Sobre “Poemas migrantes”

poemas migrantes

Editado por el Fondo de Incentivo Editorial de la Intendencia de Maldonado

Uno puede reencarnarse dentro de la propia vida, o por lo menos ir de un momento a otro, de un pueblo a otro, recorrer las calles y los barrios. Uno puede ver cómo se mueve la ciudad mientras uno también se mueve. Puede, como me pasó a mí, llegar dos días antes a un lugar por culpa de una ansiedad desinformada y, de esa manera, hacer tiempo en un día perdido escribiendo un poema sobre la experiencia. Y después dejarse llevar por la idea del viaje en vano, que posteriormente se transforma en una mudanza abrupta, en un replanteo vital, en una aventura y en la lectura de los acontecimientos. Una mirada que, por costumbre y falta de otras capacidades, ve a través de los lentes de la poesía que otros escribieron o de lo que las propias palabras pueden ordenar en el esfuerzo apurado por acomodar las cajas, aprender nuevas rutinas y lanzarse a una existencia nueva.

Los textos se habían escrito prácticamente corriendo, o trepándose a un camión, ayudado por los amigos de siempre, desembarcando en nuevos puertos. Me di cuenta, cuando estaba leyendo el material que iba a mandar al Fondo de Incentivo Editorial de la Intendencia de Maldonado, de que los poemas daban cuenta de una existencia trashumante. Tomé nota de que llegué a la ciudad hace veinte años y que, en ese tiempo, he tenido varios movimientos. También me parece percibir que lo que me mueve a escribir poemas son los movimientos: un viaje, una órbita al sol, un cambio de barrio. Son algunas memorias de un migrante, condición que heredo de mi abuelo gallego.

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El voto de un yuyo

Un yuyo transplantado observa
que se vienen dos tormentas,
piensa en el agua y el viento,
se pregunta si es como el ombú,
al que algunos llaman pasto gigante
y otros nombran árbol robusto,

el yuyo rememora, se pregunta
si decidió cambiar de tierra,
duda si su raíz es aborigen
o si porta en su ser un linaje
invasor, si su presencia
suma o resta al ecosistema,

si un voto que el alma pronuncia
hará que, heroicos, sepan cumplir
los nubarrones multicolores
y el frente cálido y frío
sus olas de esperanza y cambio,
o si toda el agua es agua,

si el retazo de los cielos
que está libre de los rayos y los truenos
es real, si es durable y si es un techo
do jamás se pone el sol
y si pueden los yuyos
crecer bajo techo,

el yuyo, budista, ya no cree
en oponerse a los vientos,
tal vez uno de los puntos cardinales
socave menos el terreno del yuyal
u otro le siembre eucaliptus,
agradece a las nubes el resto de luz
y espera que el tsunami lento,
en una de esas, traiga vida
o tal vez se muera y se vaya
con la correntada.

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Poema gris después de las elecciones

La tempestad electoral no arrancó
las raíces de las palmeras de Bulevar,
ni los plátanos, ni se volaron de cuajo
los eucaliptus de la arena, y ninguno
de los pinos de Lussich ni de Burnett
se inclinó demasiado a la izquierda
ni la derecha, ni al centro,

acertaron los pronósticos, qué decepción,
no pudimos quejarnos del viento manipulado,
del negocio de las alertas
y, si hay huracán, es en cámara lenta,
como pidiendo permiso, una borrasca
parlamentada en que solo festeja
una flor ecologista,

pero el tiempo quedó detenido,
indeciso, tenso el cielo cubierto
en que las nubes se odian,
turbio algodón,
un clima de incierta certidumbre
en que el campo no festeja
y la ciudad tampoco,

el aire ansía encuestarse nuevamente,
dejar de mirarse con los mismos lentes grises
de estos días,
conocerse la sombra con lupa,
darle luz,
ser más vidente que la bola de cristal
que se las sabe todas
y ver, como una espada,
más allá de lo evidente,

nada se mueve en las tablas imposibles
del tablero de contraste gris
sin rey ni reinas,
qué dioses destrabarán la trama,
nada es verdad ni mentira
y el futuro está en suspenso,
que llueva, que salga el sol,
que haya un escándalo de paz
o un trueno revelador,
que vuelva a moverse el mundo
una vez que se defina en sus elecciones,
y si puede antes,
que estamos todos ansiosos.

