Cien por ciento para la educación

Ya está esto del conflicto, esto de estar detenidos en la acción y en el tiempo. Hubo un día en el que adherí a una medida, un día que consideré como uno de trabajo, porque de hecho hice más horas de las que me habrían correspondido, un día triste, luctuoso, en el cual me sumé al llanto por la educación pública, un día en el que sentí que tenía que unirme al dolor de mis compañeros y estar ahí, porque la verdad es que hay un montón de cosas para mejorar. Pero ya está esto de que haya dos fuerzas midiéndose los respectivos falos para ver cuál es más grande. Y ya está porque queda claro que son bastante toscos en sus movimientos, carecen de buena mano y usan mal la lengua.
Hoy tuve la ocasión de escuchar otra vez las consignas, con la letanía del seis por ciento y el aditamento del “no al TISA”, con una aclaración de que no era por plata que no tardó en contradecirse con una nueva invocación al dichoso porcentaje. Una vez más me asaltó la desconfianza hacia la actitud de militancia, que supone encolumnarse tras algo y adoptar conductas repetitivas y sordas que me resultan ajenas y contraproducentes. El gremio (en mi caso el de Secundaria), dentro del cual se cuentan personas valiosas y laburadoras, si bien presenta dentro de su plataforma reivindicaciones que piden por la mejora de aspectos importantes del sistema, desde su discurso se repite en el dinero, de lo cual se hacen eco los medios (que no investigan mucho) y que resulta un objetivo fácil para las contraargumentaciones de los jerarcas, que saben más de manipular números, aun cuando hayan sido vistos queriendo apagar un fuego con nafta.
El tema es el relato que existe acerca de la educación. Primero, debo decir que concuerdo con lo que decía Soledad Platero en su columna reciente en Caras & Caretas, en cuanto a que no se trata de un servicio. Pienso que debería ser encarada como el corazón de la sociedad, como el lugar por donde transite el conocimiento y la convivencia, tanto para adquirir conceptos y actitudes como para producirlos, crearlos. Cualquier clase de disciplina debe estar a favor de la creación y no del mero disciplinamiento ni, como también señalaba Platero, de la preparación para un mercado de trabajo inseguro y que solo le propone a la mayoría una relación de dependencia salarial. Cada vez más me convenzo de que necesitamos formarnos como artistas para inventar una vida mejor. Para eso, claro está, se necesita saber leer y escribir, hacer cuentas, dibujar, bailar, trabajar en equipo, escuchar, pensar sobre la vida, saber cuál ha sido el pasado e imaginar futuros. Claro, para que todo eso funcione hay que creérselo y hacerlo. Porque, de lo contrario, ¿cómo lograremos la adhesión imprescindible del conjunto de la sociedad? ¿Cómo podremos ser queridos y respetados, espiritualmente primero y en el presupuesto como consecuencia? ¿Cómo haremos para que la prioridad sea aprender y no amañar números de repetición y abandono y para que nuestros empleados -los jerarcas- dejen de presionar para obtenerlos? ¿Cómo haremos para obligar a tales empleados a serlo y a no creerse que son quienes mandan? ¿Cómo haremos de nuestra actividad la más importante de todas y atraeremos a los más capaces de nosotros, esos que hoy estudian carreras que se parecen más a un materialismo con pies de barro?
Pienso que la educación tiene que ser toda pública. Y que toda esta situación no hace más que favorecer el crecimiento de la oferta privada, que tiene como consecuencia más saliente la fragmentación y estratificación de la sociedad. ¿Será ese el objetivo de alguno de los actores?
Por otro lado, necesito dar clases y quiero ver a unos cuantos estudiantes a quienes hace muchos días no veo, algunos de los cuales no tendrán problemas, mientras que otros quizá ya hayan dejado el liceo. Y me urge dejar de escuchar la palabra “lucha”, cosa torpe si las hay en un docente porque, sabrá cualquiera que haya querido luchar, cuando se trata de docencia, significa perder. Y que se logra mucho más cuando se motiva o se crean las condiciones para que lo que tenga que brotar pueda hacerlo. Ya está de llanto y grito, que el dolor no se puede evitar y el sufrimiento sí. Vamos a inventar algo nuevo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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2 respuestas a Cien por ciento para la educación

  1. Cristina dijo:

    simplemente verdadero, honesto y excepcional. gracias Fernández de Palleja, gracias Ale Parrella

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