La notita de Olmedo y el robo en la literatura.

Olmedo, artista.

Ignacio Olmedo, artiguense escritor tocayo que ha sabido llevar la bandera de la narrativa local, claro está que muy abayanada, me dejó un mensaje en Libros del Duende. Me dijo que le había gustado “Relajo” y que se aprestaba a “meterle una nueva lectura”. Agregó que le parecía acertada la reseña publicada hace unos días en Brecha.
Por si no bastase con tal homenaje, dejó cuatro páginas en las que, ancestral, se puede leer una reescritura de un tramo del Génesis en clave amatoria. Esto, evidentemente, tiene que ver con una veta que él ha explorado con fruición a través de su narrativa, como por un relato titulado “La ganosa” o en su novela “La turca tatuada”. A propósito de asuntos venéreos habíamos hablado con él, a quien le parecía que ciertos escritores uruguayos habían tenido una mirada que no lo convencía sobre el sexo. Le parecía extraño que, tratándose de jóvenes, parecieran darle al asunto poca vitalidad. O algo parecido.
Tengo que decir que, amén de ser yo mismo bastante relajado y visitante asiduo del lado de los tomates, tuve muy presente la observación olmediana acerca del magro coginche nacional.
Una vez que Patricia, la librera, me hubo dado el importante mensaje, me dejé llevar por un libro del que daré cuenta en breve, sobre el cual espero poder decir cosas buenas. Y, no sé a cuento de qué, ella me habló de los autores que son “malos padres”. Explicó que les llamaba así a aquellos que dejan los libros para la venta y luego los abandonan o, en casos más extremos, llegan a sugerir que estos sean guardados en el esfínter anal. Me sentí tocado en mi orgullo progenitor, por lo que la charla derivó, sin mayores insistencias mías, hacia las existencias de mi libro en el Duende. Ágil y enérgica, Patricia dio una vuelta completa al local en busca de los ejemplares que quedaran, presa de la extrañeza de encontrar pocos. No tardó en asociar esa escasez a un ladrón de libros que, estando ella o estando Analía, había insistido en intentar afanarse un costoso volumen de Cortázar. Manejó la hipótesis de que mis ejemplares podían haber sido hurtados.
Me quedé pensando en qué puede significar esto. Barajé varias ideas, algunas que me favorecen y que por eso mismo me abstengo de contar. Y también pensé que podía haber pasado otra cosa que no fuera un delito.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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