Poema al ejército uruguayo

Visto que el ejército emplea a miles
de personas que han quedado en la orilla
de la educación de los pueblos,
ya que es tanta gente que debemos
rescatar de la nada y las iglesias
evangélicas, considerando
el desastre que ya sabemos
pueden cometer cuando tienen armas
resuelvo que la consigna sea,
en una evolución de la boleadora,
menos ametralladora
y más bordeadora.

Visto que el ejército rescata a miles
con problemas de lectura
y materias sin aprobar,
considerando el tiempo dedicado
a vestir un uniforme, que si quieren
puede seguir siendo verde
para las tareas de corte de pasto,
la institución castrense debiera
convertirse en un centro educativo
rentado, laico y obligatorio,
matemáticas, biología y psicología,
teoría de la inundación y las alertas
meteorológicas, tai chi y meditación,
yoga y producción de yogur.

Teniendo presente la escasa distribución
de la narrativa y poesía nacional,
no sería mala idea la lectura,
por disciplina, de los más diversos
autores, internacionales también,
sí, acá viene otra consigna,
menos ametralladoras y más
aletralladoras,
acúsenme si quieren de querer
hacer negocio y venderle
mis libros al Estado y volverme
popular entre los desposeídos
pero, ¿acaso no presionan al sistema
las cámaras de comercio y de industria,
los exportadores, los gremios
de los trabajadores y diversos colectivos?

Imaginen conmigo, entren a mi sueño,
un país con el pasto corto en todos los barrios,
gente vestida de verde que de pronto
descuida sus tareas jardineras
para cumplir con la disciplina
de haber leído un libro por semana,
a elección, y después contárselo a los jefes,
que son docentes, escritores, gente del arte
y la filosofía, de las ciencias y la ingeniería,
síganme el razonamiento y acepten,
aunque sea durante el tiempo que dura
este poema, que la seguridad nacional
puede lograrse mejor con gente
que se deja llevar, sin botas ni gritos,
por los territorios inseguros de la metáfora,
seguros de encontrarse a sí mismos
en la cachimba de Serafín, en las décimas
de Wenceslao, en Idea, en Ida,
y en sus propias voces que tanto callan
las columnas verticales que ordenan
para defenderse quién sabe de qué
y atacar, en los ratos libres,
a lo desconocido.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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