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Entrevista en El País, 27/10/2019

ENTREVISTA

Fronteras para traspasar

Con Fernández de Palleja, poeta y escritor

GERA FERREIRA
Domingo, 27 Octubre 2019 02:00

f. de p. por Ombú

Dibujo de Ombú

En el variopinto ambiente literario uruguayo el nombre Ignacio Fernández no dice mucho así al pasar. Pero si utilizamos el code name Fernández de Palleja (1978) la cosa cambia. Nació en Treinta y Tres pero desde 1999 vive en Maldonado, donde da clases de Idioma Español. En 2011 ingresó a la arena letrada con dos publicaciones: Poemas altibajos y Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta. Al año siguiente publicó la colección de cuentos En negro y negro y más tarde los Poemas lingües y Relajo, ambos en 2014. Mantiene activo y a todo trapo su blog fernandezdepalleja.wordpress.com, que en 2016 le sirvió de trampolín para publicar los febriles Poemas que le dieron la vuelta al sol, nacidos a partir de una consigna de escritura. Obtuvo el Premio Lussich de la Intendencia de Maldonado por su reciente libro Educación (2019). Y esa no es una palabra cualquiera para él, sino una bella y oscura obsesión.

Entrar en calor

—Me pasa contigo lo mismo que con Valentín Trujillo. Están hace años en el ambiente literario, pero no se los percibe. En tu caso una presencia amenaza con remplazarte, la de Fernández de Palleja, mote con el que firmás tus libros. Entonces, ¿quién es este tipo?

—El uso que hago para firmar, incluso en mis redes sociales, tiene que ver con que si uso Ignacio Fernández (como en realidad me llamo) iba a ser confundido con el escritor Ignacio Martínez, con quien me han confundido varias veces.

—Te sirve para desambiguar. Es un pseudónimo paródico, como un apellido de novela de caballería.

—Claro, también lo uso porque me gustó la combinación de apellidos, como en Machado de Assis o la de un montón de escritores, sobre todo brasileros y portugueses, que hacen eso. Me gusta esa tradición.

—Tu primer libro es de 2011 pero en realidad fueron dos de un tirón: Poemas altibajos y Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta. Resulta curioso cómo tardaste en publicar o en iniciar tu carrera literaria, dado que ahora tenés 40 años.

—La respuesta a eso es que vivo en el interior.

—A ver si te sigo.

—Los que están en Montevideo, en casi cualquier movida artística, forman parte de un circuito más o menos constante que se renueva y donde se interactúa dentro de los mismos circuitos. Por lo tanto, la onda de las publicaciones, los concursos, talleres, etc. se da cotidianamente. Me parece que el que vive en el interior eso no lo vive y de pronto tiene una existencia un poco más aislada o solitaria, aunque existan circuitos. En Maldonado los hay, pero hay más lentitud. Mi primera publicación la hice animado porque había ganado una mención en un concurso de poesía en la Intendencia de Montevideo.

—Con los Poemas desde un peugeot rojo…

—Sí, que tiene dos partes. La primera son poemas escritos durante un viaje que hicimos con unos amigos a bordo de un Peugeot rojo. La carretera quieta es la segunda parte, escrita de regreso. Quise hacer una novela pero no me salió.

—Cuando una novela sale mal queda en un poemario.

—O en medio poemario. Me pasó una cosa curiosa. Un día dije ta, no escribo más poesía porque no le importa a nadie. Iba de camino a un trabajo que tenía y que quedaba lejos. Cuando salí tenía un par de mensajes de voz grabados y eran de la Intendencia comunicándome que había ganado una mención en poesía. Mi decisión de dejar todo no duró mucho.

—Ja, ja. O sea que la tardanza en publicar se la atribuís al hecho de estar en la periferia, lo cual hace que sea más difícil armar proyectos o desarrollarlos.

—Eso puede ser una cosa. Lo otro tiene que ver con mi propia lentitud. No trabajé de manera intensa u organizada para lograrlo, por eso cuando publiqué ese libro no sentí que había tardado. En narrativa siento que sí hay una demora, porque impone otras aduanas, otros filtros. Me resulta más sencillo escribir poesía.

—A mí me gusta más tu narrativa. La poesía la hacés más de taquito, con otro júbilo. En cambio la narrativa…

—Es un poco más reconcentrada, sí.

—Claro, es pesada en el sentido de que es reflexiva, aparte del tema lingüístico que presenta también sus desafíos.

—Yo reivindico cierto carácter chispeante en la poesía, cierta agilidad mental en el goce del lenguaje. Eso en poesía de pronto uno lo encuentra más rápido.

