El paisaje se puso

Se puso.

Se puso.

El paisaje se puso amarillo
como el pelo de las viejas morochas,
bajo el imperio opresivo
de los inventarios, los discursos,
el agua sintética, las ideas
convertidas en grasa
duramente blanda,
como el movimiento hacia atrás
de una diosa Kali burocrática
cuyo rostro esquivo
se esconde tras filosofías
implícitas e incapaces.

El paisaje se puso domingo,
lugar común, pez volador
atrapado por las redes
de unas señoras conventilleras
y unos tipos convencidos,
todos vencedores vencidos,
provocadores del efecto
de un invernadero congelado,
doctos en nada
y con poder de veto.

El paisaje se puso reminiscente,
quejoso, mezcla de estreñido,
congestionado, agarrotado
y demasiado consciente
de dos o tres preocupaciones
que dan vueltas como unas hojas
secas que raspan por dentro
como engranajes sueltos,
como un poeta diciendo
que el panorama de la poesía
local es tétrico y el verdadero
destino del hombre es el arte.

El paisaje se puso como yo,
que pienso que si todos fuéramos
poetas nadie lo sería,
y los avaros se entrevistarían
entre ellos quejándose
del escaso valor concedido
a lo que realmente vale,
siento entonces que tengo
que plantar bosques
y paz en mis desiertos
al menos para que el mundo
revierta el giro y la caída
de las hojas y del alma.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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