Décimas sin título

raulsendic

Vice.

Citado por la Justicia,
a instancias de un abogado,
el día de hoy se ha presentado
de forma tribunalicia
según rezan las noticias,
el vicepresidente
sin un título vigente,
ahora es hecho probado
que el hombre no es licenciado,
lo sospechaba la gente.

Ahora se ha titulado,
por más señas con honores,
mis señoras y señores,
o de tremendo tarado
o falsario redomado,
la confianza está maltrecha
por muchas cosas mal hechas,
no lo salvan ni mil fianzas
y no es juego ni acechanza
que haya hecho la “derecha”.

Este hecho significa
que no restan esperanzas
ni retazos de confianza,
no es ninguna cosa chica
ya que esta mentira implica
el descrédito total
y una huelga general
de amor a la democracia,
se avecina una desgracia
como ya vimos igual.

Todo es cuestión de adeene,
político por genética
pero carente de ética,
no es muy valioso este nene,
su lugar no se sostiene,
debe dejar su sillón
de elevada posición,
tampoco podrá cambiar
el adeene nuclear
de la pobre educación.

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Los gatos

Los gatos limpian la energía. Tal afirmación admite interpretaciones variadas, cuestionamientos, extrañezas y perspicacias. Por ejemplo, cabe preguntarse si es posible hacer concordar un verbo tan abnegado con una especie cuya contracción al trabajo es muy cuestionable. Después, por supuesto, uno sondeará la posibilidad de que los felinos dispongan de algún tipo de mecanismo que mejore la distribución de UTE o incida en el campo astral, y allí es donde ponemos en tela de juicio la fiabilidad de quienes emiten asertos como el que da inicio a este texto, ya que generalmente se trata de personas que nunca entendieron nada en las clases de Física y repiten “om buena onda” frente a acontecimientos que las estresan y cuyo origen adjudican siempre a malas vibras ajenas. También es candente la evaluación que se hace del colectivo de personas adoradoras de los gatos, integrado menos por sacerdotes egipcios que por señoras hiptonizadas por los ojos de sus amos. Porque sí, no faltan quienes postulan que, en la relación entre humanos y gatos, son estos últimos los dueños y los primeros las mascotas, los sirvientes, los subordinados que hay que educar.
Entonces creo que lo que presencié ayer fue una escaramuza propia de un período revolucionario. Nunca pienso en los gatos, pero ayer, en cierto momento, todos los temas desembocaban en ellos. En primer lugar, circulaba por redes sociales la versión de que los gatos serían los responsables de la extinción de una multitud de especies ya que, observados con cámaras ocultas, el cincuenta por ciento de ellos demuestra cazar pese a recibir una “buena alimentación”. El texto circuló como reguero de pólvora y la respuesta, en forma de miríadas de gatitos encantadores, no se hizo esperar. En segundo término, un amigo me hizo llegar un recitado en décimas cuyo personaje era un gato de personalidad peligrosamente semejante a la de un miembro viril, y se prodigaba en una serie de hazañas picarescas. Irreflexivamente, más rápido de lo que se comparte el video porno de un famoso, lo mandé a todos mis contactos, como si la vida me fuera en ello. Sé que, por su parte, todo el mundo estaba haciendo lo mismo porque, en lo que restaba de día, no paré de recibir el audio de personas insólitas, como una tía con la que no nos hablamos nunca, una que fue compañera de trabajo hace como seis años, la directora del liceo y el bicicletero de mi antiguo barrio, que por algún motivo tenía mi teléfono. El ambiente estaba instalado cuando, en un tercer momento, una alumna de Portugués puso en el grupo de whatsapp la foto de un gatito para cuyo bautismo pedía sugerencias. Sugerí “Manda-chuva”, que así era la versión brasilera de Don Gato -el Top Cat de los gringos- y, al rato, respondió que ya tenía el asunto resuelto: Nemo. Cuando objeté que era nombre de pescado replicó que le había puesto así porque siempre lo andaba buscando, como sucedía con el famoso capitán de Verne.
