La noche de 12 años. La vi y

noche doce años

Acá se ve poca sombra.

Vi “La noche de 12 años”, película por la cual el director uruguayo Brechner ganó un premio Goya al mejor guion adaptado.
Me pareció bien la recreación de época y la fotografía me parece que está bien. En la banda sonora, se oye la preciosa voz de Silvia Pérez Cruz, catalana, haciendo goles de otro partido, es decir, no sé qué hace ahí, como cuando se oye “Siga el baile” en una escena de violencia colectiva. Sobre la violencia, debe anotarse que se muestra el maltrato que sufren los personajes, pero sin que me lograra generar la sensación opresiva y realmente torturante que se tenía en la casi homónima película “Doce años de esclavitud”. Hay una escena de tiroteo, cuando el ejército toma por asalto la casa donde se ocultaban unos tupamaros, en la que hay un baño de sangre que encontré excesivo y exagerado. No sé, tal vez haya ocurrido así, pero le falta impacto psicológico.
Los personajes están dotados de cierta aureola heroica, cosa con la que tenderán a concordar los partidarios el emepepismo y con la que otros tenderán a discrepar. Tampoco le íbamos a pedir la verdad a una película basada en el texto escrito por Fernández Huidobro, uno de los implicados.
Algunas actuaciones tienden a lo correcto, otras no. Aparece César Troncoso haciendo de milico netamente malo, sin matices. También aparecen, previsiblemente, algunos uniformados que muestran rasgos de humanidad. El actor que hace de Mujica tal vez sea el más convincente. A Rosencof lo interpreta Chino Darín, en una interpretación que recuerda mucho a Chino, no a Darín. Y el que encarna a Fernández Huidobro es simpático, por lo cual lo considero enteramente fallido. Parto de la base que habrán querido representar, como se hace generalmente en las películas basadas en personajes reales, cómo eran esas personas.
La trama, salvo algún flashback, es lineal y se limita a retratar el encarcelamiento en condiciones inaceptables pero, al menos a mí, no me logró transmitir la idea de opresión o encierro, capaz que porque sabía que los tipos iban a salir. Hay alguna escena con cierta gracia, cuando Mujica pide la pelela y, para hacerlo, acusa a los gritos a uno de engañar a la mujer cuando los verdes estaban en pleno acto patriótico en el cuartel en que estaban presos.
En el final, se apela a la emocióncuando salen y los esperan las familias, que un poco los saludan como a héroes. Y sí, es emotivo ver a alguien salir de la cárcel.
Para mí, la medida de que una película fue buena es que después me quedo haciendo otras lecturas, interpretando escenas, pensando en por qué se muestra tal o cual cosa, con un goce que llega a ser físico. En este caso, me pregunto por qué la hicieron, para qué la hicieron y hasta en quién puso la plata. Y me generó la necesidad de ver la biografía autorizada de Juan Sartori.

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Décimas de un ceibo blanco

flores de ceibo

Él, sobre el cartel.

De allá del Cebollatí
me trajeron un ceibito
que era una muda, chiquito,
que traía en el pedigrí
la blancura del jazmín,
viví un tiempo acampado
y, mientras, lo tuve cuidado
en una maceta escasa
a la espera de una casa
en que por fin ser plantado.

A falta de numeración
le puse nombre a la casa,
“Ceibo blanco” por su causa,
un cartel hace mención
a que en tal ubicación
se abre paso un ejemplar
de color particular,
la variedad “leucochlora”
de un mojón de nuestra flora
totémico y tutelar.

Me gustaba la rareza
de la flor particular
y me dediqué a regar
con constancia y sin pereza,
como quien a un dios le reza
a la muda transplantada
y, en solo una temporada,
tras los meses invernales,
a fuerza de temporales
se vino como trompada.

Y así como echaba ramas
mostró también la evidencia
de su pronta inflorescencia,
cortejé como a una dama
a la lentitud del drama
de que explotaran las flores
más blancas que unos doctores
o palomas de la paz,
arañaba el cielo un haz
de puños prometedores.

