Leo las noticias de enero desde un hotel en Filipinas

pablo-bengoechea

Ya era.

Hay un cierto vacío en los lugares que uno conoce como turista. Si bien pareciera que una especie de ola suave nos llevara por un paseo de deleites -hasta el cansancio de las caminatas y los sucesivos abordajes están incluidos-, hay una suerte de muro sutil que nos separa de la realidad. Por eso, necesitamos tener un cordón umbilical que nos vincule a nuestra realidad, que no es otra que el paisaje de las palabras conocidas, de las historias de siempre, de algunas pasiones que, aunque la cotidianeidad las anestesie, están ahí pulsando sin que las veamos. Entonces, tenemos que hacer un alto y aprovechar el wi-fi del hotel para que en la pantalla de la ceibalita aparezcan nuestras páginas de noticias, las rutinas conversacionales. Está claro que los medios de comunicación no son fiables en un cien por ciento, un ejemplo de lo cual es para mí el susto que tenía una amiga que vive en Nueva York el día en que me la encontré en la plaza de Maldonado, pensaba que la iban a asaltar en cualquier momento y era porque su única lectura de nuestras calles estaba pasada por el cernidor de los diarios en internet. De todos modos, si bien necesitamos salirnos de nuestro envase de todo el año, nos resulta imperioso saber si nos mandaron correos, controlar el facebook y leer las noticias (para saber si llegaron más argentinos en esta temporada, si estalló algún puterío político, si se murió algún artista esencial, cómo va la pretemporada del fútbol). No sé, tal vez eso tiene que ver con que me enteré de algunas noticias importantes en verano, como por ejemplo cuando en el 86 se cayó el Challenger y yo era un niño de siete años en una casa de Costa Azul, en la misma época en que me encerraba en un auto viejo a leer revistas de historietas, o como cuando, en enero del 89, me enteré en el balneario Lago Merín de la muerte de Alfredo Zitarrosa.
Este año, muy lejos del país, me enteré de que parece que todos los cálculos hacen suponer que existe un gigantesco planeta en los confines del sistema solar, más allá del descalificado Plutón. “Nibiru”, comenté, “también llamado Hercolubus o Planeta X”, y me parece que mi amada no me tomó muy en serio, en general a las mujeres no las seduce la astronomía misteriosa. Confieso que me excedí un poco en internet porque, además de leer la prensa convencional, pasé revista a los canales de youtube de JL y Vicente Fuentes (de Mundo Desconocido y Ufópolis respectivamente), quienes por supuesto abordaron el tema.
El otro día, mientras mi amada se acicalaba con tranquilidad, aproveché a dar una pasada por los canales de cable del hotel y confieso que, si bien me interesaron algunas de las noticias filipinas que pude captar en inglés, me resultaron absolutamente lejanas todas las referencias deportivas de las islas cuyo fútbol carece de desarrollo, lo mismo que muchos otros deportes, salvo la destacada excepción del boxeador Manny Pacquiao, de cuya carrera sé menos que poquito y no me interesa. Así que queda claro por qué me metí a leer la parte de deportes de los diarios uruguayos y por qué no me voy a olvidar nunca de cuando echaron a Bengoechea de la dirección técnica de Peñarol y cuando se retiró Zalayeta en el siguiente párrafo en enero del 2016. Por lo que leí, parece que lo más importante para ejercer el cargo sería ganar los clásicos de verano, cuando los jugadores todavía están desentrenados y los planteles en formación. Se habla de la inminente contratación del Polilla Da Silva, quien sea seguramente uno de los mejores técnicos de los últimos tiempos en Uruguay, como ya lo demostró en sus grandes campañas en Defensor. En una de esas la conducta errática de la directiva de Peñarol termina acertando por una vez, pero eso no eclipsará la sensación desagradable que se experimenta al ver el manoseo a tipos como Bengoechea, con lo cual uno infiere que esas cosas no solo ocurren en los clubes de fútbol sino que esas conductas canallescas son moneda corriente entre nosotros. Puedo agregar el dato de que mi amada, simpatizante de Nacional, también se puso triste por lo del Profesor y nos abrazamos un poco para masajear el dolor.
No pude evitar transportarme a los noventa, cuando el entonces jugador riverense se iba haciendo acreedor constante del monumento que con el tiempo le terminaron haciendo, no solo con su trabajo en el cuadro carbonero sino también con sendos goles en finales de la Copa América. Y, a través de ese puente, también tuve acceso a los territorios de mi adolescencia, cuando llevaba yo mismo la tabla de posiciones del Campeonato Uruguayo del 93, a aquel día en que mi padre cortaba el pasto del fondo y yo rastrillaba escuchando la radio el día en que Peñarol empató en la última fecha y salió campeón, a aquella época en que yo todavía no conocía nada de la vida ni del amor, ni menos de las pérdidas. Yo, que profeso una simpatía tenue por Peñarol -más que nada por el de mi niñez y adolescencia- y una adhesión racional a Defensor, leo en estas cosas otras cosas. Me imagino cómo vivirá un niño de estos días todo eso, qué ve, qué entenderá, de qué se acordará, si guardará como yo estos recuerdos de enero, si un día me pondré a conversar con alguien muchos años más joven que yo sobre esto, por qué soy así, por qué me vienen estas melancolías, por qué no sé si lograré disfrutar los pocos días que nos quedan en unas islas remotas del Pacífico que no me dicen nada.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en fútbol uruguayo, narrativa propia, Sem categoria, yo. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Leo las noticias de enero desde un hotel en Filipinas

  1. irina dijo:

    Loco, que bien escribís.

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