Mi voto de 2019

Siempre he tenido mucho interés en la política y he pensado mucho mi voto, hasta el punto de que, la vez que voté anulado, hice un collage con los candidatos de varios partidos que habría votado si hubieran estado en la misma lista. Estoy muy al tanto de las internas y tengo pensado, para las votaciones que vienen, ir a votar a la interna de cualquier partido, aunque después no piense votar a ese partido ni en octubre ni en el balotaje.
Veamos combinaciones, sin que el orden tenga relación con mis prioridades: a) ir a la interna del Partido Colorado, votar en las nacionales por el Partido Nacional y en el balotaje por el Frente Amplio; b) interna del PN, nacionales al FA, balotaje al segundo, que podría ser el PC; c) interna del FA, nacionales al FA, balotaje al segundo, sea PN o PC; d) interna de uno de los tres partidos tradicionales, nacionales al Partido Independiente, balotaje veo quién miente menos; e) interna del PERI, para inflar los números de Vega, nacionales al PI, balotaje al PI. Seguramente haya más combinaciones, que los amables lectores tendrán a bien hacerme ver.
Mi idea, mi utopía, es que, en vez que ganen los peores, a las internas las ganen los mejores (para mí, está claro) y haya una contienda electoral con ideas, debates y propuestas más o menos inteligentes en las nacionales, que dé como resultado la integración de un parlamento fuerte, que es algo que me está interesando más que el Poder Ejecutivo. Es como una especie de fantasía electoral. Me da curiosidad cuáles son las retorcidas cavilaciones de quienes leen estas confesiones.
Todo esto viene a cuento de que hoy cumplí, con entusiasmo cívico, con algo que, lo supe mientras lo hacía, es un deber cívico: contesté una encuesta telefónica. Lo que uno dice es importante porque después sale en los medios y se puede influir. Así que de pronto le mentí un poco para manipular los resultados. Las preguntas que me hizo la funcionaria me hicieron reafirmarme, relamerme incluso, en mis ganas de ejercer la obligación de votar de un modo estratégico, divertido incluso. Pero no irresponsable, que de eso ya ha habido bastante. Sobre el final del cuestionario, vino una andanada de indagaciones acerca de mis opiniones acerca de la instalación de UPM y otros emprendimientos similares. Como no sé nada del asunto, opiné de modo seguro y tajante. No a todo. El Río Negro me parece muy importante y con esto de las cianobacterias ando sensibilizado.
La verdad es que, durante los aproximadamente diez minutos que duró la encuesta, me sentí escuchado y contenido, considerado como ciudadano y en un clima de confianza que me generaba la voz amable de la profesional de las ciencias sociales, casi como en una instancia terapéutica en la cual podía contar lo más íntimo y profundo. Me llamó la atención que no me preguntara de cierto tema que yo estimo muy importante y, como me sentía en un ambiente seguro, después de que terminó el cuestionario, le dije “sabés qué, me gustaría agregar algo”, y estuve como veinte minutos explicándole todo lo que pienso de la situación de Venezuela.

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Décimas de cómo perdí mis principios en Montevideo

Hoy perdí mi dignidad
en una tienda de adentro
del templo de Nuevo Centro,
les contaré la verdad,
que es vergonzosa a esta edad,
hablaré de lo que es
para mí primera vez,
aunque no es aparatosa
el problema es que la cosa
me provocó mucho estrés.

Me vine a la capital
pensando que eran dos días
y, hete aquí, no lo sabía,
soy medio bobo mental,
que la cuenta no era tal
sino una semana entera,
¿entonces de qué manera
ir rotando las camisas
cuando no corre ni brisa
y la calor ta fulera?

Supe encontrar una oferta
de camisas a cuadritos
que me pegaron el grito
y, yo como andaba alerta,
largué, de manos abiertas,
la plata correspondiente
y me retiré sonriente
de un comercio de Tres Cruces
pero no me dan las luces
y algo me quedó pendiente.

Es bravo con el mormazo
tener solo un calzoncillo,
el aroma deja trillo,
uno se siente suciazo
cuando el recurso es escaso.
Pero es mi tradición
que nunca en esta nación
había comprado unos lienzos,
me emociono si lo pienso,
y me vi en un callejón.

Era mi ropa interior
toda comprada en Brasil,
en Yaguarón o en el Chuy,
soporté cualquier calor
sin chistar, como un señor,
para ir a la frontera
a comprar esos que eran
mis algodones más íntimos,
para mí no es nada ínfimo,
los porto como bandera.

Hoy entregué mis valores
en una tienda fifí
cuyo título es “Sisí”
cuando, entre grandes dolores,
me enfrenté a los sinsabores
de comprar tres calzoncillos,
debo decir que sencillos,
discretos y hasta elegantes,
(sin una trompa adelante)
y me he apartado del trillo.

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La noche de 12 años. La vi y

noche doce años

Acá se ve poca sombra.