Con el correr de los días
fui viendo que, antojadizos,
algunos tonos rojizos
de a poco le amanecían
y observaba día a día
que lo blanco no era tanto
y me acerqué al desencanto,
más blanco sería el cartel
que las flores que en tropel
prometían otro canto.

Unas voces jardineras
me dijeron que agarrara
una pala y lo arrancara,
yo de ninguna manera
pude aceptar tal fulera
discriminación racial
tan despiadada y brutal,
yo dije “el ceibo se queda
a custodiar la vereda
con su identidad floral.”

Observando los ramitos,
no refulgen tan bermejos
y un tono blanco de lejos
dice claro que el ceibito
no es de ese rojo a los gritos
que se ve en cada bañado,
el mío es un ceibo rosado
diverso y opositor,
ahí radica su valor
orejano y bien plantado.

En el frente de mi casa
un ceibo blanco he plantado,
con tintes de colorado,
lo ve la gente que pasa.
Él con ninguno se casa
y tiene su propia lista,
de los polos equidista
con su firmeza espinosa,
mucho más que cualquier rosa,
polentudo equilibrista.

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Protagonicé bochornosos momentos.

Alguien le dio mi teléfono a la producción de este programa del Canal Once. Es posible que haya tenido algún momento aceptable, sobre todo cuando cité a Company. En lo tocante al resto de lo que dije, fui un comentarista golondrina del verano puntaesteño.

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El zambullidor y Viralata, un norte.

uruguay

Los dos muestran cierto norte

“El zambullidor”, de Luis Do Santos, es un muy lindo libro. El protagonista es un niño de la orilla del río cercado por la muerte y los golpes. Recuerda, en su poética dolorosa, precisa y sensible, a la escritura de José Mauro de Vasconcellos. La historia está ambientada en el norte del que proviene el autor (oriundo de Calpica, Artigas, y residente en Salto). Ahogados, perros, una víbora, entusiasmos, pérdidas, y el río que todo lo trae y lo lleva.
No pude evitar asociar esta historia con la que se puede leer en “Viralata” de Fabián Severo, artiguense también, en la que también el relato gira en torno a un niño -álter ego del autor- riquísimo en carencias. También hay una apuesta poética en Severo, en su caso, además de la mirada, en la elección de que la prosa discurra en una recreación literaria de la variedad lingüística de contacto, el “portuñol”, con lo que logra una estética muy identificable.
En ambos casos, la mirada recae en la percepción infantil, en la formación de sendos varones a quienes persiguen las carencias, el abandono y la violencia. Así como Serafín J. García denunciaba las injusticias sociales en el campo y Morosoli retrataba su mundo, estos autores norteños están coincidiendo en mostrar un rasgo que pulsa en la vida de su tierra, que con seguridad se extiende más allá de su norte. Entonces, además de disfrutar del placer literario que proporcionan estos textos, la lectura de estos libros puede representar un insumo para entender algunas de nuestras zonas más oscuras. El hecho de que sean obras literarias supone un grado de decantación y reflexión que cala mucho más hondo que chisporroteo de imágenes de las redes sociales. Los dos muestran que la literatura es necesaria.

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Dios, Bolsonaro, Verónica Alonso y Yo.

 

Al asumir la presidencia de Brasil, Bolsonaro dijo que Dios está “acima de todos” (no de “todes”, claro). Ahora, en Uruguay, circula un video de la senadora Alonso, precandidata del Partido Nacional, en que habla en un acto dentro de una iglesia evangélica. Dice que “Dios tiene un propósito con esta nación”. Acá tengo la pequeña duda sobre si “con” implica que nos acompañaría o simplemente que nos tiene en sus manos como una masa y nos aplica el propósito como si fuera un colorante artificial.

