Poemas lingües, sobre de dónde vienen o con quién.

Dibujo que se parece a las palabras.

Dibujo que se parece a las palabras.

Por alguna conjunción planetaria desconocida, los tres libros anteriores que llevan mi firma vieron la luz en la época cálida de noviembre y diciembre, llamativamente cerca de mi onomástico. De hecho, la tapa del primero de ellos me llegó, a través de una internet dificultosa, un día en que en que mi casa estaba por llenarse de gente dispuesta a comer y chupar. Y, que quede como nota de interés, el editor de los Poemas altibajos no sabía que en esa fecha, pero muchos antes, mi padre se había salvado del calabozo gracias a mi oportuna partida de nacimiento, que atestiguaba que el jolgorio se debía a mis dos años y no al plebiscito que acababa de ponerle cara de asco a la dictadura.
Un día, el Ale, mi chamán de cabecera, me hizo una carta natal. Combinando el signo con el ascendente y otro ingrediente, logró establecer un llamativo amontonamiento de planetas en la Casa 8, dato del que infirió una propensión astral al ejercicio de la poesía. Creo que el líder espiritual en cuestión no estaba enterado de que yo tenía tentaciones poéticas y tal vez yo tampoco lo supiera. Disté de ser ese adolescente que escribe poemas románticos o rebeldes, al punto que mis inicios, en unos dieciocho años tardíos, estuvieron marcados por un innegable espíritu pornográfico. No sé si redacté algo que no fuera un trabajo durante todo el liceo, aunque tuve siempre buen cuidado de sembrar puntos y comas con esmero. Hay raíces anteriores, por supuesto, pero me parece que empecé a soltar la lapicera cuando, en la Facultad de Ciencias sociales, escribíamos pavadas con Rodrigo Tisnés, amigo rochense con el que nos vamos a ver en unos días en su pueblo. Tengo presente también el interés por los largos y muchos versos que producía Jhonny Reyes en aquella pensión, y unos de un chileno que hacía guisos colectivos en busca de la seducción palatal. Después ha corrido bastante tinta. Lo mágico es que un día algo me dijo que Ferdinand de Saussure, el padre del signo lingüístico, tenía que haber nacido en el mismo signo zodiacal que yo. Y así era. En el signo y para el signo.
Tal vez esa sea la llave de estos Poemas lingües. Algo así como un desencadenamiento inevitable, un deslizarse de lengua en lengua, de poema a poema, de traducción en traición, como la que me propuso Fabián Muniz con un poema de Pessoa. Siento mucho placer escuchando las voces de las lenguas, las de las personas, oyendo cómo bailan diferente de isoglosa en isoglosa, de tiempo en tiempo. Y también disfruto retorciendo las ideas duras y dándoles formas insólitas. E inventando palabras nuevas, únicas, que creen otros barrios, sin dudas teniendo presente el lenguaje de escritores como Mia Couto y sus ancestros literarios. Parece que incluso llego a soñar en lenguajes indescifrables, que quién sabe no sean lenguas muertas, perdidas o prehumanas.
La publicación de esta colección se debe a la irrupción quijotesca de Gisella Aramburu, rochense cara visible de Bestial Barracuda Babilónica, una editora naciente que propone belleza artesanal en sus libros, como lo atestigua la tapa que se mandó Pablo Galante, quien tuvo el detalle de leer los poemas antes de hacer el dibujo. Estoy muy contento, por supuesto, pero un poco perplejo. ¿Por qué el libro no está saliendo en fechas próximas a mi cumpleaños? ¿Se adelantó mi natalicio y no me avisaron? ¿Babilonia, ciudad de la gran siete, ha influido con su perversión en la alteración del orden natural de las cosas, desajustándolas de su tradición gauchesca? Todas son preguntas que las palabras intentarán responder al pedo durante años y más años. Lo único que tengo como sospecha firme de lo que pueda haber causado este desmoronamiento del establishment es la ocurrencia reciente del Campoemato de Improversación que se nos puso inventar con Pabloca Rretilla, en Aiguá, el día anterior a unas elecciones internas, cosa que solo a unos dementes se les puede antojar.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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