Una máquina del tiempo

Una máquina del tiempo
para detener el momento de la búsqueda
lenta como tortuga voladora de la flor carnívora soprano,
para que la lentitud desborde los cauces cotidianos
y haga de los días
enredadera sobre paredes de seda,
para viajar cada tanto al amanecer
que brilló como unas lunas verdísimas
cuyo reloj se sincronizaba con el mío,
para repasar cual apuntes
las prácticas del amor extemporáneo,
los detenimientos, las esperas, la aceleración,
el ritmo de la sangre, el de los corazones,
el de los relámpagos, el de los meses,
para viajar a los futuros infinitos
en que parece que fuera siempre
la primera vez y la última,
para recargar perpetuamente
la máquina de aniquilar el tiempo,
de detenerlo, de reproducirlo, de negarlo,
de afirmarlo, de hacerlo mil pedazos a los gritos,
de reposarlo en brazos, de construir el tiempo
de quien ya vino, de quien ya viene,
para vivir una y otra vez la misma vez
que ya fue tantas veces,
para recordar y reacordar,
para encordar el vino y el juglar,
que no haya tiempo, ni máquinas,
ni relojes, ni horarios, ni nada que no sea
el corazón en las bocas, las bocas
remolinos prehistóricos, galácticos,
las vías lácteas que se ofrendan a la diosa,
el caos anterior a la escritura que la loa,
las letras que nos unen, el baile de los signos,
la constancia, lo ígneo,
el día de hoy, ese sol que le encendemos
a la lluvia que cae con pasión.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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