El análisis politológico, en ambos casos, podría centrarse en que los políticos tejen alianzas con agentes de poder e influencia como lo son los dueños de estas instituciones, quienes tienen bajo su control ideológico a sus parroquianos. Sí, es una ideología, y cuando combaten lo que llaman “ideología de género” lo que quieren que prevalezca la suya. Entonces, los políticos, en sus discursos camaleónicos para llegar a los asientos, le dicen a sus oyentes lo que quieren escuchar. Casi apostaría que, si Bolsonaro y Alonso me quisieran convencer a mí, me prometerían una educación en serio, buscar revertir el éxodo hacia las ciudades y favorecer la pequeña empresa, cuidar el ambiente, plantar árboles nativos en las ciudades, hacer “operativos de saturación” de salud pública, educación sexual y cívica donde falta y promover el placer de la lectura hasta lo inenarrable, entre otras cosas. Pero estoy en minoría.

El análisis teológico podría considerar la ubicación de la categoría “Dios” con relación al ser humano. Claramente, en la concepción de estas empresas religiosas de origen brasilero, está por encima, del mismo modo que el dueño del grupo empresarial está por encima del pastor y este, a su vez, en la posición del lobo que cuida del rebaño. Es una estructura de poder piramidal, en la que la mayoría prefiere someterse a los designios de la minoría que, por cierto, puede ser poco transparente en cuanto a sus motivaciones. Como soy un ególatra que no se quiere curar, me resulta más agradable una visión en que “Dios” se encuentra en mi interior -y de cada persona-, motivo por el cual sus intenciones son las mías y no me encuentro sometido al poder de otros. De hecho, esta visión no la inventé yo y puede rastrearse en los dichos de un hombre que dicen que caminaba por Palestina hace unos dos mil años, eso por no mirar en otras tradiciones en que se ha pensado -o sentido- lo mismo. Pero esta visión implica haber tenido tiempo para considerarlo y, además, ser el dueño y responsable de mis decisiones y mis actos, lo cual es trabajoso, contra la “facilidad” de creer que manda alguien de arriba y no hay que hacer sino obedecer.

Conozco la sensación de depender de uno que sabe lo que yo no y la de poder resolver por mí mismo. Por ejemplo, soy capaz de arreglar el taponcito de la cisterna y me siento autónomo y poderoso. Pero, si se trata de un trabajo de albañilería o electricidad, tengo que someterme y esperar a que el tipo se tome su tiempo para venir, o incluso esperar como a la providencia que conteste un mensaje. No sé, tal vez sea más rápido buscar yo mismo cómo hacer la mezcla y prenderle cartucho. Mientras tanto, estoy arrodillado acá esperando.

 

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Décimas de Bolsonaro que asume

Brazilian presidential candidate Jair Bolsonaro reacts after being stabbed during a rally in Juiz de Fora

Acá lo ve a Bolsonaro en un momento elocuente.

El año empieza en Brasil
con el nuevo presidente
que votó en masa la gente,
hombre ajeno a lo sutil,
caminante en el pretil
del camino democrático
que a muchos cae antipático
por homofóbico, machista,
notorio militarista
y, sin dudas, sintomático

del ser de los brasileros
que, no como en estos lares,
valoran los militares,
carecen de nuestros peros
y no les parecen tan fieros,
el brasilero simpático
no es que sea democrático,
prefiere a los hombres fuertes
-incluso si venden muerte-
con atavismos monárquicos.

Quien mandaba en los sondeos
era Lula, que fue preso,
cuando quedó firme eso,
definitivamente reo
el panorama fue feo
para un PT desgastado
y vastamente acusado
de corruptelas enormes,
y en esa escena deforme
el más radicalizado

que promete mano dura,
terminar la corrupción
y hasta armar a la nación,
amante de la dictadura,
puso su candidatura
como un golpe en el tablero,
grito testosteronero
de evangelio anticorrupto,
en un concierto de eructos
limitados y fuleros

y, tras ser apuñalado,
-fuerza le dio tal embate-
y faltar a los debates,
fue con mucho el más votado
el capitán retirado
que fuera paracaidista
y que, muy oportunista,
ahora es rey tupiniquim
y tendrá Itamaraty
un nuevo nombre en su lista.

