Los poemas que improversé en el Campoemato

El sábado 31 de mayo en Aiguá estuvimos unos cuantos en el Campoemato de Improversación. Teníamos que producir textos en quince minutos, de acuerdo a consignas que salían de unos sobres cargados de expectativas. El resultado fue el que fue.

El primer tema fue “Los pecados capitales” y yo hice esto:

Los pecados capitales son ciudades
con gobiernos y fronteras,
los pecados son las redes
que desaguan en el mar
del malvivir.

Los pecados son digestos
municipales,
los pecados son decretos
antimusicales.

Son cuentos superpueblados,
horarios antioriginarios,
insanos, televisivos,
son las letras sin lujuria,
los poemas que no matan
y no roban,
las críticas sin envidia
y las mujeres, sobre todo,
si no son la del prójimo.

Los pecados capitales
resultan, sin excepción,
ser gubernamentales
y a veces trasnacionales.

Y pecado es escribir
sin los ojos que codician
la cerveza del León.

El segundo tema, peliagudo y antidietético, resultó ser “La hamburguesa y el dulce de leche”. Quise hacerlo en décimas y vi que no me daba. Saqué lo que pude.

Es de hombres reconocer
cuando uno no da la talla,
la cosa es que en el principio
de este el envite segundo
me puse a escribir décimas
pa pelearle a Bentancor.
Mi verso, empero, sufrió
de un brutal estreñimiento
y fue la tal paradoja
ya que comer hamburguesa
untada con dulce de leche
es una bruta cagada.

El tercer tema fue “La pala y la escoba”. Pude hacer un soneto.

Con la escoba no llego a los rincones
y la pala junta un porcentaje
de lo que queda bajo los sillones,
mi barrida no resiste peritaje.

Engendro espectral del mayor desuso,
realidad que es puramente nominal,
que barra Don Pepón, yo soy Caruso
y le escapo a ese débito conyugal.

Mi relación con la mugre es amena,
amo al polvo que se echa a descansar
y decanta con el sol de la mañana.

Prefiero barrerme los pensamientos,
generalmente en la orilla del mar,
lleno de arena ajena al barrimiento.

Después vino “Los libros”. Y ya venía embalado con los sonetos.

Silencio organizado en los estantes,
un orden que se rompe a cada paso
de mis ojos que persiguen los instantes,
un reloj va sin tiempo y sin atrasos.

Una tarde ordené la biblioteca,
que ocupaba el baño y las almohadas,
yo soy uno que de caótico peca
pero esa tarde la dejé ordenada.

Luego del trabajo, vino un silencio
profundo, como leyendo aventuras
de romanos y miles de sestercios.

Y entonces el reloj de la cocina,
que estaba parado, de forma dura,
volvió a bailar el vals de la rutina.

Por último, los Carretilleros propusieron que escribiéramos una frase que resumiera la jornada. Aludí a un contendor.

Casi como dijo Pereira: la poesía se acuesta con quien la quiera.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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