Poema infinito de las encuestas

urnas

Que no lleguen nunca, que no y que no.

Yo quiero una encuesta cada día,
desgranada hora a hora, minuto a minuto,
como el ascenso del sol y el abrirse
y cerrarse de las hojas de los árboles,
un electrocardiograma del intestino
nacional, una ráfaga de fotos
que atrapen la red electoral,
el estado de ánimo de los electores
cuando parpadea un ministro,
cuando sale el opositor desplumado
a hablar de la Constitución.

Yo quiero saber a cada instante
cuáles son los efectos del lanzamiento
de la música del candidato sonriente,
el que no sabe los números de la inflación,
del PBI, del desempleo ni conoce
la voz de los cantores, ni el esfuerzo
silencioso de los corazones colectivos,
quiero saber cómo se mueven
los camalotes al influjo
de las noticias falsas, de los chantajes
de la soberbia nepotista,
del que ladra porque quiere morder,
del que busca la sombra del cargo,
del que vuelve de la tumba
o el que teme que descubran
sus intereses privados y sus falsificaciones.

Yo quiero encuestas en todos los informativos,
en el teléfono, actualizaciones de hora
en hora, gráficas móviles, quiero saber
si la mañana favorece al oficialismo
o la suma de horas del día noticioso
aumenta la simpatía con la oposición,
necesito saber a qué hora y el flujo
de qué datos de la región y el mundo
nos ponen miliqueros o socialdemócratas,
es de vital importancia saber
la incidencia del paro de combustibles
en las ganas de votar un referéndum
contra la bancarización o si el aborto
en un país vecino nos posiciona
a favor del colectivo de personas trans
que reciben un subsidio.

Yo preciso saber el efecto de la publicidad
electoral que paga el gobierno,
me doy cuenta de que el viento del nordeste
es un gran indicador de cataclismos
motivo por el cual es imperioso
el vínculo del sondeo elecctoral
con el estado del tiempo, hay que saber
la relación entre las encuestas
y los hectopascales, considero
pertinente e inevitable vincular
la oscilación según si ganan Peñarol
y Nacional, si juega la selección
y si incide de algún modo
una medalla de plata en atletismo
en un sudamericano juvenil,
quiero saber cómo se enlazan
los días de sol con la aprobación
de los gobernantes y cómo inciden
las nubes a favor de los partidos
sin ideas ni tradición.

Quiero encuestas todo el día,
semana tras semana de los largos
meses de la campaña electoral,
quiero tener una aplicación en el celular
que me muestre a mi antojo
el oleaje y los vientos de esta larga agonía
del camino hacia las urnas,
quiero palpitar este show de realidad
toda la vida, que no lleguen nunca
las elecciones, que el nuevo gobierno
esté siempre por llegar
para que siga la sonrisa y la esperanza,
para ir hacia adelante todos juntos,
en un eterno futuro presente,
abrazados y de fiesta, chorizo y vino,
giras por el interior, bandera y tradición,
patria y seguridad, innovación e igualdad,
quiero que las encuestas no tengan final
y que no se sepa nunca la verdad.

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De dónde sale “Educación”

tapita educación

Dibujo de tapa: Silvia de Palleja

Había un profesor a quien se le notaban muy pocas ganas de entrar a clase. Como es de esperarse, despertó la incomodidad de la adscripta, además de los comentarios de la comunidad, en virtud de lo cual le fue asignado un nombrete que pasó a identificarlo. Pasó a ser un personaje, pero uno que yo empezaba a ver incompleto: me faltaba toda la historia que lo precedía. Y tenía que equilibrar esa imagen que el hombre estaba dando, así que tuvo que ser virtuoso y tuvo que haber vivido una vida de aventuras. Una vez que lo tuve escrito, no se me ocurrió otra cosa que compartirlo con mis compañeros de trabajo, ocasión en la que observé que el relato funcionaba, que provocaba efectos en los lectores, así que, con ese estímulo, empecé a rebuscar qué historias había semejantes (de profesores, y también de alumnos) que fueran dignas de ser contadas, de circular de mano en mano en busca de alguien conocido. Uno, cuando convive lo suficiente con un entorno determinado, empieza a sentir cómo late y se familiariza con la estructura social, lo cual lleva inevitablemente a destacar a algunos personajes, aquellos que van por la vida con alguna particularidad importante, los excéntricos, a los que les pasa algo, los que se relacionan de maneras desbordantes.