—La poesía te permite experimentar más y no estar pensando en el lector de narrativa, que te plantea otras exigencias.

—Puede ser. Igual como lector de poesía soy hiperexigente. Es como cuando empezás a probar vinos: al principio tomás de cualquier caja. A mí me pasa que si pruebo alguno más o menos bueno, lo otro ya no me gusta.

—Cuando se pasa del vino de caja al de botella, hay un cambio.

—Después que lees a Octavio Paz, a Borges y a un montón de gente, es difícil leer a otros. Uno se pone el objetivo de llegar ahí y dice “llegaré” o “no llegaré”. No hay que imitar cualquier cosa. El que se acostumbró a leer cosas bien escritas después no puede ir para atrás. Tal vez caigo en el pecado de hibris, pero a veces leemos cosas que tienen muy poca densidad mental atrás. En narrativa pasa sobre todo con la voz. No solo la del narrador sino la de los personajes.

—Los matices de la voz son importantes.

—Claro, para mí se juega un partido muy grande en el lenguaje, en la variedad lingüística en la cual uno nace y se desarrolla. Siempre cuento que cuando vine durante un tiempo a vivir a Montevideo noté la diferencia en el habla. Algunos fines de semana subía al ómnibus de regreso a mi pueblo y sentía una especie de calma porque estaban hablando bien, como yo siempre había escuchado.

Las fuerzas terribles

—La carrera literaria no empieza sino hasta que aparece un mojón. Pueden pasar mil años pero siempre hay un primer paso.

—Sí. La mirada de afuera ayuda a ordenar eso porque ahora no me acuerdo lo que estaba haciendo en 2012.

—En 2012 te pasaste de la poesía al cuento y publicaste En negro y negro en la colección Cosecha roja de Estuario.

—Sí, ese ya lo venía escribiendo desde antes.

—¿Cómo hiciste para hacerlo llegar a esa editorial siendo que no eras conocido?

—Ese libro tiene un nombre y se llama Marcela Saborido. En algún momento, no recuerdo cómo, se lo mandé a Marcela y ella dijo que le gustaba y así llegó. Tengo mucho que agradecerle por ese libro.

—Mi cuento favorito es “Pegadogía”.

—No es un error.

—Me imagino. Es medio turbio.

—Sí, veo que hay algunas situaciones y tipos de personajes que son recurrentes en mi obra y que lógicamente me interesan mucho. La diferencia del que sabe y el que no sabe, uno que enseña y otro que aprende, el por qué de esa relación y el cómo enseñar, etc.

—En este cuento hay algo de todo eso.

—El cuento plantea lo que haría alguien que ve un ladrón en su casa y se le presenta la posibilidad de tomar justicia por mano propia de una manera muy particular. Me da un poco de susto imaginarme esas cosas ahora, porque tengo la sospecha, más o menos supersticiosa, de que existen canales de comunicación entre la imaginación de uno y la acción de otro.

—¿Cosas que en verdad pasan o pasarían?

—Claro, de que de repente me imagino algo y otro lo piensa o efectivamente lo lleva a cabo. O también me pasa que algunas cosas que pienso para mis personajes luego me terminan pasando.

—La literatura como clarividencia. Tremendo.

—Tengo la sensación, a la cual no puedo poner nombre, que en el mundo en el que vivimos hay canales por los que se mueven las cosas que no conocemos y generalmente no dominamos. De repente estamos desatando fuerzas terribles a la hora de escribir un cuento y no nos damos cuenta.

—En ese libro hay estructuras narrativas de corte realista, vinculadas al género policial, pero algunas resoluciones van por otro lado, por lo fantástico. Es bravo sacarte la ficha.

—Creo que el tema acá pasa por ver qué percepción de la realidad tiene cada lector. Recuerdo que a García Márquez en algún momento le preguntaron por el tema del realismo mágico como clasificación. Y él dijo que eso no era nada realismo mágico, que era realismo, que esas cosas pasaban. Yo siento que estoy contando cosas que pasan o pueden pasar. A veces sí, hay mecanismos, la literatura fantástica tiene los suyos.

—También es cierto que la necesidad de la crítica en clasificar o etiquetar para poder analizar los textos suele no gustarle a muchos escritores.

