Las casas

casa fiera

Cielo.

A las casas se les corre el rímel,
se les descorteza el maquillaje,
una humedad venosa se trepa

por las paredes inflamadas,
las construyeron para la noche,
metieron mano hombres sin amor
y brotaron yuyales movedizos,

a veces especies sobrevivientes,
he visto construir unas cuantas,
suenan a radios que cuelgan,
casi nunca miran las ventanas

más allá de algún presente
cuyo cimiento es un sotobosque
de basura entre los eucaliptus.

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La galaxia Góngora, Gustavo Espinosa. Reseña desmedida.

galaxia

Edita Hum, marzo de 2021.

Por su culpa la literatura, toda,
enrollada cruceramente, humana
mente hiperbatónica, en tierras
cercanas a los yacimientos de ticholos,
volvió a la ruta 18
tras los versos más gritados
de Serafín J. García,
mandensén tuitos a la puta,
manosiao y babiao por los borrachos,
y volvió Espinosa, pariente rockero
y escatológico del viejo Baruch,
en línea directa con escala
en el puerto de Santos o Montevideo
o tal vez de la Charqueada.

Volvió Góngora el culterano,
pobre, a un bar de mamados
de Vergara previa telecronotransportación
desde Córdoba la andaluza,
digitado por algún danés incapaz
bajo órdenes chinas del siglo XXIII
pero, más que nada, por la Facultad
de Humanidades y Ciencias
de la Imaginación de Gustavo
y sus amigos Gustavos, no sé,
Alzugaray y Verdesio y los otros,
Amir Hamed y Sandino Núñez,
que debieron llamarse Gustavo, no sé

espinosa

Espinosa por Matías Bergara

si al poeta Evergisto Richar Cuenca
lo habrá parido él solo
o si habrá emergido, homúnculo
purulento, de alguna joda
de los años ochenta.

No volvieron las oscuras golondrinas
porque Espinosa es espinoso
y más afecto a la escatología
descomunal del Chato Pisso,
hombre para quien el Pijero,
antiguo personaje suyo que tallaba
guascas de madera, guasquero
pero no en cuero, habría gastado
un eucaliptus entero, volvió,
eso sí, la exploración en la estética
del asco tamizado por alambiques
de alcohol y de lenguaje,
y referencias literatas, volvieron los tipos
extraños en el lejano este,
a orillas del Mevir, en rutas
bagayeras por las que pasan
de contrabando Pedro Leandro Ipuche,
Herrera y Reissig, la tablita que se rompe,
el mojón tufiento de la dictadura
y las miradas sardónicas
sobre la “retórica de vieja profesora”
en la voz de una funcionaria
municipal.

No en vano es en Vergara
donde se ubican las coordenadas
del desastre, el crimen y la creación
de una galaxia gongorina a cargo
de un barroquísimo exestudiante,
siervo de la gleba que en sí lleva
la obsesión del siglo de oro
donde la plata es arroz, no sé
si le harán un monumento
al escritor a la entrada del Mevir
que se vea de la carretera
para que lo contemplen las hordas
olimareñas con destino a Yaguarón,
no sé, yo creo que no, no sé
qué dirán las fuerzas vivas del Parao
sobre esta entrada explícita de su pago
en la literatura uruguaya y, si traducen
todo eso al chino, a la universal,
con todo y milonga, poronga y pindonga,
décimas, sonetos y silva amoral
que componen en gran parte
el libro, cuya trenza narrativa
es exegética, metaliteraria, meta
barroco y disparate, meta relajo
construido con material cuidadoso
porque quién dijo que la mierda
debe ser escrita con tonos pastel.

