Rodaje de carretillas

(Nota que iba a ser publicada en el malogrado Biarritz Herald)
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A lomos de carretillas se construye diversión.

El Instituto Nacional de Estadísticas afirma que la población de Aiguá ronda los dos mil quinientos habitantes y que, de las mil quinientas viviendas, cerca de un tercio permanecen desocupadas. El mapa del departamento de Maldonado muestra también su ubicación, a noventa kilómetros de la capital departamental y recostándose contra el alambrado de Lavalleja. Discrepa con la tendencia que acumula los centros poblados cerca de la franja costera y se puede llegar hasta allí en bicicleta por la ruta 39, después de haber sorteado una sucesión de repechos y descensos hijos de la serranía que domina el paisaje. Un día en que llegué pedaleando, me senté al cordón de la vereda, a la sombra de un bar que exhibe una placa que dice que ahí cantó Gardel. Y, mientras le hacía lo honores a una bolsa de yogur, percibí a la distancia la estampa de una señora que caminaba lenta. Durante varios minutos, no vi otro movimiento en las calles anchísimas del pueblo. El tamaño no se resume a ellas sino que también se deja ver en muchas de las fachadas, de grandes proporciones, amplitudes que según dicen se originaron en una época de expansión ganadera con su consiguiente optimismo. Ese tiempo pasó y mucha gente se vio atraida por el centro gravitatorio de Maldonado y Punta del Este, donde se mueve la plata. No obstante, existen personas a las que les gusta nadar en contra de la corriente, o se ven obligadas a hacerlo, y terminan radicándose en Aiguá. Haría falta un estudio para tejer un análisis serio de la demografía del lugar pero, a grandes rasgos, podría hablarse un núcleo de pobladores cuyas familias llevan generaciones allí, dueños por ejemplo de ciertos comercios sempiternos e invariables, y de unas corrientes migratorias que incluyen profesores del liceo, artesanos, emprendedores en busca de paz, transeúntes de caminos espirituales y, por supuesto, la mezcla fértil de todo eso.
Desde aquella visita ciclista, con posterior acampada en un arroyo cercano y largo camino hacia Treinta y Tres, he vuelto varias veces a Aiguá. Pero, si a alguien le suena extraño que haya decidido surcar todos esos kilómetros pedaleando, probablemente lo olvide prestamente cuando le cuente que en 2011 caí por el pueblo con la changa de ser el relator de la primera Expo-Rally de carretillas. Pablo González, profesor de Matemática y agitador incesante, contó de dónde salió la idea. “Se me ocurrió comprarme una carretilla y, comentándolo con mi amigo Eduardo, me di cuenta de que él también quería comprarse una, con lo que se me ocurrió que estaría bueno hacer una carrera de carretillas. Minutos más tarde, estando en clase, les conté lo vivido al grupo quinto biológico y, de inmediato, Mauricio y Diego proponen decorar las carretillas, tunear las carretillas. Ahí fue que se lo planteamos a la comisión organizadora de la fiesta del Bicentenario, y nos dieron para adelante, con la condición de que la fiesta la organizáramos nosotros, con los chicos. En ese momento, el evento se denominó Expo-Rally de carretillas. Aiguá 2011, la primera en América.” Claro, toda la fiesta se hizo en medio de los festejos oficiales, circundada por la consabida columna de caballerías gauchas, un simulacro a cargo de los Bomberos y espectáculos musicales. Todo empezó con un desfile en el que el pueblo, agolpado en la vereda de la plaza, tuvo ocasión de disfrutar de la creatividad de las decoraciones de los rodados y, minutos más tarde, de la destreza de los participantes en la prueba de obstáculos, mientras yo me esforzaba por inaugurar un estilo de relato para la peculiar puja, en el que oscilé entre las modalidades propias de los relatores de jineteadas, raids hípicos y ciclismo, siempre con la presión a cuestas de venir de un pueblo en el que supo haber “relatores de crecientes”. Y me fui netamente al demonio cuando me tocó ponerle voz al espeluznante rally que llenó de carcajadas el inmenso terreno trasero de la comisaría. La alegría fue unánime, pero nunca falta la sombra de un buitre que vuela en círculos a la espera de pellizcar algo.
Ya estaba formado un grupo de gurises liceales llamado “Carretilleros”, con mística y logotipo, y querían seguir gozando la felicidad de lo que habían hecho, como nos cuenta Diego Fernández, quien destaca “el ver cómo rendía frutos después de cada competencias, del rally…”. Porque la movida se mezcló con sus biografías, como es el caso de Mauricio Gómez que, orgulloso, admite: “mi novia es carretillera”. En el 2012 vivieron un año en que los vehículos solo se movieron para girar en un inédito “pericón carretillero”, sin obviar relaciones ni coreografías. Tomaron también contacto con los organizadores del “Rali de carretillas” de Vila de Cruces, en la provincia gallega de Pontevedra, los pioneros del carretillerismo a nivel mundial. La mancha, sin embargo, se cernía sobre ellos. Adoptaba la forma de la copia y el mercantilismo. Un minuano, dedicado al negocio los cumpleaños de quince, registró embelesado todas las evoluciones de la fiesta y luego, convenientemente compiladas y grabadas en cedés, pretendió venderlas a los aigüenses. No contento con haber intentado adueñarse de los derechos mediáticos, organizó su propia carrera en Minas, para la cual tuvo la precaución de realizar sondeos para la contratación de este humilde relator. Los organizadores originales contaban con el empuje de un amateurismo colectivo y fue así, a pulmón y ganas, que produjeron su propio documental casero. “Hicimos la primera película, meta editar videos toda la noche, la madrugada… la primera película, que fue más casera, fue hecha por nosotros mismos, todo el verano estuvimos editando videos, investigando cómo se hacía porque ni idea teníamos y algo salió”, nos explica Gastón Fernández. Diego agrega que consiguieron “unas filmaciones, que anduvimos por acá tratando de cambiarles el formato y de todo un poco para después empezar a cortarla y editarla…”
A la versión minuana de la fiesta se le sumó una sanducera, lo cual motivó que los carretilleros originarios buscaran reafirmar su identidad y su decanato frente a lo que veían como un desdibujamiento de la historia real y su espíritu ajeno al afán de lucro. Con ese empuje, se presentaron a los fondos concursables Pro Cultura de la Intendencia de Maldonado. Fueron seleccionados. Entonces quedó claro que habría una segunda Expo-Rally en su tierra de nacimiento y que debería lograrse un producto audiovisual que, por contrato, habría de ser exhibido en varios liceos de la zona.
La fiesta iba a ser en mayo y querían que hubiera más bólidos metiéndose en el barro. Alguien le pasó el dato a una radio de Montevideo y los medios no tardaron en replicar la novedad. Diarios locales y de otros lugares publicaron la buena nueva. Las radios se peleaban por entrevistar a Pablo y la televisión transmitió una demostración en vivo durante la cual uno de los carretilleros no titubeó a la hora de tirar al suelo al presentador Iñaki Abadie.

