El día de la final

Gracias, Paco.

Venía desde hacía un tiempo formulando el postulado de que no se debe abrir la puerta un domingo. Apoyaban mi tesitura algunas visitas de personajes de dudosa condición vendedora, los cuales me dejaban una impresión criminal gracias a sus fachas raídas. Se sumaban a ellos los Testigos de Jehová, a quienes había visto operar con el más puro pragmatismo antes de salir a pesadear casa por casa. Iban vestidos así como se visten ellos: las mujeres con polleras y los hombres con pantalones de vestir, las más de las veces con la camisa abotonada hasta el cuello. Estaban reunidos intercambiando comentarios amables, suaves y postreros. Se fueron distribuyendo en cruz desde la bocacalle. En cuanto volví a casa con el litro de leche que había ido a buscar, no tardaron en tocar el timbre. Dudé entre abrir o no, pero estaba de un humor lúdico. Encima, cuando miré al denso de turno, descubrí en él a un conocido a quien sabía mentiroso patológico y evidente. Mientras le daba la mano, le dije “si me venís a vender a Dios, paso, ya compré.” Sonrió y aceptó mi negativa con rapidez indigna de un Testigo de Jehová. Recuerdo haberle comentado a mi mujer lo gracioso de todo, ya que él era el que me había dicho, con diecinueve años, que estaba en tercero de Arquitectura y que el trabajo que tenía de cadete en la tienda en la que estábamos le servía para costearse los viajes a Montevideo.
Debe ser por cierta pereza que muchas veces no convierto en cosas sólidas mis ideas. Tiene que ser por eso que abrí la puerta el domingo. Lo que sí no llego a interpretar es por qué permití que me hablara. Y peor, que siguiera hablando. Era de esos verborrágicos que tienen la capacidad de que los escuchen. No me acuerdo si traía algo en la mano. No podré olvidar su voz, aunque no sé si pueda reconocerla.
Eran como las siete de la tarde, venían Pablo y el Richard. La final tocaba en casa, por obra del destino que así lo quiso en el sorteo que hicimos con papelitos, más que nada para rotar las respectivas expulsiones de nuestras mujeres, ninguna de las cuales soportaba el fútbol, por más que los triunfos hubieran impulsado a la mía a declarar ciertas simpatías por uno de los defensas centrales, creo que por razones extrafutbolísticas. Estaba a punto de ducharme, no por los muchachos sino por cábala. Me había bañado muy a fondo en todos los triunfos y justo el día en que no me lavé el pelo empatamos. El tipo se instaló sin mediar consulta en el sillón que tengo al lado de la tele, ese donde me siento a hacer SUDOKU cuando quiero hacerle notar a la flaca que estoy hasta las orejas de la novela. Abrió un portafolios que no pude dejar de mirar porque el cuero parecía de lo más auténtico y las carpetas lucían ordenaditas. Él mismo se veía prolijo, pulcrísimo, sin arrugas en el saco a la penúltima moda. El saco, sí, el saco disonaba. Porque los zapatos eran impecables, el pantalón también. Creo que mi último pensamiento claro fue sobre el saco. Me olí que era a propósito, como para no parecer rico, como para vender imagen de vendedor. Los vendedores de perfume, sin ir demasiado lejos, usan sacos feos. Pero hablan dentro de un molde. Este no. Era fluido, con ocasionales subidas de tono que llegaban a sugerir golpes de percusión. Mis ánimos de responder se habían ido. La hora dejó de ser aproximada. Siete y cuarto. ¿Llevaría quince minutos hablando? No podía contestarle ni correrlo pero sí mirar el reloj. Empecé a concentrarme en el segundero. El ejercicio funcionaba. Un minuto. Dos minutos. Al tercero resolví probar con el control remoto. Total autonomía de movimientos. Los canales transcurrían líquidamente. El único obstáculo era que la voz de él se montaba sobre el sonido. No subí el volumen porque se iba a formar una mezcla horrible. Puse uno de los canales de películas, donde casualmente daban el final de una que me había quedado inconclusa. Era con letritas y danesa, así que no oír las voces nórdicas no era una gran pérdida. Siete cuarenta. Era más o menos la hora en que tenía prevista la enjuagada.
Me levanté. Subí la escalera, saqué ropa y, sin más, me bañé a conciencia con la voz del tipo como telón de fondo que me llegaba desde abajo. Cumplí con todo el ritual, incluso la remera ganadora, una que había sido medio violeta y ahora era única en su coloración. La bermuda ya especialmente reservada, las chancletas de siempre para bajar la escalera y comprobar que el tipo seguía apoltronado y hablando. Sacaba papeles en los que se atisbaban unos gráficos en forma de torta. Señalaba con el dedo haciendo claros énfasis en uno de los dibujitos. Pasaba al otro y volvía al primero. Fui a la cocina a hacer unas comprobaciones, que me llevaron a saber que tendría que ir a hacer algunas compras para la picada, lo que a mí me tocaba, cosas que por suerte se conseguían la panadería de la vuelta.