—Nací cerca de la frontera. Los fenómenos que ocurren en las fronteras a mí me resultan muy interesantes. De chico hacíamos un paseo a Yaguarón y cruzabas un puente y estabas en otra realidad. Me atrae esa definición de la frontera. Yo lo que siento incómodo es el hecho de estar encorsetado en determinado género literario. Las fronteras son para traspasarlas.

Vuelta al sol en 366 poemas

—¿Por qué y para qué mantener hoy un blog?

—Las tareas de escritura que me propongo en el blog tienen que ver con que soy muy inconstante. Entonces me pongo una estructura y dentro de esa estructura hago cosas. A veces agonizo. Como la vez que durante 366 días tenía que publicar todos los días un poema. La consigna era publicar uno por día, no escribir uno por día.

—Eso es más complicado.

—Sí, después me comentaron que el que se había mandado una de esas patriadas fue Hermeto Pascoal, compositor brasilero que componía una canción por día. Pero era un animal. Lo mío fue humilde. Y además escribo porque me gusta. Quiero que alguien lo lea. Escribo buscando al lector y capaz que también buscando la satisfacción del aplauso, provocar cosas o descargarme. Y en blog los textos van quedando ahí, como en un archivo. Es como un gigantesco libro.

—De esa consigna nació el libro Poemas que le dieron la vuelta al sol (2016), ¿no? ¿Cómo fue la selección de textos?

—El criterio fue el más poético. Puede parecer estúpido pero me pregunté: ¿en cuáles digo algo? Porque de repente hay muchos que son oscuros. En el libro impreso quedaron 90 textos de los 366, que es casi una cuarta parte. El ejercicio o disciplina que me impuse me obligó a mirar, a estar atento. Y ese es un problema que tenemos, andamos por la vida desatentos. La literatura es mirar para hacer que otro también mire lo que uno ve.

—El tema de la educación lo planteás de distintas maneras en tus obras. Es como una obsesión. Tu último libro hasta se llama Educación.

—Es que paso muchas horas metido en el liceo.

—Ese rol está impregnado en tu escritura.

—Mirá, yo hago este razonamiento. Morosoli estaba en su barraca en Minas y escuchaba las historias de la gente del pueblo y de la zona rural circundante y gracias a eso contó historias maravillosas. Tengo acceso a las historias de otro tipo de personas y como trabajo también en la biblioteca, accedo no solo a los libros sino a quienes los buscan. Un arquitecto en secundaria se equivocó y puso la biblioteca en un buen lugar. Las historias cruzan por ahí.

—El cuento sobre el Charoná Castro debe ser el mejor del libro.

—Fue un cuento que disfruté mucho. El Charoná Castro está compuesto por tres personas de la vida real, uno de los cuales soy yo. Hay cosas que de repente vos contás en un cuento y parecen insólitas pero son de verdad y pasaron.

—Claro, ahí opera de nuevo el realismo que se convierte en otra cosa durante el cuento. También pasa eso con un cuento que se llama “Mirta”. Es muy loco y tan cierto a la vez.

—Pasa que hay gente que aplica esas lógicas. Pensá en la gente que festeja los cumpleaños de 15… muchos no te van a saber decir por qué lo hacen.

—Por tradición.

—La tradición muchas veces es antieconómica, como en el caso de ese cuento, que en un ambiente bastante desfavorecido se busca cumplir con la tradición, realizando un festejo que no corresponde. Hay personas que en la realidad actúan como caricaturas y si vos las trasladás a la literatura o a una película, pueden llegar a ser difíciles de creer. La literatura consiste en mentir o en decir la verdad mintiendo. Sembrar la duda y el misterio puede ser algo interesante, pero las historias de los seres humanos son complejas y los derroteros que pueden llevar nuestras vidas también.

“Educación” de Fernández de Palleja

“Por el oficio con el que digna y amorosamente se gana el pan, este autor está implicado con el mundillo liceal que presenta. Pero esa implicancia no le pone a su mirada ningún tipo de anteojeras corporativas: hay en sus cuentos buenos profesores, pero también cínicos y corruptos. No cae en la candidez de presentar en el bando estudiantil a unos muchachos angelicales, todos ellos. Quien quiera narrar bien la vida de los hombres no debe olvidar que estamos hechos de barro”. (Juan de Marsilio en reseña de El País Cultural, 30/6/2019)

nota el país 27 de octubre papel

Así en el papel.

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Poema meteoropolítico

El viento es más que las hojas
que arrastra, el sol empareja
el color de las letras y las caras
y el Pampero, con pericia,
limpia las nubes de canciones
de esperanza, de futuro, del ahora,
de lo bueno, de la patria y los caudillos.

