosa, ojos como rayitas líquidas, un bigotito y la cabeza calva, flaquito, tostado. Aparece por un pasillo desde el fondo, con un banjo en la mano izquierda, flanqueando las piernas chuecas que sostenían un cuerpo con balanceo de laguna. ¿Dónde está la joda? fue lo primero que dijo, antes de que Éderson pudiera decir hola, cómo anda Seu Casca. Éderson, querido, ¿cómo andás, che? De visita por la colonia, mostrándoles todo a unos amigos. El viejito levanta la mano derecha y nos la ofrece inmóvil a los tres. Nuestro guía les explica quiénes somos y cuando se entera de que soy uruguayo sonríe, se acuerda del partido. Dice que las mujeres uruguayas son muy lindas, que tuvo una novia de Río Branco. Nos invita a pasar.

La casa era una pieza rectangular y atiborrada, oscura. Una víbora como de tres metros y medio colgaba del techo, de lengua afuera. Se oye a través de una ventanita la voz de Galvão Bueno liderando la transmisión de la Globo. Me asalta la idea de que en la calle no anda nadie pero vuelvo a la realidad cuando Seu Casca empieza a rascar el banjo que le había regalado no sé qué músico gringo que estuvo una vez en Pelotas, comenta que lo tiene como nuevo. El instrumento hacía las veces de cavaquinho acompañando la voz que prevenía contra los ataques de la víbora. Segura a cobra, amarra a cobra, olha a cobra aí… fica de olho, fica de olho, veja a cobra fumar… La voz ronca sonando al mismo tiempo que el encordado flojo y ruidoso. La risita socarrona y satisfecha de Seu Casca, un artista eternamente en bruto. ¿Desde qué año sale en carnaval? Desde 1952, meu, desde bem guri. Hizo un silencio efectista que recibió ruido de propagandas alentando a Brasil, como una de una cerveza que refresca até pensamento. Conocía a todas las figuras del carnaval de la zona. Solo recientemente había podido salir con un bloco y, según supe en el camino de vuelta, su figuración se debía a lo pintoresco de su estampa, gracias a un grupo que quería rescatar el folclore de la zona. Eran unos que estudiaban en las universidades de la vuelta y se habían bautizado a sí mismos como los Malucos sem glória[6]. Habían visto Buena Vista Social Club y eso los impulsó a hacer dos o tres cosas raras. ¡Miren cómo fuma! dijo a la vez que accionaba una bombita que hacía soltar talquito a la anaconda de cartón. Había que verlo reírse. Vernos a nosotros cantando el sambinha a coro. Bueno Seu Casca, no lo molestamos más que está por empezar el partido. Pero quédense… Quedamos de verlo en casa… Vuelvan siempre, che. Bromeó con el partido, mirándome de reojo y riéndose. Como si supiera.

Caminamos las cuatro o cinco cuadras apurados. Habíamos escuchado las alineaciones y los nombres y nacionalidades de los jueces. Todo pronto para arrancar. Por el camino no hablamos casi. Se escuchaban las pisadas rápidas en el pedregullo de una calle que nos tenía a nosotros como únicos transeúntes. A la segunda cuadra ya pensaba nada más que en el partido y de lo extraño que sería mirarlo entre brasileros, un montón de brasileros. Con todas las de perder, a pesar de que ellos odiaran al técnico, un carioca acomodado por la CBF según me habían dicho. La culpa de todos males del fútbol brasilero la tienen estos cartolas[7] de Rio y São Paulo, una banda de ladrones que lo único que hacen es buscar su propio beneficio, hay que sacarlos a todos y meterlos presos. Esa era la madre de Éderson, que recibía el asentimiento de todos.

Casi corríamos al llegar a la puerta y se sintió la explosión seguida de un gato a toda carrera. Chillidos de niños, gritos de mujeres y alaridos de hombres reventaron en el aire en un festejo de gol. Tuve la certeza de era el comienzo de algo catastrófico. La puerta abierta nos entregó una imagen de alegría desbordada: una pareja de novios saltando abrazados, la abuela en su poltrona con una sonrisa de oreja a oreja, los gurises haciendo pasitos de samba. Calculé que no iría más de un minuto de juego. Sentí como un peso en el alma que rápidamente cambié por desconcierto, mientras me abrazaba la prima de Éderson, una hermosura, y miraba la pantalla atónito. La miré a los ojos, supe que habría más abrazos. Toda la familia me saludaba, la repetición mostraba distintos ángulos del gol más rápido en la historia de las finales de la Copa del Mundo. Me pasaron de abrazo en abrazo. La abuela, la madre, el abuelo, el padre, los hermanos, la prima de nuevo, los gurises chicos que se me prendieron de las piernas. Dos pases, un derechazo al ángulo y el golero de Brasil casi tan sorprendido como yo. ¿Sería una hospitalidad desmedida? Solté un grito cuando me di cuenta de todo y salté como un loco.


[1] Se le llama “sebos” a las librerías que se dedican a vender libros usados. El término viene de la grasita que los sucesivos lectores van legando.

[2] Casa de dos o más pisos.

[3] edil

[4] “Don Cáscara”

[5] piñata

[6] “Locos sin gloria”

[7] “cartola” significa “galera” o “chistera”  y con ese término se designa, por extensión, a los dirigentes, quienes seguramente vistieran tales sombreros en algún pasado.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Aldyr Schlee, fútbol, fútbol uruguayo, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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