Agarré plata y fui. Unas mujeres hacían comentarios infelices, un niño le entregaba un papelito a la panadera, ella le preguntaba algo a lo que el gurí afirmaba con carita de abombado, pobre. Atendía a las mujeres con quienes intercambiaba comentarios sociales, llegaba mi turno. Al volver, le pegué el grito a Giovanni, el de la esquina. Comentamos dos o tres cosas del partido, nos despedimos más como hinchas que como vecinos, llegué de nuevo a casa. Abrí la puerta con la llave. Seguía en el sillón, sin dar muestras de incomodidad o cansancio. Fui a la cocina para ir picando el queso y el pan. Metí la coca en la heladera.
Volví a la sala a buscar el canal de fútbol, donde ya se veía la transmisión previa. De algo me olvidaba. Claro, el mate. Volví a la cocina a cargar la cuya y poner agua. Sonó el timbre cuando ponía la caldera en la hornalla azul. Pasé por al lado del vendedor, que ahora hacía una demostración práctica de un aparatito, abrí la puerta y nos abrazamos con el Robert. Traía las birras y el gurí chico, un fenómeno el Emiliano. Nos abrazamos mostrando los dientes como gorilas, el último juego que habíamos inventado, hasta que el Emi miró extrañado al vendedor apostado en el sillón. Yo creo que más que nada le debió llamar la atención que estaba haciendo una demostración de una afeitadora a pilas. A decir verdad, a mí me pareció más una lustradora de cara porque había llegado con las mejillas totalmente rasuradas. Se me hacía difícil creer que le hubiera crecido la barba en la hora y pico que llevaba sentado.
Con el Robert cumplimos el ritual de hablar en códigos sobre la madre del niño, que le tenía los que te dije por el subsuelo. Era de esas mujeres que conciben la separación como una unión mayor pero a base de odio. Me hizo un gesto de costado preguntándome por el desconocido y encogí los hombros. Imitó mi movimiento. Seguimos hablando de unos temas de laburo mientras el Emi ponía el canal de dibujitos, cosa que le iba durar poco. Conversábamos y se sintieron unos gritos muy fuertes.
Un bardero el Pablo. En vez de tocar el timbre llega a los gritos. ¿Qué hacés, bocina? Nos abrazamos ahí nomás en la puerta. Se saludaron a los alaridos con el Robert. Quedaba energía todavía para el gurí chico, que tomó carrera y casi lo tira al otro, quizá en parte por la visión de las bolsas de papas fritas y los polakitos. Siguió a las risotadas, haciendo esos pasos de baile ridículos que siempre practica para demostrar la alegría. Paró por la mitad de un meneíto para mirar con cara de asombro largo al conversador trajeado, quien esgrimía ahora un reproductor mp5 con toda la pinta de chino. Parecía haberlo sacado de la manga. La imagen se proyectaba fuera del aparato. Una especie de llamita azul donde se movían personajes practicando artes marciales rocambolescas. Pablo imitó toscamente los movimientos, pero más que nada para jugar con el niño, que tan de inmediato se prendió en las macacadas como se eligió otro juego. Encontró los muñecos de acción que siempre lo esperaban en la cocina y, cuando quisimos acordar, estaba concentrado.
El mate había empezado a andar. Nos acoplábamos a su ritmo, que se montaba con la velocidad televisiva, en aumento a medida que se aproximaba la hora del partido. En un momento, el visitante empezó a esgrimir unos paquetes de yerba, al parecer en tres versiones diferentes. El Richard sugirió con la mirada que le pasáramos un mate. Cebé uno y lo extendí al vendedor, que ni siquiera lo registró porque tomaba del suyo propio y sonreía al tiempo que se tocaba el estómago con cara de no tener acidez. Los miré a los muchachos. Me respondieron con los hombros y le entramos a dar a lo salado. Entrevistaban a uno que había salido campeón de América, hacía ya una banda de años. Contaba anécdotas, analizaba el probable partido, cómo había que jugarle a Brasil, se reía, se ponía serio, se despedía. Volvía la imagen del comentarista y el relator. El ocupante del sillón mostraba ahora fajos de billetes. Eran como diez mil pesos. Decía “llamá ya” y agregaba en voz más baja el monto de las cuotas para volver a levantar la voz a la hora de decir las direcciones de las sucursales.
Se conectaba el satélite. La previa enlatada mostraba escenas aéreas de estadios y paisajes. Gente pintarrajeada, los goles, las caras raras, mujeres lindas en las tribunas. La cancioncita machacona pero bastante fea. Todos nos acomodamos un poquito en los asientos. No falta algún comentario escéptico del tipo “hoy nos comemos cinco” o “es mejor quedar eliminado como siempre en primera fase, loco, te evitás los papelones por lo menos”. Todos sabemos que los brasileros tienen unos jugadorazos, que cuando están enchufados se pelea por el segundo puesto, a los nuestros los tenemos claros, Pablo conoce a un flaco que le corta el pasto a Souza en Punta del Este, dice que es medio asqueroso. Me parece que el de traje mostraba un rulemán. Sí, un rulemán. El Emi lo miraba hipnotizado porque lo hacía girar en el aire, sin tocarlo.
