Arcoíris

arcoíris

Hay que seguir a los ojos

El Pampero, a latigazos, me encerraba
entre las tapas de una gramática
de profundo vericueto, la sintaxis
de la subordinación me subordinaba
y hacía pausas para respirar
fuera de los pasadizos estrechos,
fríos, oscuros, de oraciones
que pueden ser sujeto, objeto directo
o término de preposición.

La vida ni siquiera estaba sucediendo
afuera, estaba todo el mundo preso,
todos tras los barrotes polares
de una lluvia acostada,
se sabe que hay quienes pensaban
en cambiar el diseño de la bandera,
sacarle el sol y reformar las franjas
poniendo en su lugar una cruz nórdica,
por el frío, claro está,
y como un símbolo de prosperidad.

Vitor Ramil cantaba de fondo
su estética del frío
e iba bien con el café recalentado,

mis ojos de recluso buscaron,
inconscientes, inconstantes,
un pájaro, una señal, un descanso
en el resquicio de cielo del este
y el sol, ya menguante en su trayecto,
dibujó un arcoíris perfecto,
con un eco tenue,
una banda de luz descompuesta
cuyo inicio se veía desde casa,
nacía del muro de eucaliptus
que está a pocas cuadras,
en una de esas calles con nombres
de piedras preciosas del barrio La Fortuna,

dicen que en la raíz del arcoíris
hay una olla repleta de oro,
y yo para qué la quiero,
para qué ir a buscarla
si con el oro no se puede comprar
el arcoíris.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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