Los gatos

Los gatos limpian la energía. Tal afirmación admite interpretaciones variadas, cuestionamientos, extrañezas y perspicacias. Por ejemplo, cabe preguntarse si es posible hacer concordar un verbo tan abnegado con una especie cuya contracción al trabajo es muy cuestionable. Después, por supuesto, uno sondeará la posibilidad de que los felinos dispongan de algún tipo de mecanismo que mejore la distribución de UTE o incida en el campo astral, y allí es donde ponemos en tela de juicio la fiabilidad de quienes emiten asertos como el que da inicio a este texto, ya que generalmente se trata de personas que nunca entendieron nada en las clases de Física y repiten “om buena onda” frente a acontecimientos que las estresan y cuyo origen adjudican siempre a malas vibras ajenas. También es candente la evaluación que se hace del colectivo de personas adoradoras de los gatos, integrado menos por sacerdotes egipcios que por señoras hiptonizadas por los ojos de sus amos. Porque sí, no faltan quienes postulan que, en la relación entre humanos y gatos, son estos últimos los dueños y los primeros las mascotas, los sirvientes, los subordinados que hay que educar.
Entonces creo que lo que presencié ayer fue una escaramuza propia de un período revolucionario. Nunca pienso en los gatos, pero ayer, en cierto momento, todos los temas desembocaban en ellos. En primer lugar, circulaba por redes sociales la versión de que los gatos serían los responsables de la extinción de una multitud de especies ya que, observados con cámaras ocultas, el cincuenta por ciento de ellos demuestra cazar pese a recibir una “buena alimentación”. El texto circuló como reguero de pólvora y la respuesta, en forma de miríadas de gatitos encantadores, no se hizo esperar. En segundo término, un amigo me hizo llegar un recitado en décimas cuyo personaje era un gato de personalidad peligrosamente semejante a la de un miembro viril, y se prodigaba en una serie de hazañas picarescas. Irreflexivamente, más rápido de lo que se comparte el video porno de un famoso, lo mandé a todos mis contactos, como si la vida me fuera en ello. Sé que, por su parte, todo el mundo estaba haciendo lo mismo porque, en lo que restaba de día, no paré de recibir el audio de personas insólitas, como una tía con la que no nos hablamos nunca, una que fue compañera de trabajo hace como seis años, la directora del liceo y el bicicletero de mi antiguo barrio, que por algún motivo tenía mi teléfono. El ambiente estaba instalado cuando, en un tercer momento, una alumna de Portugués puso en el grupo de whatsapp la foto de un gatito para cuyo bautismo pedía sugerencias. Sugerí “Manda-chuva”, que así era la versión brasilera de Don Gato -el Top Cat de los gringos- y, al rato, respondió que ya tenía el asunto resuelto: Nemo. Cuando objeté que era nombre de pescado replicó que le había puesto así porque siempre lo andaba buscando, como sucedía con el famoso capitán de Verne.
Las guerras se pelean en todos los frentes posibles. La conflagración informativa y conceptual parecer ser el nuevo campo a dominar por cualquiera que se disponga a darse a los rigores de la lucha. Antes, en los tiempos de las sagas nórdicas, recuerda Borges, había unas metáforas cristalizadas que aludían a la batalla, como por ejemplo “red de espadas”. Hoy podríamos llamarle “tsunami de datos”, “muro de imágenes” o “avisos Google”. Se me presentó como evidente que los gatos están parapetados en esas trincheras, ubicuos, sutiles.
Por último, y peor, está la situación doméstica que experimentamos con mi mujer. Su gata, bastante veterana, al punto de que está en vísperas de acogerse a los beneficios jubilatorios, siempre había sido un dechado de buenas costumbres a la hora de mear. Era muy disciplinada cuando se trataba de mojar las piedritas correspondientes. No obstante, de un tiempo a esta parte, ha incurrido en la insidiosa costumbre de regar los sillones, un día sí y otro también, lo que provoca graves perjuicios en la integridad de los mismos, además de crispar hasta lo indecible los nervios de mi mujer, situación que no he tardado en anotar como una amenaza a nuestra relación dado que, sabido es, los gatos son un factor determinante en un porcentaje indeterminado de divorcios, según señala un estudio llevado a cabo por etólogos australianos. Mi señora ha llegado ya a la fase del aullido desesperado y tengo varias imágenes de ella con la bicha agarrada del pescuezo mientras le grita que no, que eso no, que ahí no, pasándole el hocico por la tela recién meada del sillón. Le escribí a mi madre para preguntarle, porque es veterinaria, y me dijo que la gata debía estar aburrida, marcando territorio o haciendo reivindicaciones gremiales y solo por último consideró, como hipótesis peregrina, que tuviera trastornos renales o diabetes. Anoche, mientras mirábamos el primer episodio de Breaking Bad, serie en la que un tranquilo profesor de química se vuelve un criminal desatado, empecé a temer lo peor, se cruzaron imágenes desgarradoras por mi imaginación, veía escenas de lucha y de terror, de degradación de la psique, un revoltijo de pelos, ojos, ropa, uñas y distintos grados de evolución de la escala zoológica cayendo descontroladamente cuesta abajo.
Tengo un sueño muy pesado. No obstante, anoche, después de terminar de ver el capítulo de la ficción televisiva, me invadió la sensación de que la gata atravesaba la pared del cuarto y se metía en la cama y cometía una serie de barbaridades propias de una narrativa de terror, como si el gato negro de Poe fuera todos los gatos. Abrí los ojos sobresaltado. No vi nada. No oí. Lo cual es lo que sucede haya o no haya gato, esté el animal vivo o muerto, se trate de un bicho cuántico o de uno contante y sonante.
Mi mujer estaba semidormida cuando salí del cuarto, con los ojos apenas entornados, la boca abriéndose lentamente para decir algo que el sueño no permitió, y la mano un poco extendida, como si quisiera tomarme mientras yo abandonaba la habitación. Cuando pasé por la sala, no vi a la gata.
Unas tres horas más tarde, mandé un mensaje desde el trabajo. Para saludarla, como siempre hago. Como ella demoraba en responder, me fijé si había recibido el whatsapp y comprobé que estaba sin internet y no tenía cómo saber. Mandé entonces un mensaje de texto de los de antes, que también pareció caer en saco roto. Un rato después, no aguanté más y decidí llamar. Voy volviendo a casa. Hace diez horas que no sé nada de mi mujer.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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