Pinché

Pinché y volví a pinchar.
Normalmente, prefiero no hablar de mi vida personal y suelo hacer flamear la bandera de la discreción. Mi amada acostumbra a decirme que todo lo que publico es personal, incluso mis pensamientos futbolísticos y literarios, y yo que no, que pongo un cerco delante de mi vida privada, pero en este caso estoy contradiciendo mi propio fundamentalismo. Sabido es que proclamar algo suele ser un indicador muy claro de ser o hacer lo contrario, tanto que temo convertirme en un machista recalcitrante si me declaro un marchista feminizante.
La cosa es que pinché y eso me insumió un largo esfuerzo para sacar la cubierta y la cámara, lo cual, ya que estamos, habla de mi torpeza técnica. Pasé un laburo desmedido para desenllantar y, después, se me complicó recolocar los frenos en su posición correcta, así soy de inseguro en cuestiones mecánicas. Pero quedó bien, de manera que hoy pude hacer todos mis viajes normalmente. Como tenía que llegar temprano a casa (por motivos que no voy a revelar), dejé para después mi firme propósito de comprar una cubierta nueva en vista del pésimo estado de la que tenía y una cámara para tener de repuesto. Todo venía bien, las cosas se iban resolviendo una tras otra porque, dadas unas especiales circunstancias que estoy viviendo, día tras día vengo buscando -y encontrando- soluciones a diversos asuntos. Con ese estado de ánimo, resolví ir al supermercado del barrio a comprar un agua mineral para festejar.
Entonces pinché.
De un modo fulminante e inapelable, parejo con el insulto que solté automáticamente, que espero no haya sido muy escuchado, ya que no tengo ganas de que me tilden de heteropatriarcal ni escatológico al pedo.
Instantes después, con la bicicleta de arrastro, me puse a reflexionar sobre cómo las cosas suceden en rachas y cómo unos hechos parecen atraer a otros hechos iguales. Como cuando todas le salen bien a uno, como cuando un tipo parece repeler a toda mujer, como cuando todas parecen interesarse, como cuando se erran todas, como cuando se hacen goles hasta sin querer. Eso debe ser lo de la ley de atracción que suele publicar en internet mucha gente que no necesariamente publica adhesiones a las causas feministas.
Fue así como dos grupos de situaciones se chocaron. Por un lado, la incipiente cadena de desgracias -los pinchazos- y, por otro, la sucesión de soluciones. Dos rachas opuestas coincidían en un mismo ser. Unos contratiempos intentaban oponerse a un irreprimible temporal de soluciones, como cuando el que va a salir campeón empata dos partidos pero, de todos modos, se sabe que va a ganar. El pensamiento me tranquilizó y, al mismo tiempo, me hizo recordar a muchas personas amargadas que se ponen a militar en causas de moda y hacen que estas adquieran un gusto como de fernet con limón entibiado al sol sobre el bitumen.
Por si acaso, y abriendo el paraguas, me declaro machista y digo con todo orgullo que pinché dos veces en tres días.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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