Las guerras se pelean en todos los frentes posibles. La conflagración informativa y conceptual parecer ser el nuevo campo a dominar por cualquiera que se disponga a darse a los rigores de la lucha. Antes, en los tiempos de las sagas nórdicas, recuerda Borges, había unas metáforas cristalizadas que aludían a la batalla, como por ejemplo “red de espadas”. Hoy podríamos llamarle “tsunami de datos”, “muro de imágenes” o “avisos Google”. Se me presentó como evidente que los gatos están parapetados en esas trincheras, ubicuos, sutiles.
Por último, y peor, está la situación doméstica que experimentamos con mi mujer. Su gata, bastante veterana, al punto de que está en vísperas de acogerse a los beneficios jubilatorios, siempre había sido un dechado de buenas costumbres a la hora de mear. Era muy disciplinada cuando se trataba de mojar las piedritas correspondientes. No obstante, de un tiempo a esta parte, ha incurrido en la insidiosa costumbre de regar los sillones, un día sí y otro también, lo que provoca graves perjuicios en la integridad de los mismos, además de crispar hasta lo indecible los nervios de mi mujer, situación que no he tardado en anotar como una amenaza a nuestra relación dado que, sabido es, los gatos son un factor determinante en un porcentaje indeterminado de divorcios, según señala un estudio llevado a cabo por etólogos australianos. Mi señora ha llegado ya a la fase del aullido desesperado y tengo varias imágenes de ella con la bicha agarrada del pescuezo mientras le grita que no, que eso no, que ahí no, pasándole el hocico por la tela recién meada del sillón. Le escribí a mi madre para preguntarle, porque es veterinaria, y me dijo que la gata debía estar aburrida, marcando territorio o haciendo reivindicaciones gremiales y solo por último consideró, como hipótesis peregrina, que tuviera trastornos renales o diabetes. Anoche, mientras mirábamos el primer episodio de Breaking Bad, serie en la que un tranquilo profesor de química se vuelve un criminal desatado, empecé a temer lo peor, se cruzaron imágenes desgarradoras por mi imaginación, veía escenas de lucha y de terror, de degradación de la psique, un revoltijo de pelos, ojos, ropa, uñas y distintos grados de evolución de la escala zoológica cayendo descontroladamente cuesta abajo.
Tengo un sueño muy pesado. No obstante, anoche, después de terminar de ver el capítulo de la ficción televisiva, me invadió la sensación de que la gata atravesaba la pared del cuarto y se metía en la cama y cometía una serie de barbaridades propias de una narrativa de terror, como si el gato negro de Poe fuera todos los gatos. Abrí los ojos sobresaltado. No vi nada. No oí. Lo cual es lo que sucede haya o no haya gato, esté el animal vivo o muerto, se trate de un bicho cuántico o de uno contante y sonante.
Mi mujer estaba semidormida cuando salí del cuarto, con los ojos apenas entornados, la boca abriéndose lentamente para decir algo que el sueño no permitió, y la mano un poco extendida, como si quisiera tomarme mientras yo abandonaba la habitación. Cuando pasé por la sala, no vi a la gata.
Unas tres horas más tarde, mandé un mensaje desde el trabajo. Para saludarla, como siempre hago. Como ella demoraba en responder, me fijé si había recibido el whatsapp y comprobé que estaba sin internet y no tenía cómo saber. Mandé entonces un mensaje de texto de los de antes, que también pareció caer en saco roto. Un rato después, no aguanté más y decidí llamar. Voy volviendo a casa. Hace diez horas que no sé nada de mi mujer.