Los cuentos de “Educación” nacieron pensando en ser leídos, surgieron de las ganas incontenibles de contar las historias, algunas de ellas con cierto recorrido oral, otras armadas a partir de una anécdota escuchada un día, algunas también nacidas del cóctel de varios personajes hechos uno solo. En cada caso, hay algún personaje que sufre o ejecuta algo, a través de lo cual se observa la particular psicología que puede tener alguien expuesto a los rigores de una institución educativa o los vínculos que se pueden desarrollar en tal ecosistema. Es un libro que está lleno de gente, lo mismo que los liceos, que solo en ciertos períodos gozan de extraños silencios en los corredores. No hay necesariamente, ni de modo explícito, un pensamiento organizado acerca del concepto de “Educación”, título malintencionado, aun cuando los personajes tienen sus miradas, cada uno desde su ángulo, todo confluyendo en ese guiso cuyos propósitos nunca están tan claros. Tal vez puedan adivinarse algunas obsesiones del autor, y tal vez eso pueda mover a cierto pensamiento. Lo que es seguro es que la gente del ambiente podrá hurgar en los personajes en busca de tal o cual, se preguntará por qué no está alguien y habrá quien se busque a sí mismo.

En la literatura, por cierto, el lector no hace otra cosa que intentar desentrañar su propio reflejo, cosa que estimo podrá hacer cualquiera y no solamente quien tenga vínculos con la enseñanza. Y, si en el camino encuentra algo en lo que no había reparado o le brota una sonrisa, me daré por satisfecho.

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Mi voto de 2019

Siempre he tenido mucho interés en la política y he pensado mucho mi voto, hasta el punto de que, la vez que voté anulado, hice un collage con los candidatos de varios partidos que habría votado si hubieran estado en la misma lista. Estoy muy al tanto de las internas y tengo pensado, para las votaciones que vienen, ir a votar a la interna de cualquier partido, aunque después no piense votar a ese partido ni en octubre ni en el balotaje.
Veamos combinaciones, sin que el orden tenga relación con mis prioridades: a) ir a la interna del Partido Colorado, votar en las nacionales por el Partido Nacional y en el balotaje por el Frente Amplio; b) interna del PN, nacionales al FA, balotaje al segundo, que podría ser el PC; c) interna del FA, nacionales al FA, balotaje al segundo, sea PN o PC; d) interna de uno de los tres partidos tradicionales, nacionales al Partido Independiente, balotaje veo quién miente menos; e) interna del PERI, para inflar los números de Vega, nacionales al PI, balotaje al PI. Seguramente haya más combinaciones, que los amables lectores tendrán a bien hacerme ver.
Mi idea, mi utopía, es que, en vez que ganen los peores, a las internas las ganen los mejores (para mí, está claro) y haya una contienda electoral con ideas, debates y propuestas más o menos inteligentes en las nacionales, que dé como resultado la integración de un parlamento fuerte, que es algo que me está interesando más que el Poder Ejecutivo. Es como una especie de fantasía electoral. Me da curiosidad cuáles son las retorcidas cavilaciones de quienes leen estas confesiones.
Todo esto viene a cuento de que hoy cumplí, con entusiasmo cívico, con algo que, lo supe mientras lo hacía, es un deber cívico: contesté una encuesta telefónica. Lo que uno dice es importante porque después sale en los medios y se puede influir. Así que de pronto le mentí un poco para manipular los resultados. Las preguntas que me hizo la funcionaria me hicieron reafirmarme, relamerme incluso, en mis ganas de ejercer la obligación de votar de un modo estratégico, divertido incluso. Pero no irresponsable, que de eso ya ha habido bastante. Sobre el final del cuestionario, vino una andanada de indagaciones acerca de mis opiniones acerca de la instalación de UPM y otros emprendimientos similares. Como no sé nada del asunto, opiné de modo seguro y tajante. No a todo. El Río Negro me parece muy importante y con esto de las cianobacterias ando sensibilizado.
La verdad es que, durante los aproximadamente diez minutos que duró la encuesta, me sentí escuchado y contenido, considerado como ciudadano y en un clima de confianza que me generaba la voz amable de la profesional de las ciencias sociales, casi como en una instancia terapéutica en la cual podía contar lo más íntimo y profundo. Me llamó la atención que no me preguntara de cierto tema que yo estimo muy importante y, como me sentía en un ambiente seguro, después de que terminó el cuestionario, le dije “sabés qué, me gustaría agregar algo”, y estuve como veinte minutos explicándole todo lo que pienso de la situación de Venezuela.