Debemos tener presente
que en muchos genera ilusión
e incluso en nuestra nación
se ve en este presidente
el grito de mucha gente,
tendríamos que en política
transitar más la autocrítica,
-lo digo casi en un ruego-
dejar de jugar con fuego
con esa moral raquítica

que alimenta intolerancias,
nos conviene razonar
y evitar clasificar,
llenos de pura ignorancia
y furibunda jactancia,
como fachos, como focas
a los otros que se enfocan
en otra parte del cuento,
hay que ser menos sangrientos
e irse menos de boca.

 

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Recuento de 2018

Tendría que haberlo previsto pero, por supuesto, no lo hice. En mi tiempo de escolar, iba a clases de inglés y, un día que hubo una merienda compartida, quedó un envase de refresco y se despertó la controversia entre una compañera y yo. Ambos asegurábamos ser propietarios de la botella de vidrio. Yo, por supuesto, estaba seguro de que era mía. Entonces, la profesora decidió dirimir el conflicto mediante un sorteo: escribió un número del uno al veinte en un papelito y mi compañera y yo teníamos que intentar acertar. El primero en intentarlo fui yo. Dieciocho, dije, y era. Desde entonces el número aparece por todos lados en mi vida, tal vez como eco del asombro que me provocó embocarle de primera a las dos cifras anotadas por la profesora. Entonces, tendría que haber calculado que el año iba a venir cargadito.
En lo personal, por supuesto, no quedó más remedio que profundizar varios aprendizajes que me tocan, muchos de ellos sobre la topografía de mi cara oculta, que mantendré debidamente velados porque de repente me resultan útiles para achacárselos a algún personaje en algún momento.
En lo laboral, pasando raya, pienso en mis alumnos, con algunos de los cuales intercambiamos alegrías mientras que con otros nos complicamos mutuamente, y seguramente todos habremos aprendido algo, habremos constatado lo que podemos hacer y nos habremos dado cuenta de lo que todavía no sabemos resolver. Este año, justo este, uno de los lugares donde trabajo cumplió veinte años de existencia, el otro quince (estoy ahí desde que empezó), con sus respectivos festejos, lo que me hizo elegir la discreción a la hora de conmemorar que yo mismo llegaba a los cuarenta. Particularmente, destaco que tuve la oportunidad de trabajar por primera vez en un Instituto de Formación Docente, cosa que disfruté mucho y creo que el grupo de estudiantes que me tocó en suerte no lo sufrió demasiado. Y, como uno no trabaja solo, he seguido aprendiendo con mis compañeros, con los que respeto y valoro y con los que me reafirman en algunas convicciones.
He seguido estudiando. Estoy haciendo un curso de posgrado en Gramática y ha sido un proceso muy fértil. Además de lo que indudablemente he aprendido de la disciplina, he tenido que dedicar mucho tiempo a estudiar, a producir trabajos, y a pensar, a desintoxicarme de lo cotidiano, aprendizaje que he tratado de volcar lo que aprendo a mi trabajo diario, que estimo puede haber mejorado. También, por supuesto, he tenido la fortuna de encontrarme con otra gente, desde los docentes, de gran nivel, hasta los compañeros, gente macanuda e interesante que permite imaginar que hay aire en el futuro.
Podría citar como una actividad laboral, aunque fronteriza con el estudio y la literatura, el hecho de que este año escribí varias notas que fueron publicadas en la diaria, en la que figuro con la etiqueta de “periodista”, profesión que no tengo, oficio que debí improvisar, espero que no demasiado indignamente.
En cuanto a mis movimientos en el tablero de la literatura, en la primera mitad del año terminé algo: la escritura del Diccionario de Poemas, un proyecto de más de dos años de duración que consistía en escribir poemas para definir palabras, como si fuera un diccionario, de la A a la Z, algunos de los cuales se publicaban mensualmente en la revista Lento. Desde que terminé, allá por junio, no he escrito ni un solo poema, tal vez a causa del agotamiento que puede haber generado producir alrededor de 60000 palabras de ellos durante un período tan extenso e intenso. Mi actividad en la poesía se vio recompensada por la invitación que me llegó desde Salto para participar en el Festival Naranja en Llamas, una experiencia que no podré agradecer de modo suficiente, por lo que disfrutamos por el destacable impulso de la gente que lo organiza. Hubo algún otro movimiento en cuanto a los poemas que he escrito, todavía a nivel subterráneo, pero es algo que me da ilusión por las características del proyecto y por la gente involucrada.