Vi “La noche de 12 años”, película por la cual el director uruguayo Brechner ganó un premio Goya al mejor guion adaptado.
Me pareció bien la recreación de época y la fotografía me parece que está bien. En la banda sonora, se oye la preciosa voz de Silvia Pérez Cruz, catalana, haciendo goles de otro partido, es decir, no sé qué hace ahí, como cuando se oye “Siga el baile” en una escena de violencia colectiva. Sobre la violencia, debe anotarse que se muestra el maltrato que sufren los personajes, pero sin que me lograra generar la sensación opresiva y realmente torturante que se tenía en la casi homónima película “Doce años de esclavitud”. Hay una escena de tiroteo, cuando el ejército toma por asalto la casa donde se ocultaban unos tupamaros, en la que hay un baño de sangre que encontré excesivo y exagerado. No sé, tal vez haya ocurrido así, pero le falta impacto psicológico.
Los personajes están dotados de cierta aureola heroica, cosa con la que tenderán a concordar los partidarios el emepepismo y con la que otros tenderán a discrepar. Tampoco le íbamos a pedir la verdad a una película basada en el texto escrito por Fernández Huidobro, uno de los implicados.
Algunas actuaciones tienden a lo correcto, otras no. Aparece César Troncoso haciendo de milico netamente malo, sin matices. También aparecen, previsiblemente, algunos uniformados que muestran rasgos de humanidad. El actor que hace de Mujica tal vez sea el más convincente. A Rosencof lo interpreta Chino Darín, en una interpretación que recuerda mucho a Chino, no a Darín. Y el que encarna a Fernández Huidobro es simpático, por lo cual lo considero enteramente fallido. Parto de la base que habrán querido representar, como se hace generalmente en las películas basadas en personajes reales, cómo eran esas personas.
La trama, salvo algún flashback, es lineal y se limita a retratar el encarcelamiento en condiciones inaceptables pero, al menos a mí, no me logró transmitir la idea de opresión o encierro, capaz que porque sabía que los tipos iban a salir. Hay alguna escena con cierta gracia, cuando Mujica pide la pelela y, para hacerlo, acusa a los gritos a uno de engañar a la mujer cuando los verdes estaban en pleno acto patriótico en el cuartel en que estaban presos.
En el final, se apela a la emocióncuando salen y los esperan las familias, que un poco los saludan como a héroes. Y sí, es emotivo ver a alguien salir de la cárcel.
Para mí, la medida de que una película fue buena es que después me quedo haciendo otras lecturas, interpretando escenas, pensando en por qué se muestra tal o cual cosa, con un goce que llega a ser físico. En este caso, me pregunto por qué la hicieron, para qué la hicieron y hasta en quién puso la plata. Y me generó la necesidad de ver la biografía autorizada de Juan Sartori.

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Décimas de un ceibo blanco

flores de ceibo

Él, sobre el cartel.

De allá del Cebollatí
me trajeron un ceibito
que era una muda, chiquito,
que traía en el pedigrí
la blancura del jazmín,
viví un tiempo acampado
y, mientras, lo tuve cuidado
en una maceta escasa
a la espera de una casa
en que por fin ser plantado.

A falta de numeración
le puse nombre a la casa,
“Ceibo blanco” por su causa,
un cartel hace mención
a que en tal ubicación
se abre paso un ejemplar
de color particular,
la variedad “leucochlora”
de un mojón de nuestra flora
totémico y tutelar.

Me gustaba la rareza
de la flor particular
y me dediqué a regar
con constancia y sin pereza,
como quien a un dios le reza
a la muda transplantada
y, en solo una temporada,
tras los meses invernales,
a fuerza de temporales
se vino como trompada.

Y así como echaba ramas
mostró también la evidencia
de su pronta inflorescencia,
cortejé como a una dama
a la lentitud del drama
de que explotaran las flores
más blancas que unos doctores
o palomas de la paz,
arañaba el cielo un haz
de puños prometedores.

Con el correr de los días
fui viendo que, antojadizos,
algunos tonos rojizos
de a poco le amanecían
y observaba día a día
que lo blanco no era tanto
y me acerqué al desencanto,
más blanco sería el cartel
que las flores que en tropel
prometían otro canto.

Unas voces jardineras
me dijeron que agarrara
una pala y lo arrancara,
yo de ninguna manera
pude aceptar tal fulera
discriminación racial
tan despiadada y brutal,
yo dije “el ceibo se queda
a custodiar la vereda
con su identidad floral.”

Observando los ramitos,
no refulgen tan bermejos
y un tono blanco de lejos
dice claro que el ceibito
no es de ese rojo a los gritos
que se ve en cada bañado,
el mío es un ceibo rosado
diverso y opositor,
ahí radica su valor
orejano y bien plantado.

En el frente de mi casa
un ceibo blanco he plantado,
con tintes de colorado,
lo ve la gente que pasa.
Él con ninguno se casa
y tiene su propia lista,
de los polos equidista
con su firmeza espinosa,
mucho más que cualquier rosa,
polentudo equilibrista.

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Protagonicé bochornosos momentos.

Alguien le dio mi teléfono a la producción de este programa del Canal Once. Es posible que haya tenido algún momento aceptable, sobre todo cuando cité a Company. En lo tocante al resto de lo que dije, fui un comentarista golondrina del verano puntaesteño.