Yo no entiendo de la lluvia de palos
en los países secos andinos,
no conozco el clima ni el modelo predictivo
de la camanchaca, no sé de que dónde viene
el viento que anticipa temporales
bajo el cielo que no respiro,
qué voy a saber del choque del altiplano
y el llano, al huracán empetrolado
lo conozco de nombre,
y qué le voy a hacer
si tampoco nací en el Mediterráneo.

Que haya lindo tiempo y levemente ondule,
que los que tienen razón no chillen tan fuerte
y el sol les permita saber que hay razones
y que la duda vive,
que la alerta gritona ni cunda ni venga,
que baile una brisa de oídos,
que se ablanden los rasgos marciales,
que brote la flor lenta y compartida.

Yo no sé de las placas tectónicas
y sus subducciones, no tengo los datos
precisos de las tormentas solares
ni si inciden los cursos de los meteoritos
y del planeta Nibiru en las mareas
del subcontinente, ni estoy informado
del plan de desastres del orden mundial
de hilos ocultos conspirativos
que mueven banqueros y extraterrestres,
unos pocos.

Que el sol llegue a todos y, si no, el abrigo,
que el miedo nocturno no crezca,
ni el miedo al miedo, ni el sarcasmo,
ni creerse la propia caricatura,
que sople a todo trapo el oído
y que estén las mejillas prontas,
la izquierda y la derecha, ofrecidas
a no devolver los golpes
del frío o del mormazo irrespirable,
hagamos la danza del día lindo
o de la lluvia cuando hay seca.

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Poema sobre las elecciones en países vecinos

Ávidos de encuesta y resultado,
de épica, de venganza, de triunfo,
locos por confirmar las vigas
en el ojo ajeno,
miramos las elecciones
de los países vecinos
como loros enjaulados
copiando lo que copian
los loros de las jaulas de al lado,

escasos de consignas y de ideas,
las traemos bagayeadas,
argentinas, brasileras
e inclusive peruanistas si estas
se adaptaran a nuestras necesidades,
se sabe de candidatos
que fueron a festejar a la frontera
y de votantes que quisieran
afiliarse al hedonismo triunfante
en la escena del tango de protesta,

habiendo descubierto que el país
no es una isla
-qué nostalgias tengo de no ser
Nueva Zelanda-
queremos las pestes del vecino
y envidiamos los jerarcas
procesados, el discurso de millones,
los votos comprados, el feudalismo estable
y el cambio siempre hacia trás
leudado por el hambre y el saqueo,

descuidando el patio con yuyos
de la patria nuestra, discutimos
dictaduras en el reino de las reinas de belleza,
listamos los reinos del terror
menos la más oculta de las Coreas,
olvidamos que en África fue reelecto
Paul Kagame y tenemos la receta
para hacer un plato luminoso
con ingredientes de plástico
y podridos.

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Arcoíris

arcoíris

Hay que seguir a los ojos

El Pampero, a latigazos, me encerraba
entre las tapas de una gramática
de profundo vericueto, la sintaxis
de la subordinación me subordinaba
y hacía pausas para respirar
fuera de los pasadizos estrechos,
fríos, oscuros, de oraciones
que pueden ser sujeto, objeto directo
o término de preposición.

La vida ni siquiera estaba sucediendo
afuera, estaba todo el mundo preso,
todos tras los barrotes polares
de una lluvia acostada,
se sabe que hay quienes pensaban
en cambiar el diseño de la bandera,
sacarle el sol y reformar las franjas
poniendo en su lugar una cruz nórdica,
por el frío, claro está,
y como un símbolo de prosperidad.

Vitor Ramil cantaba de fondo
su estética del frío
e iba bien con el café recalentado,

mis ojos de recluso buscaron,
inconscientes, inconstantes,
un pájaro, una señal, un descanso
en el resquicio de cielo del este
y el sol, ya menguante en su trayecto,
dibujó un arcoíris perfecto,
con un eco tenue,
una banda de luz descompuesta
cuyo inicio se veía desde casa,
nacía del muro de eucaliptus
que está a pocas cuadras,
en una de esas calles con nombres
de piedras preciosas del barrio La Fortuna,

dicen que en la raíz del arcoíris
hay una olla repleta de oro,
y yo para qué la quiero,
para qué ir a buscarla
si con el oro no se puede comprar
el arcoíris.

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