Por fin, el año estalló exageradamente ahora hace unos días, cuando me comunicaron que había ganado el Premio Lussich, organizado por la Intendencia de Maldonado, esta vez de narrativa, con un conjunto de cuentos cuyo título es “Educación”. En este caso, más allá de la alegría por lo que significa lograr un reconocimiento al trabajo y un estímulo para seguir haciéndolo, me produjeron un gran efecto los comentarios afectuosos que recibí de personas a quienes conozco, que aprovecharon para decir y decirme cosas que me dieron todavía más felicidad que el premio literario en sí mismo. Y esto es una constante en todas las cosas que mencioné anteriormente: la gente con la que nos vamos conociendo, el goce de hacer lo que a uno le gusta y las repercusiones felices que eso causa.
Este año, para las estadísticas, puedo decir que bajé la barrera de los 48 minutos en los diez kilómetros, aunque la rodilla me empezó a molestar de un tiempo a esta parte, cosa que sé transitoria. Podría agregar que incorporé dos o tres ideas a mi repertorio de cocina sencilla que quedaron bastante bien. En lo espiritual, empecé el año viendo tocar a Yamandu Costa en Medio y Medio y al 2019 lo voy a ir arrancando con Lenine, así que hay buenos pronósticos.
Mirando más allá de mí, el 2018 fue un año movidito a nivel político. En Brasil pasó de todo y es por eso que van a arrancar el año con la asunción de un presidente extremadamente polémico, pero me ha dado por tener una visión china, largoplacista, de los procesos políticos y sociales, por lo que estimo que Bolsonaro es una manifestación más de lo que puede dar ese país -donde hace poco murió el amigo escritor Aldyr Schlee-, no más que unos minutos de la historia más larga de un país imperial, injusto y desordenado pero que no puedo dejar de mirar casi como si fuera el mío. Por cierto, el año que viene en Uruguay tenemos elecciones y, por lo que se ve, se avecina un período en el que la gente puede llegar a mostrar de las peores maneras la intolerancia porque, me parece, estamos siempre tan convencidos de que tenemos razón que no vemos mejor opción que calificar como “foca” o “facho” al que se percibe en la vereda opuesta, no sé si el problema serán las palabras de dos sílabas empezadas con “f”. Pero el barco es el mismo, así que las ratas deberíamos organizarnos, más allá de quién cobre el sueldo de capitán. La crispación y la violencia han estado atravesándonos todo el año, hay que verlo y pensar por qué, a ver si podemos mejorarlo. Nuestra sociedad sigue matando mujeres, sigue abusando de quienes no pueden defenderse, aumentan las formas violentas y fatales de vincularse. ¿Por qué? ¿Cómo podemos aprender de lo que pasa para no estar aniquilándonos entre nosotros? ¿Cómo podemos darnos cuenta de que lo que destacamos en nuestra exitosa selección de fútbol, jugar en equipo, tener los mismos objetivos, es lo que nos puede hacer rendir mejor como sociedad?
Solo conté algunas de las cosas que me tocaron de cerca y me debo estar olvidando de varias. Felizmente, hay gente importante que siempre está, a quien no sé si consigo retribuirle su afecto, así que tendré que trabajar en eso en lo que sigue. Queda mucho por hacer en todos los ámbitos. Y hay algo que voy viendo con más claridad: tienen bastante chance de salir bien las actividades que hacemos con gusto -pasión incluso- y a las que nos dedicamos con constancia y responsabilidad. Pueden salir bien para uno y para los demás. En 2019, no hay que olvidarse, se viene la Quinta Fiesta de la Carretilla en Aiguá, prevista para noviembre.

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