Poema malo

Para escribir un poema malo
hace falta una idea, una sola,
un convencimiento moral, un dios,
un voluntarismo de autoayuda,
un solo hemisferio, qué importa
si es el sur o el norte, pero uno solo,
una piedra deforme y tiránica
un ego y solo uno, una creencia,
un soliloquio autoritario, la torpeza
infinita del apuro, el espejo
cegado por el relámpago narciso
de la mirada sin amor.

Para escribir un poema malo
no hacen falta personas de verdad,
con estereotipos y deberseres
es más que suficiente
para urdir un vacío sin ritmo,
la pose presuntuosa y convencida
del dueño de la pluma
que decide cuando es hora de volar
y piensa que vuela cuando
solo se pinta las alas de colores
y le cambia el sentido al aire,
lo reduce a moléculas o a lienzo
y le quita las volutas del azar.

Para escribir un poema malo
hace falta una mano sola,
una contractura ubicada
en un lugar común y no bailar
al son del manar de las palabras,
hace falta forzar el sentido
a favor de mi propio discurso oficial,
mi versión de los hechos,
una selección de noticias
escritas lentamente, comprobando
a cada paso el artificio
y gozando su estructura conceptual,
su pretensión bienal moderna.

Para escribir un poema malo
hace falta una sordera empecinada,
un aplaudirse a uno mismo
pero sin escucharse, sin bailar
el vals del dolor de todo el cuerpo,
sin seguir el paso sin lustrar
del instrumento de sangre,
del gusto del vino y de la carne,
se precisa, indudablemente,
separar las ideas del gusto
del plato con hambre, del abrazo,
de la angustia verdadera
porque se quiere y no se puede.

Para escribir un poema malo
hay que sentirse escritor, o poeta,
hay que ver cuál designación
está mas cerca de la vanidad,
es necesario pensar en efectos,
en inventar un lenguaje,
en rezarse a uno mismo
sin pedir perdón ni dar las gracias,
un poema malo no tiene preguntas,
ni vacíos, ni hojas sin barrer,
no es más que un reglamento
mal redactado por un gobierno
que resuelve cerrar los hospitales
en tiempos de pandemia.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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