Fiesta del lenguaje, desbarajuste
de la búsqueda siempre en la raspa
de la olla que no se filma, condición
humana contada y cantada
sin atisbo de la más mínima
ni común ni denominadora
corrección política, el hombre
es un Torrente de lenguaje,
un góngora que a falta de monarquías
encuentra su tono culterano
en los yuyos, el barrial, un asesino
llamado Cabeza de Mondongo,
las proles torrenciales y cumbieras,
la historia una bebé gestada tal vez
al final del Astillero de Onetti
y venida a nacer en el segundo pueblo
en población del Departamento
Más Oriental (por el arroz),
un rockero con un manejo anacrónico,
anacronópetes, cronovisores,
del endecasílabo, el heptasílabo
y todas las figuras de estilo
cuyo elegante artesanato, aunque jieda,
han descuidado quienes se expresan,
se manifiestan, casi viven y casi luchan
y no pasan de golondrinas,
hay brillos de desconcierto,
espacio para la admiración,
tramos en que es inevitable cagarse
de risa, de miedo, de literatura,
y queda la convicción de que Espinosa,
en cuyo taller literario estuve
no más de cuarenta minutos,
escribe lo que quiere y como quiere.

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Encontré en el yacimiento de mi cuerpo

huesos

Adentro

Encontré en el yacimiento de mi cuerpo
las rodillas duramente jóvenes
del guerrero prehistórico que fui,
restos fósiles clavados en medio
de ríos de tinta sucesivos,
precario homínido impulsivo
con la brújula cardíaca ciega
tras las vestimentas grises
prontas a saltar la historia,
los huesos precisaban confianza
para caminar sin castidad
ni erudición, con el surco
de la magia borbobrotando
del centro magnético de la tierra,
tranquilos que llegan bien,
arqueólogo propio entre mí,
proferí, con el minucioso
trabajo de pintar en las cuevas
interiores y alumbradas
el ritmo del tambor de las palabras,
el agua que se lleva la basura,
la voz de la ciencia transitada
que no tiene razón sino presente.

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Ahora que soy inmortal

fotovacunación

Foto de Gustavo Rivero. Campus de Maldonado.

Ahora que soy inmortal,
con una muralla china instalada
brazo adentro de mi cuerpo,
me voy a lanzar a las más osadas
aventuras y hazañas inenarrables
como postularme a presidente
y líder del mundo global,
viajero eterno en bicicleta
por las balaceras continentales,
como el Fabio Sosa Alegre,
justiciero candidato
a varios premios Nóbel.

Ahora que soy inmortal,
habiéndome incorporado
el brebaje intramuscular
con cuyas fuerzas acometeré
la misión de hacerle goles
a las defensas más costosas
del fútbol de primera división
-como dijo Gustavo Alzugaray-
que está toda allá en Europa,
tierra vieja a la que llegaré
no nadando sino al trote
sobre el Atlántico, triunfaré.

Ahora que soy inmortal,
después de haber rescatado
a varios inmigrantes marítimos
de diversos naufragios,
me voy a dedicar a la proeza
de organizar un campeonato de poemas
para salir en el diario y decir
lo que hay que decir de la poesía
o, tal vez, aun más difícil,
voy a volver a darle clase
a un grupo de treinta gurises
y escribiremos noticias falsas,
como si ciertas fueran,
que digan que en un tiempo
fuimos todos muy mortales.

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Tomar unos mates o tomar mates, más allá de Alberto vs. Cuquito

matebinacional

Mate binacional de antaño.

