Décimas políticas sobre el debate presidencial en un quilombo de campaña.

A la luz de un farolito.

Andaban los candidatos
rastrillando el interior
cuando un algo superior
les confirmó que los gatos
son pardos y no hay recato
cuando se cierra la noche;
confluyeron con sus coches,
con su séquito y su eco,
los tres tipos en un queco
e hicieron el tal derroche

de gestos y palmaditas
entre sí y con la gente
que se encontraba presente
tomando una cervecita
en el quilombo de Rita,
un espacio impresionante
en el cual los circunstantes,
entre la barra y el lecho,
atestiguaron el hecho
que marcó un después y un antes.

La movida fue sencilla,
la gente del lupanar
arregló todo el lugar
destacando las tres sillas
para correr las mil millas
de un debate electoral
mezclado con bacanal,
les dieron con qué escribir
y empezaron a servir
un escocés nacional.

Era simple la propuesta
para sus presentaciones,
a cargo de las mociones,
siempre alegre y bien dispuesta
la Rita, que no se acuesta,
les iba a tirar los temas
en circunstancias extremas:
habrían de improvisar
y en décimas recitar
sus programas y sus lemas.

El premio del Campoemato
de Honesta Improversación
era un tiempo en un colchón
para gozar del buen trato
de la codiciada Pato,
pupila de extensa fama
por su discurso en la cama,
tocaba a los que perdiera
el costo que se tuviera
con el caché de la dama.

Dispuesto ya el reglamento
empezó la ceremonia.
La Rita, con parsimonia
y dominio del momento,
dijo “venga el instrumento”
y se acercó un guitarrero
con las manos en enero
y el cuerpo bastante en pedo
cuyos temblorosos dedos
prometieron sonar fiero.

Se explicó que se dirían
tres temas, uno por vez,
para su escritura exprés,
les agregó que tenían
diez minutos y podían
consultar el diccionario
o también un recetario
del Crandon viejo y rotoso
con añares en reposo
por la carencia de usuarios.

Primero fue “Educación”,
un problema muy jugoso,
preocupante y espinoso
que desvela a la nación.
Tomaron con emoción
de sus vasos buches largos
afrontando el trago amargo
de encontrar alguna forma
de mandarse una reforma
y reestructurar los cargos.

El jurado en la emergencia,
dos locas y un carnicero
que era cliente del putero,
aportó su inteligencia
y heterogénea sapiencia
para evaluar el producto.
“Nos sonaron como eructos
las tres propuestas lanzadas,
la gente no es una manada
y es preciso un gasoducto

para la nube de pedos
en que viven los señores,
les haremos los honores
de mostrarles nuestros dedos
para putear el enredo
de mentiras sin sentido
y versos tan mal cosidos.”
De ese modo habló la Vero,
asintiendo el carnicero
y María del Olvido.

Optó la organización
para evitar más fealdad
no hablar de “seguridad”,
el rol de la oposición,
ocho horas para el peón,
la gente guantanamera,
no iban a pedirles peras
a los olmos mentirosos,
optaron por lo gozoso
y mandaron que escribieran

sobre “El país que yo sueño”.
Pidieron más té con hielo
como forma de consuelo,
para dar fuego a los leños
y otra vez sentirse dueños
de la llave del discurso,
fue así que le dieron curso
al fluir de la inconsciencia
y olvidando toda ciencia
derrocharon sus recursos.

Sin distingos, todos ellos
pintaron de mil colores
multitudes sin dolores,
cada uno con su sello
habló de horizontes bellos
y alegría por doquier,
energía de bachiller
y tanta paz y concordia
que quedaba la discordia
para siempre en el ayer.

Esta vez al carnicero
le tocó ser encargado
de declarar que el jurado
consideraba fulero
tanto verso con ruleros:
“Demuestran en su retórica
una desvergüenza histórica,
en los anales neolíticos
figura su hacer político,
y su prosapia es módica.”

Los dichos del comerciante
y los puntajes parejos,
todos ceros sin un dejo
de espíritu negociante
instalaron un tirante
repudio a los comentarios,
tildados de panfletarios
y anticonstitucionales,
portadores de unos males
a nuestra patria contrarios.

En un bloque Tabaré,
con Pedro y con el Cuquito
elevaron sus pruritos
diciendo “¿quién es usted,
quién lo ha visto y quién lo ve
para acusar con esos modos?”
Apoyándose en el codo,
con años de mostrador,
les dijo “laburador,
soy del pueblo y sin recodos.”

Uno que era domador
y jinete de la casa
soltó seco “¿qué pasa?”
Se les notó que el furor
se les tornaba en amor
a los tres beligerantes
en lo que dura un instante,
unas disculpas payaron
y además solicitaron
más de ese té refrescante.

La casa para el final
se interesó por la agenda
no del trigo y la molienda
ni del déficit fiscal
sino más de bacanal:
los quecos del interior
en los que crece el clamor
de que les falta el apoyo
del Estado y que en un hoyo
capaz que estarían mejor.

La tormenta era de alcohol
y de gritos destemplados,
los tres tipos, asustados,
les prometieron el sol,
estadio pa’ Peñarol
y jueces a Nacional,
ya a esa altura daba igual
el fútbol y el balotaje,
les sonaba a canotaje
salir del berenjenal.

Fue María del Olvido
quien les abrió la portera
en la payada postrera,
les dijo “yo he vivido
satisfaciendo maridos
que engañan a sus mujeres,
siempre fueron mis quehaceres
mentirosos, clandestinos,
parece que mi destino
es lidiar estos seres

que gozan como los teros.
De todos modos declaro
y quiero que quede claro,
el debate fue un chiquero
y el puntaje siempre cero
pero hoy habrá un vencedor”
Miró todo alrededor
y peroró como en rito:
“Aquel que me dé un carguito
será el dueño de mi amor.”

Tras la alegre carcajada
hubo una buena salida
de los tres de la partida,
para que la paisanada
reunida en feroz majada
aplaudiera en esa noche
se mandaron el derroche,
con las billeteras sueltas
pagaron dos o tres vueltas
y se tomaron los coches.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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