Poema de lunes de noche

Borrar de un plumazo
tres o cuatro grandes capitales europeas,
toda la red de aviones, los caminos rurales,
el camino hecho, el camino por hacer,
toda la casa que se iba afirmando,
lo comprado, lo visto, lo reído.

Apagar de la vista
toda la propia vida, amputarle
de súbito el corazón a las cosas,
extirparle la vida a la vida,
creer durante largos períodos
que el corazón del pasado no late
ni latió nunca.

Pensar como la cola
de la lagartija que se creía Borges
en el libro de Agualusa, confinado
claro está a la oscuridad de una caja
de zapatos que hierve al mínimo sol
y se congela en invierno.

Vivir a la intemperie
durante largo tiempo, salir
a pelear cuando un minuto antes
estaba en una plácida siesta,
remar en el desconcierto juntando
los objetos, los recuerdos y unos cubiertos,
asumir que el tsunami se llevó
la casa, el barrio, las calles, los años.

Caer en buena posición,
dar el salto en seguida, empezar
a construir de nuevo, con obsesión,
hacer de la pérdida ganancia
y seguir en carrera todo fracturado,
empezar a hacer goles brillantes,
hablar fluidamente con la prensa,
salir en las fotos sociales,
incluso de mirarlas con una sonrisa,
cometer errores nuevos
y buscar formas de emparcharlos.

Muchas cosas pueden pasar
pero no descartar el mapa de sombras,
de pus, de mierda mental, el tronco
torcido que uno es, el suelo distante
y omnipresente, de pocos nutrientes,
enfermos, la frialdad asumida
como un mecanismo para evitar
la autocombustión, no perder nunca,
y sobre todo en horas difíciles,
los fantasmas, las vacilaciones,
los miedos, las tradiciones que sangran
palpitantes, el silencio odioso,
la ironía con trayectoria de boomerang,
el espíritu de elefante en bazar.

La indisoluble capacidad
de poner las virtudes en la balanza
y que sean plumas livianas volándose,
el espejo que repite de nuevo
lo que ya repitió, la necesidad infinita
de alguna certeza que no sea
lo de siempre, el núcleo duro,
la incomodidad de ser una persona
de difícil o improbable solución,
la espera de la tormenta siguiente,
estar siempre sin defensas, sin ataque,
suspendido, apedreado desde adentro,
un desastre más allá de la fachada
de paja con pies de barro.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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