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Soneto Fernández

Yo no soy de los Fernández evasores
amigos del poder de lo podrido,
yo no soy de los Fernández represores
ni tampoco deprimidos ni oprimidos.

Yo no soy de los Fernández jodedores
navegantes de unos yates mal habidos,
yo no soy de los Fernández ganadores
en sistemas por ellos demolidos,

yo soy de los Fernández laburadores
cuyo tronco derecho ha venido
de labriegos, estudiosos, productores,

emigrantes que buscaron vidas mejores
de quienes casi nunca se ha sabido
que anden pidiendo prebendas ni honores.

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El paro y la música

Los días de paro son tristes. El paro es una medida triste. Al menos a mí me provoca melancolía, sobre todo porque habla de nosotros como país. Los japoneses, un pueblo muy laburador, cuando quieren manifestarse trabajan más de la cuenta. Nosotros nos detenemos. Además de este motivo, también me provoca un desasosiego saber que efectivamente hay motivos para manifestarse, porque hay cosas que están muy mal, y no saber exactamente qué se propone la medida que decretan las personas que integran el gremio y que tanto acatan los alumnos. Fui a trabajar porque no puedo dejar de producir el dinero con el que sustentar mi vida y la de mi mascota Svetlana, la babosa, además de algunos otros gastos que prefiero no confesar. Y en el liceo estaba ese silencio de los días de paro, más vacío aun que el que provoca el empate en el último minuto de un cuadro chico en el Estadio. Por suerte, la Biblioteca donde trabajo termina nucleando a los escuetos grupos de estudiantes que terminan por recibir clases particularizadas. Fue por eso que abrí la pantalla para que Fabián, el profe de Música, pusiera “Pedro Navaja” y sus dos alumnos hicieran un trabajo con la letra de Rubén Blades y que, al rato, un docente de Historia aprovechó la ocasión para mostrar unos videos sobre la llegada de Colón a América, con lo que pasamos de la participación de Willy Colón al viaje del famoso navegante de las carabelas, sarta de videos que fue coronada, a sugerencia mía, por una versión paupérrima de “Cómo lloraba la abuela de Colón”.
Volvió de pronto el silencio. Me pareció que tenía que armonizar el aire y, ya que estaba todo instalado, dejé que reviviera Raphael Rabello, uno de los más grandes guitarristas que ha dado Brasil. Siempre tengo la sensación de que la música le imprime al aire, al ambiente, una estructura inteligente y armónica, siempre en caso de que el material sea de calidad.
Entró una gurisa. Se sentó y miró. Habrá estado unos dos minutos. Se levantó y se fue.
Segundos después de que saliera, Deiby, amigo y profe de Geografía, entró riéndose y me contó que había presenciado un diálogo.
-En la Biblioteca pusieron una música del año del moco. -dijo la chiquilina.
-Entonces es de ahora. -respondió el gurí, extendiendo en la punta del índice una masa húmeda y verdosa.

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Discusión, día, dedicación, espermatozoide, extranjero, entretenimiento.

Discusión

Guitarras que vuelan perdiendo las notas
de los cantos de las flores, diarios
mojados, guías telefónicas de ciudades
que no existen y vuelven siempre
a la misma página que venía
con recetas de cómo cocinarse
a los tortazos, de cómo utilizar
nuestro rico idioma español para
desentendernos, desafinarnos,
desafiarnos a incumplir
la armonía y hasta el sol
de medianoche, el que logramos
ver cuando en vez de correr
carreras de polo opuesto
a polo opuesto nos dedicamos
a buscar el norte común,
en el que, por cierto,
coinciden también los sures.

.

Día

Una bailarina, que gira en torno
a su pie casi aéreo, acelera
los días, se tornilla a la corriente
obediente de las horas,
un ser lastrado que mira fútbol
entre gritos de dolor inútil
se detiene como la basura
que obstruye las bocas de tormenta,
unos niños juegan a marearse
y caer como trompos desarmados
mientras la hoja del eucaliptus
cae como una cimitarra suave
rumbo a su ciclo,
los chakras se mueven al ritmo
de lo que se suelta y se reprime,
la Tierra es la armonía
constante de todos los giros
y viaja en torno al sol,
ese torno que no sabe tener noche.

.

Dedicación

Con la paciencia de un monje zen
que busca el momento y el lugar precisos
para posar la pluma que represente con un
trazo el retazo de aire por el que un pájaro
surcó su vuelo enamorado y fue más liviano
y de alguna manera sabía que lo pintaban
y entonces voló para la foto seguro
de que la mano lo elevaría a cielos desconocidos,
así se mueve la mano en el surco,
sembrando vientos, esperando
que los montes sean tempestades.

.

Espermatozoide

Esta es la balada sobre las andanzas
del espermatozoide,
que dijo uno en el pueblo
que si no existiera,
no habría folclore,
ni vino, ni río.

Esta es la balada de los velocistas
cabezones, flagelados,
hubo un grito en el silencio
de la tribuna, sin ellos
no habría ni pasto ni banderines.

Esta es la balada de los desperdicios,
de un pueblo que empuja
con rumbo a quién sabe,
se muere en el aire
o por el camino
y es uno solo el que logra meterse.

Esta es la balada de los mensajeros
que surcan el mar de posibilidades,
si no fueran ellos
no abrirían bares, no habría leyes
ni arreglos florales, no habría baladas.

Esta es la balada de los pelotones,
de los callejones, de las avenidas
y los andurriales, la canción humilde
de las mayorías, de los que la reman
sin saber por qué, si no fueran ellos,
palabras mudas, no se cantaría
nada de nada.

.

Extranjero

El escritor es un extranjero,
lo pusieron de chico en el envase
de un cuerpo parecido a los de su pueblo
pero en circunstancias enrarecidas,
enfermo, aislado, solo, en un lugar
al que no pertenece, razón por la cual
se esfuerza por aprender la lengua
hasta lo obsesivo como si eso
lo ayudara a jugar a la pelota
con los niños locales.
El escritor es un extranjero
cuyo origen puede rastrearse
por sus ausencias y buenas notas,
porque mira como gato temeroso
las costumbres de la gente,
que no comprende, con el objeto
de intentar ser uno más,
poder bailar cumbia, tener novia,
saber qué hacer con la novia.
El escritor es un extranjero
con el agravante de que nadie
lo diría, nadie detecta un alma
portuguesa del siglo pasado
en medio del baile del Rancho,
un lugar para estar entre amigos
con su techo tan particular
de luces, estrellas y amistad.
El escritor vive a sus anchas
en la patria de la lengua,
por eso emigra y vive
en una tierra sin gobierno
a la que se conoce por cuentos
y muchas veces se la nombra
sin haberla visitado jamás.