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Décimas de cómo perdí mis principios en Montevideo

Hoy perdí mi dignidad
en una tienda de adentro
del templo de Nuevo Centro,
les contaré la verdad,
que es vergonzosa a esta edad,
hablaré de lo que es
para mí primera vez,
aunque no es aparatosa
el problema es que la cosa
me provocó mucho estrés.

Me vine a la capital
pensando que eran dos días
y, hete aquí, no lo sabía,
soy medio bobo mental,
que la cuenta no era tal
sino una semana entera,
¿entonces de qué manera
ir rotando las camisas
cuando no corre ni brisa
y la calor ta fulera?

Supe encontrar una oferta
de camisas a cuadritos
que me pegaron el grito
y, yo como andaba alerta,
largué, de manos abiertas,
la plata correspondiente
y me retiré sonriente
de un comercio de Tres Cruces
pero no me dan las luces
y algo me quedó pendiente.

Es bravo con el mormazo
tener solo un calzoncillo,
el aroma deja trillo,
uno se siente suciazo
cuando el recurso es escaso.
Pero es mi tradición
que nunca en esta nación
había comprado unos lienzos,
me emociono si lo pienso,
y me vi en un callejón.

Era mi ropa interior
toda comprada en Brasil,
en Yaguarón o en el Chuy,
soporté cualquier calor
sin chistar, como un señor,
para ir a la frontera
a comprar esos que eran
mis algodones más íntimos,
para mí no es nada ínfimo,
los porto como bandera.

Hoy entregué mis valores
en una tienda fifí
cuyo título es “Sisí”
cuando, entre grandes dolores,
me enfrenté a los sinsabores
de comprar tres calzoncillos,
debo decir que sencillos,
discretos y hasta elegantes,
(sin una trompa adelante)
y me he apartado del trillo.

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La noche de 12 años. La vi y

noche doce años

Acá se ve poca sombra.

