Qué manera de viajar por Mongolia

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Imagínese.

Qué forma de hacer el amor
en nuestra luna de miel en Mongolia
con vistas a la playa infinita del Gobi,
qué manera de no saber si nos extasiaba
la vista eterna, histórica, o nuestra cadencia
balanceada aprovechando las bondades
de la cama mongola tan apta para el amor,
qué manera de descubrir que en el fin
del mundo, en el epicentro del eximperio,
hay toda una mujer y qué mujer,
qué manera de tocarnos y llenarnos
los sentidos de sentido, el canto
gargantoso del mongol no podía
con nuestra sinfonía de placer,
qué manera de gastar plata en pasajes
para recortarnos sobre el paisaje
como un oasis bebiéndose a sí mismo,
sin prestar atención al vendedor callejero
de reliquias del Gran Khan,
del tiempo budista, de la era soviética,
qué manera de buscar datos
en Wikipedia para inventarle a los parientes
que paseamos en camello por los planaltos
cuando en realidad los picos
eran caricias, orgasmos y declaraciones de amor,
qué manera de mentir cuando contábamos
del frío insoportable de Ulan Bator,
qué manera de ser, más que turistas
o viajeros, extraterrestres
de una raza enamorada.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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