Salen los cuadros a la cancha. Eso te emociona siempre a pesar de que pienses lo peor. En ese momento están empatados, son iguales. Cumplen ritos de juego limpio, están con caras inevitablemente de circunstancia. Se hace un silencio en nosotros, roto solamente por una voz insidiosa que muestra las ventajas de una tarjeta de crédito. Capaz que sirve, pienso, a veces tienen descuentos que valen la pena. Tocan los himnos, primero el nuestro. No voy a decir que lo hayamos cantado, pero nos mantuvimos ahí con una emoción contenida mientras la cámara recorría las caras de los jugadores, algunos de los cuales entonaban. Después se oían de Ipiranga los rayos fúlgidos, oh patria amada, idolatrada, ¡salve! ¡salve! Iba quedando todo preparado. El sorteo. El juez argentino. Uruguay va a mover. “En los grandes momentos, Kodak” Un flash nos toma un poco por sorpresa.
Mueve el Pata López para el Pichi Madeiro que avanza, elude a Raimundo, se frena, se la devuelve al Pata que proyecta la subida de Suárez por la izquierda, sin marcas, la cambia toda al segundo palo donde viene el Pata, la agarra de volea y gol. Así nomás. Saltamos como locos. Voló el termo al diablo. Repartimos pedazos de queso por el piso, el Emi gritaba como loco, se oían bombas por el barrio a la vez que sonaban gritos de guerra de los vecinos. Nos sentimos adentro del estadio, se escuchaba de fondo la voz del tipo. Para vivir los momentos, televisores… Juraría que la pantalla de mi televisor catorce pulgadas abarcó por unos momentos toda la pared. Me acusarían de drogadicto.
Juntamos los pedazos de queso y las papitas que volaron. Entramos en un estado de concentración ajedrecística inducida por el partido, que toma ese cariz de acuerdo al espíritu especulador que prevalece en Uruguay. La propaganda corre subterránea mientras sufrimos el partido, que se plantea más ordenado que otra cosa. Los brasileros no encuentran más que tiros de media distancia. Se van varios afuera, Pereira saca una muy fea contra el palo, nosotros tenemos una que saca el golero de ellos. Se viene el entretiempo. No le damos pelota. Entre los comentarios, el entusiasmo, que limpiamos el piso y la mesa, sumado todo al Emi que está en un frenesí, se nos pasa volando.
El segundo tiempo se desordena un poco. Los brasileros salen desesperados a atacar y Uruguay la ve un poco fea. Pero de a poco se va agarrando la mitad de la cancha. Álvarez mete miedo en el mediocampo. Es medio retacón pero se hace grande. Se llega a generar alguna ocasión sobre el arco de ellos. Un tiro de lejos del Pichi, una jugada peligrosa tras un centro de la muerte que pega en el palo. Todo parecía enderezarse hasta el minuto cuarenta y tres del segundo tiempo. Penal. En la repetición se vio clarito que no era. Pero contra Brasil es típico.
Lo va a tirar Zé Mineiro. Se lo ve concentrado, es un jugador firme. El tiempo se detiene. Dan ganas de agarrar al comentarista a patadas. Toma carrera. ¡Pereira! ¡Pereira! ¡Pereira! El arquero nuestro la tira al córner. La cámara muestra que el brasilero se desinfla, queda arrodillado en el punto del penal. Tiran de la esquina pero la pelota es inocua. La tenemos, los brasileros no la pueden agarrar. Se cumple el tiempo. El juez ve que no tiene mucho objeto alargar el partido indefinidamente y da dos minutos de descuento. Saltamos. Nos abrazamos. Cantamos canciones de hinchada. Miramos la tele llorando. Los jugadores se abrazan, dan la vuelta pero al revés, como Defensor. En un cortecito que hay, juntamos las cosas y las llevamos a la cocina. No nos consultamos. Agarramos las cervezas y nos trepamos al auto de Pablo. Dejamos al Emi en lo de la abuela y nos metemos en la caravana, nos mezclamos con la multitud, nos abrazamos con todo el mundo, gastamos las gargantas.

A la mañana siguiente, me desperté a eso de las once, con la resaca del triunfo. Bajé a la cocina y me encontré a la flaca con tremenda cara de culo. “Si limpiamos todo”, pensé. “Le mandé un mensaje desde el festejo”, agregué mentalmente. “¿Qué pasa?”, creo que atiné a preguntarle. “Esto pasa”, dijo, dirigiéndose a la sala. Me mostró el sillón chamuscado y un polvo amarillo que lo cubría todo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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