Crónica rochense con imágenes, poemas y unas historias

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(fotografía mayormente a cargo de P., jefa de expedición)

*
Desde mi asiento se ve
un perro cimarrón,
de esos que Artigas,
el caudillo grandilocuente,
decía que iba a usar
en las batallas.
Intenta vulnerar
el tejido metálico
con el hocico
para comer
pasto.

(setiembre)

 

*
El cielo no es infinito
sino salmón
grisáceo.

 

*
Mi inquietud,
delimitable, propensa
al diagnóstico,
parece extenderse
como medida por tiempo
indeterminado
y todo el mar
no la disuelve,
a lo sumo la sacude.

 

*
La historia de Blas dice que un grupo de gente estaba discutiendo cuál había sido el peor pedo. Uno dijo que el de cerveza, otro de whisky, otro de caña blanca, y así. Alguien interrumpió la secuencia acotando que el peor pedo es el de boniato, lejos. Rápido e ingenioso, el suegro del que me contó la historia respondió “no sé, nunca tomé.”

 

*
La historia del viaje a pie de Aguas Dulces a Valizas de nosotros es real, doy fe de ella y tengo documentos. Se pone una hora y media más o menos para ir y tal vez un poco más para volver, cuando ya entró un poco el hacha.
Durante el trayecto, además de pensar en la chiquilina que mataron y en la improbable aclaración del crimen, fui viendo lobos marinos muertos, que siempre hay, y me acordé que una profesora de particular talante mencionaba un libro titulado “Hay un lobo muerto en mi orilla”. No sé si la profesora existía o si fue una alucinación colectiva de ciertas generaciones de estudiantes.
Al llegar a Valizas, después de haber hecho unas averiguaciones en la agencia de ómnibus, hicimos una parada para descansar. Cuando íbamos, vi a un hombre cuyas facciones, rasgos, barba y pelo me resultaron muy conocidos. Pensé en el recientemente publicado Jesús de Valizas de mi amigo Rodrigo Tisnés, cuyo personaje es así mismo, con milagros incluidos. Es más, como el libro iba a presentarse un día después, imaginé que la presencia del muchacho fuera una jugada propagandística magistral. Minutos después, entramos al propio lugar donde estaba este Jesús, que no era otro que “El Rey de la Milanesa”, tradicional enclave gastronómico de bajo costo. Mientras encargábamos y luego esperábamos unas de pescado, una mujer me miraba. Lo hacía con una persistencia que me llamaba la atención y yo intentaba lidiar con el asunto.
Instantes después, el presunto mesías se sentaba junto a ella y a un gurí de cerca de un año. Ahí armé el puzzle. Los conocía a los dos, los habíamos encontrado dos años atrás en un hóstel en Brasil.
No aburriré con los detalles de las celebraciones.
Ya no quedaba milanga en el momento en que vi pasar, luciendo un bronceado de revista, al ubicuo Nilson de Souza, organizador de ciclos de poesía, fotógrafo de eventos literarios y vendedor de libros valicero. Integrado que fue a la conversación que a esa altura manteníamos con los amigos reencontrados, soltó que yo era el autor de “Relajo”. Combatió la perplejidad causada mediante el simple trámite de ir a un lugar al fondo y volver munido de un ejemplar, que no vaciló en vender ahí mismo.
Volvimos y al otro día fui abatido por un ataque al hígado digno de jugar en la Champions League, razón por la cual no llegué nunca como había prometido a la presentación de Jesús de Valizas. Pero, como parece que todo se sincroniza, me di por satisfecho. Además, después me pasaron otras cosas.

.

*
Debo decirte, Angélica,
que oigo como a un oráculo
tus conceptos sobre
traducción legal.
Disfruto, del mismo modo,
en pensar cómo traducir poesía,
ahí queda interrumpida
la charla porque Osores
está viejo y quiere dormir.
Abono mi teoría de los hechos
no azarosos
cuando Horacio, desde lejos,
me pide que piense
en cómo traducir cierto poema.
Llego a la idea provisoria,
vaya redundancia, como si
las hubiera definitivas,
de que la poesía es intraducible,
como el lenguaje de la amistad
o el de los pedos.

.

*
Las acacias fosforescentes
al sol,
el mormazo polvoriento
de una terminal
lejana
a su propio pueblo,
unos palmares
como constelaciones lejanas
cuya luz
es historia,
después una urbe de eucaliptus
derrama su murga de cotorras
y una sensación de que el día
se repite, se repite, se repite
y permanece.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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