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El zambullidor y Viralata, un norte.

uruguay

Los dos muestran cierto norte

“El zambullidor”, de Luis Do Santos, es un muy lindo libro. El protagonista es un niño de la orilla del río cercado por la muerte y los golpes. Recuerda, en su poética dolorosa, precisa y sensible, a la escritura de José Mauro de Vasconcellos. La historia está ambientada en el norte del que proviene el autor (oriundo de Calpica, Artigas, y residente en Salto). Ahogados, perros, una víbora, entusiasmos, pérdidas, y el río que todo lo trae y lo lleva.
No pude evitar asociar esta historia con la que se puede leer en “Viralata” de Fabián Severo, artiguense también, en la que también el relato gira en torno a un niño -álter ego del autor- riquísimo en carencias. También hay una apuesta poética en Severo, en su caso, además de la mirada, en la elección de que la prosa discurra en una recreación literaria de la variedad lingüística de contacto, el “portuñol”, con lo que logra una estética muy identificable.
En ambos casos, la mirada recae en la percepción infantil, en la formación de sendos varones a quienes persiguen las carencias, el abandono y la violencia. Así como Serafín J. García denunciaba las injusticias sociales en el campo y Morosoli retrataba su mundo, estos autores norteños están coincidiendo en mostrar un rasgo que pulsa en la vida de su tierra, que con seguridad se extiende más allá de su norte. Entonces, además de disfrutar del placer literario que proporcionan estos textos, la lectura de estos libros puede representar un insumo para entender algunas de nuestras zonas más oscuras. El hecho de que sean obras literarias supone un grado de decantación y reflexión que cala mucho más hondo que chisporroteo de imágenes de las redes sociales. Los dos muestran que la literatura es necesaria.

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Dios, Bolsonaro, Verónica Alonso y Yo.

 

Al asumir la presidencia de Brasil, Bolsonaro dijo que Dios está “acima de todos” (no de “todes”, claro). Ahora, en Uruguay, circula un video de la senadora Alonso, precandidata del Partido Nacional, en que habla en un acto dentro de una iglesia evangélica. Dice que “Dios tiene un propósito con esta nación”. Acá tengo la pequeña duda sobre si “con” implica que nos acompañaría o simplemente que nos tiene en sus manos como una masa y nos aplica el propósito como si fuera un colorante artificial.

El análisis politológico, en ambos casos, podría centrarse en que los políticos tejen alianzas con agentes de poder e influencia como lo son los dueños de estas instituciones, quienes tienen bajo su control ideológico a sus parroquianos. Sí, es una ideología, y cuando combaten lo que llaman “ideología de género” lo que quieren que prevalezca la suya. Entonces, los políticos, en sus discursos camaleónicos para llegar a los asientos, le dicen a sus oyentes lo que quieren escuchar. Casi apostaría que, si Bolsonaro y Alonso me quisieran convencer a mí, me prometerían una educación en serio, buscar revertir el éxodo hacia las ciudades y favorecer la pequeña empresa, cuidar el ambiente, plantar árboles nativos en las ciudades, hacer “operativos de saturación” de salud pública, educación sexual y cívica donde falta y promover el placer de la lectura hasta lo inenarrable, entre otras cosas. Pero estoy en minoría.

El análisis teológico podría considerar la ubicación de la categoría “Dios” con relación al ser humano. Claramente, en la concepción de estas empresas religiosas de origen brasilero, está por encima, del mismo modo que el dueño del grupo empresarial está por encima del pastor y este, a su vez, en la posición del lobo que cuida del rebaño. Es una estructura de poder piramidal, en la que la mayoría prefiere someterse a los designios de la minoría que, por cierto, puede ser poco transparente en cuanto a sus motivaciones. Como soy un ególatra que no se quiere curar, me resulta más agradable una visión en que “Dios” se encuentra en mi interior -y de cada persona-, motivo por el cual sus intenciones son las mías y no me encuentro sometido al poder de otros. De hecho, esta visión no la inventé yo y puede rastrearse en los dichos de un hombre que dicen que caminaba por Palestina hace unos dos mil años, eso por no mirar en otras tradiciones en que se ha pensado -o sentido- lo mismo. Pero esta visión implica haber tenido tiempo para considerarlo y, además, ser el dueño y responsable de mis decisiones y mis actos, lo cual es trabajoso, contra la “facilidad” de creer que manda alguien de arriba y no hay que hacer sino obedecer.

Conozco la sensación de depender de uno que sabe lo que yo no y la de poder resolver por mí mismo. Por ejemplo, soy capaz de arreglar el taponcito de la cisterna y me siento autónomo y poderoso. Pero, si se trata de un trabajo de albañilería o electricidad, tengo que someterme y esperar a que el tipo se tome su tiempo para venir, o incluso esperar como a la providencia que conteste un mensaje. No sé, tal vez sea más rápido buscar yo mismo cómo hacer la mezcla y prenderle cartucho. Mientras tanto, estoy arrodillado acá esperando.

 

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