Erosión

Tallé mi cara,
envejecida,
en un paisaje desconocido, añejo.

Le puse los contornos
de unos sacrificios ausentes,
le di a mi escultura rasgos
que no tengo,
como de prócer.

Los ojos tranquilos de mi futuro
llenos de pasados orfebres
me miraron con la indiferencia
cansada del que ve
una foto gastada de una infancia
imposible de recordar.

Me dijeron que olvidara,
que oyera el viento
escarpándose por los pulmones,
recorriendo las porosidades
ocultas, inéditas,
que me dejara azotar
por la caricia del mar distante,
que fuera,
que me fuera
a mí.

Que los párpados pesaran
cual cortinas de piedra,
cualquiera fuera el ronroneo,

quiera tu dios protegerte
de tus razonamientos
y andamios de ideas ajenas,
cante la canción salada
de la desolación, de los salares
distanciosos, del verbo parco
de unos pobladores arraigados
como matojos.

Era la hoja
para dibujarme lentamente,
grano a grano,
con la consciencia precámbrica
del puro encastrar
y desgastarse,

no había preguntas ni respuestas,
debía regar la sed
con mi propia sangre musical,
dejarme tallar
por mi propio aire
y dejarme de ideales.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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