Acción.

Acción.

El cronista espurio Rodney Da Silveira narró el ambiente de la segunda Expo-Rally en el blog oficial del grupo: “En la jornada de ayer la ciudad de Aiguá amanecía con un movimiento desusado en el entorno de la plaza. Había brotado un escenario y el fondo de la comisaría había sido convertido en el primer estadio carretillero de todas las Américas. Los colores carretilleros florecían por doquier. Abundaba la cartelería que informaba de la cronología del acontecimiento y la atención, por esas horas, se centraba en el puesto de inscripciones que, una vez que empezó a recibir gente, no tuvo pausa hasta la hora en que se cerró la recepción de rodados. La lluvia no quiso perderse la diversión y mandó como delegado a un único y breve chaparrón pasadas las once de la mañana que obligó a trasladar rápidamente la operativa burocrática, que continuó a toda máquina en el interior de un ómnibus amarillo salido de una película yanqui.
Mientras el equipo de filmación del documental carretillero andaba acá y allá registrando todos los movimientos, desde la cola de gente hasta el niño chiquito con enterito carretillero, el desfile de rarezas serpenteaba hacia la mesa receptora, para ser rápidamente digerido por un depósito transitorio de carretillas donde estas iban siendo escondidas. La gente llegaba de todos lados. De Aiguá por supuesto, donde no se hablaba de otra cosa, y de cuyo liceo se presentaron unos cuantos bólidos por grupo. De Maldonado, con presencias individuales y también de instituciones sociales y educativas. De Piriápolis, desde donde llegaba la carretilla de la madre del organizador, que luego sería notoriamente favorecida. Y también de los medios de comunicación, que contaron con la honrosa presencia de una carretilla del programa Suena Tremendo de Radio El Espectador.”
La cifra de vehículos participantes trepó hasta ochenta y, además de la gente de la radio, se apersonaron los emisarios del programa “Súbete a mi moto”, quienes llegaron a protagonizar una singular disputa que trasladó el carretillerismo una vez más a la pantalla chica. Esta vez fuimos dos los relatores, ya que tuve el gusto de compartir micrófonos con el sólido profesional Roberto Bonilla, quien en sus horas libres dicta clases de Historia. El gentío impresionante que se dio cita entre la plaza y la comisaría, nuevamente los escenarios de singulares hazañas, fue debidamente atendido en una variada plaza de comidas y agasajado, ya terminado el rodar competitivo, por una propuesta musical autóctona y, como corolario, hubo una emotiva ceremonia de entrega de premios que incluyó una llamada a una ganadora que, desde la ruta ya, donaba la carretilla que había ganado, mientras una niña le metía el dedo a la torta.
Infiltrados en el maremágnum de gente anduvieron Noelia Gauna, la productora, Victoria Giménez y Leandro Álvarez, los cámaras, Claudia Beltrán y Von Coates, que se encargarían de la edición, Rodrígo Díaz, que ejercerían la asistencia general y Pablo Rodríguez del sonido, rubro en el que al parecer todos metieron cuchara. Todos ellos son estudiantes de la Licenciatura de Lenguaje y Medios Audiovisuales de la Escuela Nacional de Bellas Artes, que actualmente funciona en la órbita del Centro Universitario de la Región Este (CURE), más específicamente en el antiguo parador de Playa Hermosa. Pepi Gonçalvez, docente de la carrera y activista social y cultural, explicó que “el valor principal es que existan en un sitio tan pequeño colectivos como Carretilleros, con un liderazgo como el de Pablo y artistas como Camila, que es una líder impresionante, y que puedan reunirse las dos cosas en un testimonio para el presente y el futuro; cuando le ofrecí el puesto de directora Camila estaba en los primeros días de su carrera pero aceptó porque no tenía alternativa y porque era de Aiguá.” Se refiere, claro está, a