Me genera inquietud la proliferación de cartelitos por internet en cuyos mensajes dice “tomar mates” y, en menor cantidad pero no menos grave, “preparar un mate”. En el marco de unos días en que parte de la oposición uruguaya se vuelve peronista y parte de la oposición argentina se torna herrerista a raíz de un cacareo mercosureño, me parece de orden dejar deslindado con claridad un asunto lingüístico. El problema, en este caso, no es meramente léxico. No es decir “zapatillas” por “championes”, “chabón” por “loco” o “pibe” por “gurí” o “botija”. Eso se detecta y combate con facilidad, son asuntos léxicos fáciles. La Academia Nacional de Letras debería fiscalizar y aconsejar hirvientemente la conservación de los uruguayismos “tomar unos mates” y “aprontar el mate”.
La expresión “tomar mates” es, amén de argentina, extraña a nuestros oídos. ¿Se dice acaso “voy a tomar vinos” o “tomar cervezas”? Claramente, de este lado correcto de la vida, decimos “tomar unos vinos” o “tomar unas cervezas” y, aludiendo al carácter continuo del líquido, infinito incluso, “tomar vino”, “tomar cerveza” y el eufemismo “tomar una” que solo alguien con poca información pragmática puede tomar literalmente. Debe deslindarse semánticamente el uso de “tomar algo”, que denota, como “vamos a ver Netflix”, los juegos introductorios del coito. Del mismo modo también debe entenderse la expresión “yerba no hay” como respuesta sexual a la pregunta “¿intimamos o tomamos mate?” Es decir que uno emite “tomar unos mates” aludiendo a los sucesivos episodios en que se ceba, se sorbe y se termina con el ruidito de rigor. Todavía no llegamos, porque eso sería el final de los tiempos, a usar el verbo “beber” referido a la infusión tradicional de toda la vida, pese a que el verbo, a causa de las traducciones provenientes de otras variedades del español, se cuela en nuestros escritores, que “beben café” e incluso “encienden la luz”. Acá se toma. Y “tomar unos mates” alude al acto repetitivo de echar agua e ingerirla en dosis breves, lo cual no es posible en el sur de Brasil, que usa “tomar mate” o “tomar chimarrão” contra el eslogan que dice “Beba Coca-Cola”. Recordemos que los gaúchos, si bien comparten hábitos con nosotros, tienen la tradición de usar una cuya enorme de la cual todos van tomando un poco de la inundación que se ceba, costumbre que seguramente puede haberse visto restringida por la pandemia.
Después está lo de “preparar” transplatino contra nuestro “aprontar”. Es una variación semántica de suma importancia. El verbo de nuestros vecinos se enfoca en el proceso de confección de la pócima, que parece dotado de una especie de lentitud artesanal, oriental incluso cuando los orientales somos nosotros, de una índole que puede imaginarse casera, con aditamentos, “pava” y mantelitos. Nuestro “aprontar” sugiere más bien la finalización del proceso, que no importa tanto como tener el bien de primera necesidad pronto, no preparado. Sincerémonos, ¿lleva mucho más que calentar el agua y, como mucho, hinchar un poco la yerba y clavar la bombilla? Esta agilidad señalada por el verbo da cabal cuenta de cómo se toma mate en Uruguay, que es de cualquier manera, a cualquier hora, en cualquier lugar, con el termo como arma ofensiva y defensiva, caminando de apuro, en la playa, con tranquilidad, en medio del mayor nerviosismo, bajando del ómnibus para jugar un partido del mundial mientras se le enseña a un francés cómo hacerlo y de todas las maneras que se puedan imaginar. Debe haber gente que intima mateando, como para evitar tanta dulzura. Como testimonio personal, puedo señalar que apronté el mío entre el primer y el segundo párrafo de este texto.
No se trata de recordar que Uruguay ya eliminó a Argentina por lo menos dos veces de visitante en la Copa América ni que a nuestro bendito país le ha ido mejor en el acumulado de los últimos tres mundiales sin tener al “mejor jugador del mundo”. Tampoco es necesario marcar algunas otras diferencias en las que forzaríamos nuestra supuesta superioridad moral porque la discusión sería infinita y nos sacarían corriendo con sus grandes escritores europeos. Motiva esta encendida defensa la necesidad de preservar nuestro amargo patrimonio, escaso pero nuestro, y de instalar las preguntas de “¿se me ocurrió a mí o lo estoy copiando quién sabe de dónde?”, “¿por qué no invento mis propios chistes y reflexiones filosóficas en vez de compartir los enlatados de origen desconocido?”, “¿nos podemos hacer de River y de Boca y molestarnos con bromas sobre el descenso y la Libertadores?” o “¿el programa peronista es compatible con el Plan Ceibal, si Macri es de Boca cómo el Cuquito es de Nacional?”, entre otras disquisiciones bizantinas.
Me parece, por último, que un velo de ignorancia me impide mayores generalizaciones. Tal vez los usos que estoy atacando del modo más nacionalista sean de origen porteño. Debo decir, además, que le concedo todo el crédito a lo que me puedan informar -y aun corregir- a mis amigos El Negro Rodrigo y El Negro Francisco de la provincia de Misiones, donde se produce yerba, no como nosotros que apenas tenemos unos árboles testimoniales en la Quebrada de los Cuervos. También goza de mi confianza El Mateo de Córdoba, cuyo mate me reanimó más que hoja de coca alguna en la altura de La Paz. Por supuesto, si el viejo Eduardo Falú, con esa guitarra y esa voz, viene y me dice que es “tomar mates”, cambio sin problemas, lo mismo que si me lo canta Liliana Herrero o me lo cuenta Landriscina, que como además se ha radicado del lado uruguayo, sabe de acá y de allá.