.

Entretenimiento

Tener entre paréntesis, algodones coloridos,
pokemones ubicuos, escotes abismales,
descuidos fotográficos, el último golazo
de la industria de la moda, la mediana
y la media según las encuestas divulgadas
por la muñeca rusa de ojos operados,
Tener, entre otras cosas, las ventanas
para ver hacia ese afuera confitado,
frito, en oferta, ya, lleno de opciones
y al mismo tiempo de no, de nada,
de zanahorias espejadas de colores.
Tener entre pecho y espalda espadas
y petos atragantados como picadita
de chovinismo del día de la madre
y un griterío bárbaro de adolescentes
que años después van a pasar
a arrastrarse inartísticamente
por los arrabales más aburridores
porque, claro, todo eso cansa,
muere, cae, se despinta tipo un barco
de plástico en una bañera de agua
verde, marrón, tornaftado,
razón por la cual esa es la mejor
suerte que puede tener,
convertirse en literatura triste.

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Las babosas y el amor

En casa ando pisando babosas, ya me pasó el otro día y hoy de nuevo. Svetlana, mi mascota de esa especie, ya es adolescente y trae las amigas. Las piso siempre que voy de medias y me doy cuenta por una súbita humedad en la planta del pie. Pero no quiero referirme a esos estallidos sino a lo que me pasó hoy de tarde.
Tenía prueba de Portugués con mis tres alumnas y, como no les daba el tiempo, estuvimos una hora más ahí. Tenían que escribir un correo electrónico. Pensamos en que ahora seguramente no escriben por ese medio, a lo que una respondió que ella sí lo hace, pero solo en su trabajo. Ahí me acordé de que hasta ha podido haber e-mails de amor, así como ha habido cartas de amor, sms de amor y hasta whatsapps de amor. Rápida de reflejos, una de las gurisas reparó en que hace poco que tengo un teléfono que me permite mandar tales mensajes. Lejos de amilanarme, le agregué que no vacilo en incluir poemas de amor por ese medio de comunicación rápido, gratuito y obligatorio.
Tal vez me pasé todo el día pensando en cartas porque hoy de mañana, en la Biblioteca, una chiquilina me contó que tenía un amigo a distancia por whatsapp y yo me acordé de mi amiga japonesa por carta, Yasuko, que tenía veinte cuando yo quince, o de Lorena, que estaba en quinto cuando yo estaba en segundo, con quien intercambiábamos billetitos que nos dejábamos en el banco de un día para el otro. Pero lo interesante es que, después de la clase extendida de hoy, fui a hacer un trámite que debí interrumpir a causa de unos motivos gremiales, que se extenderán hasta que el gobierno se ablande, según me dijo el funcionario, a lo que respondí que entonces quedan como tres años de medidas. Fui entonces al supermercado a gastar mis últimos doscientos cincuenta pesos del mes, actividad en la que fui muy eficiente, y después paré un rato en la librería, donde conversamos con la librera sobre algunos escritores, entre buenos y locos, y salí de ahí. Pero todo este relato no tendría sentido si no fuera por la explosión que emergió como un chorro de luz imparable de la puerta del Banco República de frente a la Plaza San Fernando. En realidad, nada tendría sentido si no fuera por el estallido de belleza cuya onda expansiva me hizo caer presa del más súbito enamoramiento. Era como si ya hubiéramos caminado esas calles juntos en una vida anterior, una vida de siempre, era como si ya nos hubiéramos tomado cientos de cafés en esa esquina, era como si me hubiera dado mil veces el número de teléfono y como si, era tras era, le hubiera mandado este cuento leído por whatsapp. Al final, solo hay una cosa que no entiendo y es cómo pude haber pisado esa babosa si, desde la hora en que la vi, ando flotando.

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Beso

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Rastro de tinta traslúcida, sello en la piel,
caracol de seda, diálogo de los astros
que componen a los dioses
cuyos universos se unen,
versos de sílabas lentas,
semillas recitadas,
tormentas y deltas de ríos que desembocan
circulares, túneles subacuáticos,
criaturas cetáceas anfibias voladoras,
detonaciones, naciones
en las que quedarse para siempre,
preludios, interludios, conclusiones,
necesidad del decir más inmediato,
callarse las palabras,
hablarse las lenguas.

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