Camila Rijo, la veinteañera directora de “Carretilleros de Aiguá/El documental”, que se estrenó el 29 de noviembre en la Casa de la Cultura de Aiguá, cuya sala se vio atiborrada en las dos funciones que se dieron ese día. El pueblo se estaba viendo a sí mismo con sus mejores colores. La gente estaba feliz y Camila abrumada por la emoción de ser profeta en su tierra: “es buenísimo ver las reacciones que tiene la gente del pueblo al ver el documental, estoy muy contenta con el resultado que logramos.” Valoró también lo que significó todo el trabajo para su formación como profesional de las artes visuales. El documental contó también con buena música, gracias al aporte original de Von Coates y al Cuarteto Ricacosa, que contribuyó con su milonga “De Contrabando”.
Bastaba ver las caras de la gente, y oír sus estallidos de risa, para saber que con la película se estaba cerrando un círculo virtuoso, uno de raíces pacientemente dispuestas en una red de gente e instituciones. Conviene siempre recordar que fenómenos como este no son fruto de la generación espontánea sino que surgen de intrincados antecedentes. Por ejemplo, Camila había formado parte del grupo “Matreros” que produjera un audiovisual en torno a la figura del Matrero Lemos, señero delicuente de la zona que utilizaba como guarida la no menos emblemática Gruta de la Salamanca. Por otra parte, se empezó a ver el producto de esta carrera “experimental, totalmente diferente a lo que se enseña en Montevideo, la primera universitaria del Uruguay que además es gratuita porque es la UDELAR, lo más hippie de lo hippie”, como la califica Pepi. Tal vez pueda rastrearse una de las fuentes de este suceso en “la línea del liceo que es hacer cosas todos juntos”, según explica Alejandro Fernández, director del centro educativo. Y agrega, ajeno a los discursos hegemónicos, tan llenos de estadísticas y culpas, que todo esto se ha tratado de algo “terapéutico” y “una instancia de sanar las relaciones, de encontrarse desde otro lugar, de incorporar esa diversidad verdadera que es el respeto por las cosas que hace cada uno, de la forma que la hace, sin la necesidad de decirle cómo la tiene que hacer, creo que es un espacio de creatividad y libertad que está bien interesante.”

Sin cortes.

Sin cortes.

El documental, de media hora de duración, no es un mero ejercicio de la mirada autocomplaciente. Logra dar cuenta de los hechos y del espíritu lleno de gente que los mueve y lo hace de un modo ágil y entretenido en el que se nota el intenso trabajo de edición y montaje. Yo invitaría a quienes lean esta nota a que no me crean, en primer término, porque soy uno de los involucrados y hasta salgo en la película, en lo que constituye un ejemplo flagrante de periodismo gonzo. Y, después, porque van a tener la oportunidad de verla en distintos festivales de cine y, según aseguran desde la organización, también en internet, además de cumplir el contrato que compromete su exhibición en liceos del departamento.
Por las calles espaciosas de Aiguá sigue caminando la misma señora llena de tiempo, pero de tanto en tanto pone atención porque la puede llegar a atropellar alguna carretilla desaforada. O, quién sabe, tal vez se cruce con algunos de los trabajadores bolivianos que andan erizando las sierras de molinos gigantes.

Para ver “Carretilleros, la película en alta velocidad”, el trabajo artesanal de los carretilleros, basta meterse por acá. Para la otra habrá que esperar.
Quienes quieran darle una mirada al delirio, pueden meterse al blog de los Carretilleros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Crónica, Farmoca, gente de Maldonado. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Rodaje de carretillas

  1. Reblogueó esto en Carretillerosy comentado:

    Nota sobre la película.

    Me gusta

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