Dios, Bolsonaro, Verónica Alonso y Yo.

 

Al asumir la presidencia de Brasil, Bolsonaro dijo que Dios está “acima de todos” (no de “todes”, claro). Ahora, en Uruguay, circula un video de la senadora Alonso, precandidata del Partido Nacional, en que habla en un acto dentro de una iglesia evangélica. Dice que “Dios tiene un propósito con esta nación”. Acá tengo la pequeña duda sobre si “con” implica que nos acompañaría o simplemente que nos tiene en sus manos como una masa y nos aplica el propósito como si fuera un colorante artificial.

El análisis politológico, en ambos casos, podría centrarse en que los políticos tejen alianzas con agentes de poder e influencia como lo son los dueños de estas instituciones, quienes tienen bajo su control ideológico a sus parroquianos. Sí, es una ideología, y cuando combaten lo que llaman “ideología de género” lo que quieren que prevalezca la suya. Entonces, los políticos, en sus discursos camaleónicos para llegar a los asientos, le dicen a sus oyentes lo que quieren escuchar. Casi apostaría que, si Bolsonaro y Alonso me quisieran convencer a mí, me prometerían una educación en serio, buscar revertir el éxodo hacia las ciudades y favorecer la pequeña empresa, cuidar el ambiente, plantar árboles nativos en las ciudades, hacer “operativos de saturación” de salud pública, educación sexual y cívica donde falta y promover el placer de la lectura hasta lo inenarrable, entre otras cosas. Pero estoy en minoría.

El análisis teológico podría considerar la ubicación de la categoría “Dios” con relación al ser humano. Claramente, en la concepción de estas empresas religiosas de origen brasilero, está por encima, del mismo modo que el dueño del grupo empresarial está por encima del pastor y este, a su vez, en la posición del lobo que cuida del rebaño. Es una estructura de poder piramidal, en la que la mayoría prefiere someterse a los designios de la minoría que, por cierto, puede ser poco transparente en cuanto a sus motivaciones. Como soy un ególatra que no se quiere curar, me resulta más agradable una visión en que “Dios” se encuentra en mi interior -y de cada persona-, motivo por el cual sus intenciones son las mías y no me encuentro sometido al poder de otros. De hecho, esta visión no la inventé yo y puede rastrearse en los dichos de un hombre que dicen que caminaba por Palestina hace unos dos mil años, eso por no mirar en otras tradiciones en que se ha pensado -o sentido- lo mismo. Pero esta visión implica haber tenido tiempo para considerarlo y, además, ser el dueño y responsable de mis decisiones y mis actos, lo cual es trabajoso, contra la “facilidad” de creer que manda alguien de arriba y no hay que hacer sino obedecer.

Conozco la sensación de depender de uno que sabe lo que yo no y la de poder resolver por mí mismo. Por ejemplo, soy capaz de arreglar el taponcito de la cisterna y me siento autónomo y poderoso. Pero, si se trata de un trabajo de albañilería o electricidad, tengo que someterme y esperar a que el tipo se tome su tiempo para venir, o incluso esperar como a la providencia que conteste un mensaje. No sé, tal vez sea más rápido buscar yo mismo cómo hacer la mezcla y prenderle cartucho. Mientras tanto, estoy arrodillado acá esperando.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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