Vi “La noche de 12 años”, película por la cual el director uruguayo Brechner ganó un premio Goya al mejor guion adaptado.
Me pareció bien la recreación de época y la fotografía me parece que está bien. En la banda sonora, se oye la preciosa voz de Silvia Pérez Cruz, catalana, haciendo goles de otro partido, es decir, no sé qué hace ahí, como cuando se oye “Siga el baile” en una escena de violencia colectiva. Sobre la violencia, debe anotarse que se muestra el maltrato que sufren los personajes, pero sin que me lograra generar la sensación opresiva y realmente torturante que se tenía en la casi homónima película “Doce años de esclavitud”. Hay una escena de tiroteo, cuando el ejército toma por asalto la casa donde se ocultaban unos tupamaros, en la que hay un baño de sangre que encontré excesivo y exagerado. No sé, tal vez haya ocurrido así, pero le falta impacto psicológico.
Los personajes están dotados de cierta aureola heroica, cosa con la que tenderán a concordar los partidarios el emepepismo y con la que otros tenderán a discrepar. Tampoco le íbamos a pedir la verdad a una película basada en el texto escrito por Fernández Huidobro, uno de los implicados.
Algunas actuaciones tienden a lo correcto, otras no. Aparece César Troncoso haciendo de milico netamente malo, sin matices. También aparecen, previsiblemente, algunos uniformados que muestran rasgos de humanidad. El actor que hace de Mujica tal vez sea el más convincente. A Rosencof lo interpreta Chino Darín, en una interpretación que recuerda mucho a Chino, no a Darín. Y el que encarna a Fernández Huidobro es simpático, por lo cual lo considero enteramente fallido. Parto de la base que habrán querido representar, como se hace generalmente en las películas basadas en personajes reales, cómo eran esas personas.
La trama, salvo algún flashback, es lineal y se limita a retratar el encarcelamiento en condiciones inaceptables pero, al menos a mí, no me logró transmitir la idea de opresión o encierro, capaz que porque sabía que los tipos iban a salir. Hay alguna escena con cierta gracia, cuando Mujica pide la pelela y, para hacerlo, acusa a los gritos a uno de engañar a la mujer cuando los verdes estaban en pleno acto patriótico en el cuartel en que estaban presos.
En el final, se apela a la emocióncuando salen y los esperan las familias, que un poco los saludan como a héroes. Y sí, es emotivo ver a alguien salir de la cárcel.
Para mí, la medida de que una película fue buena es que después me quedo haciendo otras lecturas, interpretando escenas, pensando en por qué se muestra tal o cual cosa, con un goce que llega a ser físico. En este caso, me pregunto por qué la hicieron, para qué la hicieron y hasta en quién puso la plata. Y me generó la necesidad de ver la biografía autorizada de Juan Sartori.

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Décimas de un ceibo blanco

flores de ceibo

Él, sobre el cartel.

De allá del Cebollatí
me trajeron un ceibito
que era una muda, chiquito,
que traía en el pedigrí
la blancura del jazmín,
viví un tiempo acampado
y, mientras, lo tuve cuidado
en una maceta escasa
a la espera de una casa
en que por fin ser plantado.

A falta de numeración
le puse nombre a la casa,
“Ceibo blanco” por su causa,
un cartel hace mención
a que en tal ubicación
se abre paso un ejemplar
de color particular,
la variedad “leucochlora”
de un mojón de nuestra flora
totémico y tutelar.

Me gustaba la rareza
de la flor particular
y me dediqué a regar
con constancia y sin pereza,
como quien a un dios le reza
a la muda transplantada
y, en solo una temporada,
tras los meses invernales,
a fuerza de temporales
se vino como trompada.

Y así como echaba ramas
mostró también la evidencia
de su pronta inflorescencia,
cortejé como a una dama
a la lentitud del drama
de que explotaran las flores
más blancas que unos doctores
o palomas de la paz,
arañaba el cielo un haz
de puños prometedores.

Con el correr de los días
fui viendo que, antojadizos,
algunos tonos rojizos
de a poco le amanecían
y observaba día a día
que lo blanco no era tanto
y me acerqué al desencanto,
más blanco sería el cartel
que las flores que en tropel
prometían otro canto.

Unas voces jardineras
me dijeron que agarrara
una pala y lo arrancara,
yo de ninguna manera
pude aceptar tal fulera
discriminación racial
tan despiadada y brutal,
yo dije “el ceibo se queda
a custodiar la vereda
con su identidad floral.”

Observando los ramitos,
no refulgen tan bermejos
y un tono blanco de lejos
dice claro que el ceibito
no es de ese rojo a los gritos
que se ve en cada bañado,
el mío es un ceibo rosado
diverso y opositor,
ahí radica su valor
orejano y bien plantado.

En el frente de mi casa
un ceibo blanco he plantado,
con tintes de colorado,
lo ve la gente que pasa.
Él con ninguno se casa
y tiene su propia lista,
de los polos equidista
con su firmeza espinosa,
mucho más que cualquier rosa,
polentudo equilibrista.

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Protagonicé bochornosos momentos.

Alguien le dio mi teléfono a la producción de este programa del Canal Once. Es posible que haya tenido algún momento aceptable, sobre todo cuando cité a Company. En lo tocante al resto de lo que dije, fui un comentarista golondrina del verano puntaesteño.

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