El rebaño violento se expresa libremente

Todo del mismo color

En plena campaña electoral, apareció en un gran titular del diario El País: Guía recomienda a docentes gays y lesbianas “salir del armario”. Olfateé una obscenidad política subyacente. Pensé que se trataba de la titulación tendenciosa de un diario de línea opositora con el objeto de minar la imagen de lo hecho por el gobierno. Me pareció triste que se utilizara el intento de profundizar en nuestra trabajosamente incipiente educación sexual para intentar defenestrar al oficialismo. Por cierto, no se leerá aquí una defensa del partido que se encuentra en uso del poder ni una crítica a los partidos que intentan -o intentaban- acceder a él.
Con los días, mi desazón aumentó a raíz de que los jefes del sistema educativo dijeron que ellos no sabían nada y que a ellos no los habían consultado. Fueron veloces a la hora de detener la distribución de la Guía de Educación y Diversidad Sexual que mereciera la titulación hurgadora por parte del diario mencionado.
Un poco después, leí una columna de Hoenir Sarthou, izquierdista independiente, en cuyo cuerpo se criticaba el contenido del material, aduciendo que

“se mueve en el delicado territorio de las identidades de sexo y de género, e incluso en el de la libertad individual, con la delicadeza de un elefante en un bazar.
¿Quién dijo que el derecho a la diversidad sexual y la protección de ciertas orientaciones requiera la “deconstrucción” y la “desnaturalización” de otras orientaciones? ¿No se percibe que el proceso de “deconstrucción” y “desnaturalización” de los modelos mayoritarios de orientación sexual será vivido, por los niños y niñas que ya los han incorporado, como una agresión a su propia identidad?”

A Sarthou no le gustaba que, desde las instituciones educativas, se pretendiera deconstruir y desnaturalizar un paradigma social. Lo cual podría traducirse como que no lo conformaba que se fomentara el espíritu crítico o, en otras palabras, que se pensara la trama misma de nuestra sociedad. Temía que los contenidos de la guía atentaran contra las libertades individuales y hasta contra la laicidad.
Hace un rato leí un editorial de Esteban Valenti, ilustrado por la imagen de una oveja rosada, en la cual, tras una larga serie de comentarios acerca de sí mismo, se expresaba en términos similares a los del editorialista de Voces, tan similares que parecían levantados. Entonces terminé de convencerme.
En primer lugar, una unanimidad tan cerrada acerca de algo me parece sospechosa, como me lo pareció en su momento el alineamiento favorable a la instalación de la planta de celulosa en Fray Bentos, que su buen olor tiene. En segundo, porque uno de los grandes titulares de hoy del diario citado al principio es Violencia: en 12 meses murió una mujer cada quince días. En tercero, y como apoyo teórico, porque estoy leyendo A lo macho, el último libro de Ruben Campero.
Este psicólogo y sexólogo plantea que nuestra sociedad vive en un sistema falocéntrico que lo organiza todo a partir la figura preeminente de un hombre “macho” y que a esta idea, presente por doquier, se le subordinan todas las otras. Se habla de los rasgos que nos son impuestos a todos los que aquí nacemos y que incluyen la heterosexualidad, la agresividad, la contención de las propias emociones, la superioridad del hombre sobre la mujer, la cosificación de todo aquello que no se adscriba al estatus de “macho”, entre un diverso etcétera. El libro es claro y torrencial en ejemplos y explicaciones, razón por lo cual he llegado a sentirlo como opresivo y perturbador. Me ha hecho interpelarme sobre cuáles de mis conductas, actitudes, suertes y desdichas se deben a mi interacción con el mandato social que impone ser de determinada manera y sanciona no serlo. Me ha hecho sentir, una vez más, que esa dictadura simbólica no tiene en mí un adherente. Y me ha preocupado mi reproducción de conductas que pertenecen al libreto, del mismo modo que me incomoda ir por una calle solitaria atrás de una mujer sabiendo que, por el solo hecho de yo ser hombre, me tiene miedo, cosa que incluí en una escena de uno de los cuentos de Relajo. También me inquieta que las propias reflexiones del libro, que me parecen imprescindibles, terminen por ser leídas como un dogma por parte de personas con tendencia a formar parte de rebaños militantes (la palabra “militar”, sea como infinitivo o como sustantivo, me disgusta mucho).
La violencia de todo tipo hacia las mujeres y los abusos hacia toda aquella persona que se perciba como pasiva o débil son moneda corriente. Parece ser la reacción punitiva de quien no quiere ni puede dialogar, de quien actúa en base a motivaciones que percibe como naturales e incuestionables. El tabú de la educación sexual, aparentemente vencido desde lo discursivo, se mueve ahora hacia otros territorios. Por ejemplo, hacia la frontera entre lo público y lo privado, aquello en lo cual el Estado y lo colectivo pueden meterse y lo que no. Pero, al mismo tiempo, parecemos darnos cuenta de que la violencia doméstica es un asunto público y que “un hombre que le pega a una mujer no es un hombre”.
Quizás entonces le competa a la educación poner en cuestión el modelo de sociedad en que vivimos para poder perfeccionarla y hacerla vivible para todas las personas, sin que tengan que andar pagando precios por no seguir unas pautas que no decidieron, como tampoco lo hicieron las generaciones que las precedieron. Deconstruir o desnaturalizar son palabras feas porque tienen prefijos negativos y porque le suenan muy académicas a una población cuyo presidente suele expresarse agriamente en contra de lo teórico. De pronto “construir conocimiento” o “analizar la herencia cultural” podrían ser palabras más propositivas. A las familias y al Estado les toca la tarea educativa y, en vastas áreas, ambos están omisos. Vivimos en un país donde una enorme cantidad de gente abandona a sus hijos -aun en la convivencia- o abusa de ellos de diversas formas. Vivimos en un país donde los políticos y los jerarcas de la educación se preocupan por números que intentan maquillar y no por el aprendizaje. Vivimos en un lugar en el que nos aferramos con todas nuestras fuerzas a las ideologías -sean estas recetas políticas o guiones de comportamiento sexual- y dejamos tiradas a las personas.
En vez de censurar esa guía de educación sexual, que sin dudas ha de ser perfectible, habría que estimular que hubiera muchos otros materiales y muchas otras oportunidades para repensarnos a nosotros mismos, ver qué es lo que nos sale mal y cómo podemos mejorarnos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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