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Poema de las riberas

incendio

Discusiones.

En la ribera del otro lado
se dibuja un monte de palabras
que suenan distintas a las mías,
insisten en hablar de incendios,
lluvias venenosas, almas aradas,
las voces hablan de raíces
que nunca vi y de copas
con que no he brindado,
pero también soy el río y el aire
de familia sin fronteras.

La misma agua baña
las costas cuya intensa pelea
de alaridos, colores, saqueos,
fintas geniales y odios perennes
no ve bandera blanca
sino aires buenos y malos,
se desgañita, incluso en silencio,
mientras yo quiero ser
coronilla con tronco de ombú
y flor de ceibo celeste.

La cosecha de humaredas
debe el gris a la conflagración
de un largo ajedrez con incidentes
entre las hinchadas de blancas
y negras, casi no han pensado
en un tablero más suave
con diferentes tonos de verde,
de lejos se les ven muecas,
figuras ridículas, cumbres
y calles inundadas de pisoteo.

La otra orilla es un autorretrato
de sombras toscas a contraluz
salvo cuando nado la línea
y me dedico a ver los ojos
en vez de los carteles endebles
que siempre son las palabras,
a veces se ven mejores
las personas que los libros
y en ocasiones estos pulen
el moretón amorfo de la vida.

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Larga historia de mi vacunación

ovni

Vacuna interestelar

Pido atención, señoras y señores,
que voy a contar la historia de mi vacunación.
No hablaré de los tiempos
que imprimieron el cráter de la BCG
ni voy a repetir el cuento de la niña rubia
corriendo para evitar el pinchazo.
No diré palabra sobre las vacunas chinas,
rusas, europeas ni sobre las solemnidades
en mi propio brazo, no me dedicaré
a la tribu de antiparras, me gusta el vino.

Vengo a hablar de extraterrestres,
de pirámides, de gigantes pelirrojos,
de las grandes oquedades de la tierra,
de la armonía espiritual con Gaia
de los neandertales,
voy a detenerme en la Atlántida,
en Lemuria, en Enki, Enkidu
y todas las jerarquías Annunnaki,
voy a hablar de los señores
que vienen del planeta Ummo,
de los muertos y desaparecidos
del accidente de Roswell,

podría estar tanto rato
con la arqueología prohibida,
la conspiración del Smithsonian
para esconder a los egipcios
que poblaron América del Norte,
sobre todo lo que profetizaron
Nostradamus, Cayce y Baba Vanga,
sin olvidar a Chico Xavier,
(tal vez algunos tengan razón
y sean profetas verdaderos),
podría mantener la conversación
sobre el dominio del planeta
que vio un viajero astral catalán.

