Canto a Peñarol

 

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El clásico del Tito

*
Tais, Olveira, De los Santos y Lima,
Dorta, Diego Aguirre, Arévalo Ríos,
Bengoechea que la amasa y que la mima,
el Toni que engancha contra el hastío,

Darío Silva, Spencer y Morena,
Ghiggia, Míguez, Gonçálvez, Schiaffino,
Mazurkiewicz que hasta al aire lo frena,
Máspoli que a ganarlo todo vino,

Álvez, Paolo y hasta el Nico Rotundo,
Venancio, el Patito, Andrés Martínez,
Gregorio, que nos llega a lo profundo,

tromba que se cierne sobre la gloria,
todos medios para los mismos fines,
estatuas en la cancha de la Historia.

*

*

Entra el manya a la cancha que se extiende a lo ancho
del país, a los pueblos más lejanos y tranquilos,
al cartón, al edificio, al plátano pelado del invierno
de las calles que se ven de un asfáltico balcón,
gol del manya y es un sismo en un pago
en que no existen terremotos,
se sacuden los gurises, las valquirias pechugonas,
los amargos cincuentones, cejilargos presidentes,
laburantes fogoneros, izquierdistas agremiados,
iletrados, vivos, bobos, pensadores y gritones,
los que apenas saben qué es el fútbol, analistas
exhaustivos del esquema de la vida y de la muerte,
los del mediocampo de la vida, los que yugan
atrás de cada pelota, los delicados con vocación
de sacrificio y de córner en el último minuto,
los goleros gigantescos que apagan los incendios
y encienden contragolpes fulminantes
que escalan por las sierras del domingo
y unifican el ocaso con el gol
que confirma la creencia en las hordas
bienhechoras que regresan con la sangre de la caza
y el vino de la copa y de la calma.

*

*
Tras los años de derrota en blanco y negro,
rastrillaba en el fondo de mi casa el pasto de un domingo
y la radio colgaba de un alambre en el galpón
de Treinta y Tres,
Diego Dorta colocaba el gol que empataba aquel partido
y ganaba el campeonato
que iniciaba la escalada hacia el Quinquenio,
no me acuerdo de gritar sino del sol
y del pasto que verdeaba las plantas de mis pies,
yo estuve años más tarde aquella tarde
que ganamos cuatro a tres,
mantuve la cara de póker
hasta el cuarto de De Lima
que le puso una tapa al bolsilludo,
que tenía un equipo medio flojo
al que mucha falta le habría hecho
una buena transfusión,

me acuerdo de la voz y del olor
de cuando era adolescente
y la primera juventud,

del silencio de mi fondo
y de un tipo en el estadio
que lloraba y me contaba
que su nombre de bautismo
era Walter Peñarol.

*

*

No el que rompe, el que putea
o provoca la violencia,
el que roba, el que mata
o está fuera de la ley,
no el que grita todo el tiempo
y no observa el desarrollo
del partido.
Es de manya de verdad
el silencio en los tiempos de derrota
y de malos presidentes,
aurinegro
es el que pierde, se repone, se organiza,
con estadio o sin estadio,
arma el cuadro de atrás para adelante,
entrena de callado y juega con los dientes
en frenético bruxismo,
el buen hincha carbonero
fogonea en un laburo silencioso,
pega el grito cuando llega a la estación
y renace una vez más
con la cosecha mirasol.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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