Poema de diciembre

Es dieciocho de diciembre, después
de largos días llueve sobre el territorio
de Sagitario, sobre el pasto amarillo
de los bulevares, musicaliza las siestas;
Leonard Cohen, cuyo cuerpo murió,
enlentece el ritmo de los truenos,
hace de los relámpagos valses,
ventila los cuerpos de los amantes
como un vientito apenas audible
en lo oscuro, en una desesperación
geológica, fértil, carnes y fauces.

Hemos caminado por riscos y cornisas,
nos tomamos la vida a tragos fuertes
siempre con un fondo de seda fresca,
de plato perfumado y adictivo,
hemos buscado dónde caer muertos,
a paso de tango, con horas de cumbia,
ensayando los dulces de Brasil,
yo intentando pronunciar exactamente
los textos sagrados, vos la guitarra
y la voz, los dos un concierto privado,
un rezo a los gritos de dos dioses.

Hemos pisado piedras con espinas,
archivamos prolijos la sangre derramada,
dos planetas que se orbitan entre sí
siempre buscan la armonía
en su danza de luces y de eclipses,
gestionamos las mareas y los vientos,
cuidamos el jardín de las voces,
caminamos en una red de gente
que titila latiendo y tiende manos,
están los que se apagan y son luz,
todos son caminos que se abren.

Hemos sabido que la calma y la dulzura
producen las tormentas perfectas,
levantamos las paredes, tomamos vino
para festejar el giro del planeta
y el creciente patrimonio de manos,
el matrimonio de la carne y la semilla,
el logro de dejarse mover
y saber que así se lleva la vida,
cuando ella quiere y elige en qué mesa
vamos a homenajearla con manjares
hechos entre nuestras propias manos.

Hemos llegado a otro solsticio
y cada vez nos gusta más
nuestro vals gravitatorio,
liviana trayectoria gigantesca
firme como el mar que vemos tarde,
cielos verdes de campo, lluvias
fértiles, el llanto del león enjaulado,
las peladeras del caballo de carro,
el barroco podrido de las pantallas,
todo lo limpiamos, lo diluimos,
creemos y creamos, nos preguntamos
si se puede y sabemos la respuesta.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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