Esas son mis vacunas, mi inmunidad,
me he expuesto con todo interés,
deliberación y alevosía, desde chico,
a toda clase de fantasías,
si hasta fui a ver a Sixto Paz,
no paro de preguntarme si algo
de todo lo que dicen es verdad,
mi mente reconoce ese camino
que es vagar por terrenos en el aire,
sin pruebas, sin fuentes, sin ver
nunca absolutamente nada,
toda esa gente son mis guías
en mi turismo de especulación,
me enseñan a trasitar
por territorios baldíos.

Pero también he plantado
porque hay que ser precavido,
me mostraron, me explicaron, las leí,
las semillas del camino de la ciencia,
que saben brotar a ritmo discreto;
los árboles, las flores y los frutos
de trabajo razonado nunca gritan,
jamás aseguran, se prosternan
en el santo rito de la refutación,
se conocen por la sombra fresca,
la vida larga, las mejores construcciones,
pueden plantar todas las preguntas
que emergerán de la tierra
como gente que imagina todavía
más selvas y praderas de preguntas,
son senderos laburantes, remangados,
les queda poco tiempo para abonar
los estertores fluorescentes de la fe.

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El ángel de la garúa

demonios

Mi poema está basado en la canción “Trem das onze”

No tengo razón,
no gastes ni un solo minuto
en mi verdad,
soy medio crítico,
tengo un montecito
que cuidar.

Vivo en mis fronteras
y me puedo perder
con el malquerer,
no me presiones, mi amor,
que tengo un dogma
y unos esquemas
que memorizar.

Tengo temores
y una educación,
no puedo gastar ni un minuto
en esta insensatez
y encima de eso, mi amor,
hay otras cosas,
mis amigos se preocupan
si ven que me van a secuestrar,
lo siento mucho, che,
pero no puede ser.

Soy medio díscolo,
veo otros caminos para andar
yo sigo el rumbo
solo de mi propio corazón.

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Poema del gris menor

mar

Ni eso.

Los simples pobladores de este mundo
pensamos que jineteamos tablas
pero pesamos lo que los náufragos,
especies perdidas en el agua,

se nos cae el otoño sin aviso,
sin que nos lo soplen los vientos,
menos mal que tenemos el espejo
del lobo viejo del gris de Rubén,

conocemos el mal de cada puerto
y aprendemos, entre tanto bamboleo,
a reconocer los muelles flotantes
disfrazados de diques seguros

como los monstruos marinos que son,
caricias al oído navegante
que, conociendo las veces anteriores
en que nos torpedearon los amigos,

nos hundimos si queremos,
dioses de agua, cielo en las manos,
no los mitos escritos en bitácoras
por gaviotas en vuelo de cangrejos.

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Poema del día

librospoesía

la

Una criatura acorralada,
un ser de todas las especies
confinado por fuerzas invasoras
a un rincón cercado del campo,
el miedo, el dolor, el griterío
y el resquicio para escaparse,
para ganar el sol.

Un ser oscurecido, pobre,
criado con humo de grasa
en un rincón fuera de los planes,
yuyo anónimo mutante
con la herencia de los dioses
en los pies, la voz, la mirada
y el latido del alma equilibrista
en la cuerda universal.

Una forma que nadie previó,
incontrolable, con sentidos
en cada parte del cuerpo,
cada acorde afinado
en la carrera tensa del tiempo,
en la pausa del verso
que se mide solo y se acorta
o se alarga según sea
necesario en el laberinto
de marcas, dogmas y verdades.

Un dibujo de notas que se tocan
con el rumbo del propio corazón,
el pasto se hace parte de la obra,
la voz de los pájaros relata
las evoluciones de teorías
instantáneas en el aire
torrentoso que va a desembocar
al mar pero que amaga,
se sacude detractores, parece
que va a decir lugares comunes
y se va por el momento menos pensado
en contacto breve y cuidadoso
con toda la inmortalidad.

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