Las selfies en una playita filipina

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Lindazo.

El destino en sí no era Manila sino las paradisíacas y aún poco explotadas playas de Boracay. Buscábamos relajarnos y diluir, antípodamente, nuestras respectivas preocupaciones. Así, vagabundeamos con nuestros pies posándose como alas de mariposa sobre la arena, por las blanquísimas arenas de la isla. Íbamos ensimismados en nuestra charla en constante construcción, con paredes políticas, estéticas, comentando sobre la proliferación de gente sacándose selfies (1) y hasta reflexionando sobre cuestiones de puericultura y espiritualidad cuando vimos que una parejita de jóvenes se nos acercaba haciendo aspavientos. Intento reconstruir su imagen y hacer conjeturas acerca de su origen: promediarían la veintena, eran magros y sonrientes, iban vestidos de acuerdo a algún estereotipo playero que no logramos identificar, aunque yo apostaría que eran australianos, se sabe cómo son de bullangueros e insidiosos. El hecho es que, en un inglés que apenas entendimos al principio, mostró el teléfono, por lo que ambos entendimos que nos querían pedir que les sacáramos una foto, principal uso que se les da a tales dispositivos. Pero no. El australiano, seguro que lo era, en cambio, nos pidió formar parte de una selfie. Estiró el palito-para-selfies y me abrazó, al tiempo que la muchacha abrazaba a mi amada. Tomó una foto rápida y quiso hacer otra, para la cual nos arengó a que le pusiéramos ganas bajo la consigna de “a hug, a hug” (un abrazo, un abrazo). Sonreímos como cuando si fueran jefes que pagan mucho y nos despedimos de los inesperados fotógrafos. Quedamos preguntándonos qué los habría movido a una actitud tan inusual. Pensamos que podía ser una apuesta, algún juego, la producción de un programa de televisión, una fachada para decir que habían hecho amigos durante un viaje (en esta teoría el muchacho era gay y ella era una amiga que viajaba con todos los gastos pagos), una incitación más o menos rústica para entablar algún tipo de orgía, que estaban drogados o, sencillamente, que eran tarados nomás.
Seguimos nuestro camino con el rumbo que llevábamos, que tenía por objetivo aproximarnos a una construcción que se veía a lo lejos y nos parecía una cruza de faro y pagoda. Una vez que nos hubimos aproximado lo suficiente, cortó nuestros pasos un hombrecito sin camisa cuyo ombligo saltado parecía tener vida propia mientras hacía gestos ampulosos que indicaban que el lugar era privado y estaba prohibido pasar, para lo cual se valió también de una forma muy particular de lenguaje que por momentos parecía tener palabras en inglés, otras en algo que recordaba al español y el resto en una pasta informe cuya incomprensión me permitió observar los quince pelos apretados, siete de ellos canos, que componían el pelaje de su pecho. Tuve que cercenar mi fascinación por el personaje extraño porque noté que mi amada ya llevaba desandada como media cuadra.
Repuestos del segundo impacto en tan breve lapso, fuimos volviendo al centrito de Boracay, entreverando conversaciones y chapuzones. Pero lo más intenso estaba por llegar porque, así como pisamos la callecita principal, nos esperaba un enjambre de celulares apuntándonos. Niños, adolescentes y adultos nos asediaban con fragor parejo y hasta me pareció distinguir a un fotógrafo con toda la pinta de ser un profesional. Nos sonreían como si fuéramos dioses mitológicos recién reencarnados. Yo pensaba que estaba bien que mi amada fuera algo exuberante y muy bonita, pero no entendía el furor que causábamos y, menos aun, que el foco de todas las miradas parecía ser yo mismo. A duras penas conseguíamos avanzar y nos mirábamos con horror. Estábamos siendo víctimas de un inexplicable acceso social por el cual todo el mundo nos sacaba selfies.
Recién empecé a entender cuando, desde dentro de un local, salió un gurí con una foto y un marcador, pidiéndome un autógrafo. El botija, que tendría unos doce años, blandía una imagen de Pep Guardiola. Me acordé de los gurises del liceo, que me dicen Guardiola por los pasillos y me preguntan por el goleador polaco del Bayern München. Me dieron ganas de verlos, tengo que decir la verdad, y de contarles lo que me había pasado en un lugar tan lejano y raro.
Más tarde, me invitaron al estudio de un programa deportivo. Salí en vivo hablando de mi idea futbolística en horario central para todas las Filipinas. Hasta me atreví a soltar dos o tres palabras en catalán y a manifestarme políticamente sobre el independentismo de mi pueblo. Pero la verdad es que prefiero no ahondar en el asunto porque mi actitud me valió algunos reproches de mi amada, y no había artesanía que la conformara.

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(1) Selfie: Dícese de aquella fotografía que alguien se toma a sí mismo, generalmente con un teléfono cuya inteligencia es inversamente proporcional a la de su dueño. Mucho se ha hablado acerca de este hábito en ascenso. Dentro de los conceptos que se manejan teóricamente al respecto se destacan los siguientes: el narcisismo de la época, la necesidad de mostrarlo todo en internet, es moda, la gente no se anima a darle el teléfono a otro para que saque la foto por miedo a que se lo afanen, son tarados nomás, quién sabe.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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